Opinión

De Felipe Quinto, Juan Carlos Primero y otros villanos

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Francisco M. Toro
Lunes, 31 de marzo de 2008 | 10:16

Pululan por la extravagancia sine qua non de cualquier nacionalismo que se precie, de aquí y de allá, una retahíla de símbolos, mitos, héroes, antihéroes, colores y leyendas.

Entre los supporters nacionalistas catalanes -nacionalistas catalanes pancatalanistas, que nacionalistas catalanes españolistas también los hay y los hubo, mal que pese a la gloria oficialista del país-, se vanagloria, digo, a un héroe venido a mártir, más por las circunstancias de su ejecución que por sus hechos heroicos en vida, escasos. Cada héroe necesita su antihéroe, y cada mártir su martirizador. Frente a Lluís Companys, en las más profundas simas del averno pancatalanista paranoide, arden sécula seculórum dos antihéroes con delito de consanguinidad: Felipe V y Juan Carlos I.

Pocos meses atrás se quemaban con algarabía retratos del rey mientras Felipe V seguía boca abajo en el ayuntamiento de Játiva. Alentados por una lectura miope de la Ley de Memoria Histórica no sería de extrañar que alguna institución pública nos sorprenda, algún día, nombrando persona non grata a Felipe V, el muy franquista.

Si el combustible de los nacionalismos paranoides no fuese sus propias vísceras, podrían odiar, como es natural, pero siguiendo unos criterios racionales. ¿Por qué Felipe V y Juan Carlos I? La respuesta puede ser: “¡A mí déjeme odiar en paz y no me venga con criterios y cosas de esas…!” Pero, se puede aducir…

Legitimidad. Fallecido Carlos II de Habsburgo sin descendencia en 1700 -como no podía ser de otra manera debido a su naturaleza enfermiza-, las principales potencias europeas se pusieron manos a la obra para imponer su candidato en el trono español. Comenzaba así la Guerra de Sucesión en Europa y en las colonias. Mientras que Felipe de Anjou, ya Felipe V, contaba con el patrocinio francés de Luis XIV, Gran Bretaña, Holanda, Portugal y el Imperio Austríaco, principalmente, apostaron por promocionar al archiduque Carlos de Austria.

La opción austracista se impuso entre la oligarquía catalana, a pesar de que años más tarde el archiduque Carlos sería nombrado Carlos VI de Austria, abandonaría sus aspiraciones peninsulares y dejaría, como quien dice, con el culo al aire a sus seguidores catalanes. La guerra había terminado.

Aquí nace uno de los principales factores de desprestigio de Felipe V: es un rey usurpador de tronos, que basa su legitimidad en una victora militar. Se trata, por tanto, de un monarca y de una dinastía ilegítima.

Pero, ¿sabrán o querrán saber los cachorros del mechero qué paso desde la muerte de Carlos II hasta el estallido de la Guerra de Sucesión? Para empezar, Carlos II el Hechizado, el último Austria, dejó escrito en su testamento que su sucesor fuera Felipe de Anjou, de la Casa Borbón, nieto de Luis XIV de Francia. Felipe V era, por tanto, y siguiendo la legitimidad que las leyes de sucesión pudieron otorgar, el sucesor legítimo de Carlos II. Así lo entendieron los aristócratas catalanes cuando, en cortes celebradas en Barcelona entre octubre de 1701 y enero de 1702, juraron fidelidad al nuevo soberano, no a cambio de poco. Los molas, sanjurjos y francos estaban, en 1701, en el bando austracista.

A su vez, Juan Carlos I sigue arrastrando el estigma de haber sigo nombrado a dedo por el dictador Franco. Restablecido el régimen democrático, el patear el trasero del Rey sería tan fácil como el hecho de que el grueso de las fuerzas políticas con representación parlamentaria se posicionen claramente en contra del monarca y/o de la monarquía. Tan fácil como eso.

Genealogía. Es decir, el odio al primero -Felipe V-, significa el odio al segundo -Juan Carlos I-, por causas genealógicas. De aquellos polvos, estos lodos. Y viceversa.

Ha llovido bastante desde 1700. Además de tres cientos años, han caído dos repúblicas, la fallida dinastía Saboya, la dictadura de Franco, etcétera. Y sigue la familia Borbón…

Republicanismo. Un motivo coherente para despreciar la figura de dos reyes es precisamente el repudio a la institución monárquica. A pesar de tan lícita ideología, jamás un rey expansionista como Jaime I el Conquistador fue tan amado por los súbditos republicanos más de siete siglos después. Misterios de la vida.

Españolidad. A pesar de que Felipe V era francés y Juan Carlos I es italiano, a las glándulas olfativas pancatalanistas les da el tufillo de españolidad, al igual que les pasa con los toros, tan catalana tradición.

Mas al ser reyes del territorio español, ¿no son tan reyes de los catalanes como de los zamoranos?, ¿no apestaría a español tanto un rey de España como un presidente de la República española?, ¿a qué país representa una bandera republicana española sino a España?

Centralismo. Con Felipe V se produjo la transición de una política pactista, antes de la guerra, a un estado centralista, después de la victoria militar.

Tras las cortes celebradas en Barcelona se publicaron las Constitucions i altres drets de Catalunya. El Rey y sus súbditos habían formalizado ya el pacto entre señor y vasallo, protección por fidelidad. Al acabar la Guerra de Sucesión, el Rey abolió leyes, instituciones y fueros catalanes, e impuso un estado centralista de corte ilustrado a raíz del Decreto de Nueva Planta.

Aunque de manera desproporcionada, lo único que hizo el monarca fue imponer un castigo a los súbditos que, tras haberle jurado fidelidad, habían roto el pacto y habían apostado a caballo ganador durante la guerra. Además, no podemos aislar la política de Felipe V de su contexto europeo.

En sentido contrario, Juan Carlos I protagonizó el paso de una dictadura a un régimen democrático, de las leyes franquistas a la constitución de 1978, de un estado centralista a un estado de las autonomías; y permitió que muchos pancatalanistas paranoides saliesen del limbo apolítico, y puediesen explicar con orgullo los combates antifranquistas que sólo habían protagonizado en su imaginación.

Si es que, hasta para odiar, no todo el mundo vale…

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