Opinión
De trenes y soles
Viajo en el tren camino de un último día de trabajo. Es viernes y apenas me he dado cuenta de lo rápido que ha pasado la semana. Aunque no tengo la sensación de que el tren vaya tan rápido como el tiempo, los árboles escapan a mi mirada antes de que pueda enfocarlos. La gente, las casas y cualquier otra silueta que rebasa el tren en su camino se van del mismo modo que llegan, como una pincelada que apenas impacta en mi cabeza. En realidad, son solo sombras que, más que ver claramente, imagino mientras vuelan de lado a lado del tren.
Pensándolo un poco me doy cuenta que no todo vuela frente a mi vista. En realidad, sigo viendo el interior del tren. Los amplios asientos, las mesillas. La gente y sus cruces de aburridas miradas. Las maletas arrinconadas que, repletas de cortas vidas, viajan sin saber hacia donde van. Nunca había pensado en ello, pero la vida de las maletas es algo muy triste… no importan cuando se está en casa y tampoco cuando se está de vacaciones… solo tienen sentido en el trayecto de un sitio a otro. Es la perfecta representacion de un sin vivir. De aquí para allá llenándose a cada momento de cosas nuevas, experiencias, recuerdos. Y todo para vaciarse de nuevo cuando se supone que más llenas estaban. En cualquier caso, tambien ellas viajan en el tren.
Aquí dentro todo se aprecia nítida y claramente. Por mucho que el exterior vuele sin apenas dejarse ver, nada cambia en el tren. Pequeños movimientos, cruces de piernas, de brazos, de manos… pero poco más. Todo permanece como si el único cambio posible fuera a mejor, hacia una mayor comodidad. Vuelvo a mirar por la ventana y me doy cuenta que algo más permanece. El sol no se ha movido desde que hemos iniciado el camino. Tranquilo, inalterable ante la velocidad del tren, parece no importarle lo rápido que gire el mundo. En un alarde de poder, sus rayos cubren el paisaje, intentando dejar claro que, por mucho que corra el tren, por muy rápido que intente escapar de su calor, él siempre estará esperando al final del camino.
Interiores pausados en trenes agitados. Un único sol viendo esos trenes volar con su interior ajeno a todo movimiento. Que cercano es todo. Mi interior sin más cambios que aquéllos que refuerzan mi ser. Mi exterior, volando loco preguntándose por qué, hasta cuándo o hacia dónde. Un sol como destino final a este camino. No lo niego. Disfruto lo poco que veo del paisaje igual que lo hago de esos pequeños cambios en mi interior. Viajo a gusto, sonrío y siento. Sin embargo, muero por llegar al final. Quiero caminar y, de hecho, quiero terminar la vía sin dejar ni un solo metro por ver. Traicionaría una parte de mi interior si no lo hiciera. Aun así, deseo el final del viaje. Poder sentarme al sol y disfrutar de su companía, de su calor y del tiempo juntos. Añoro las mañanas como ésta en las que lo único que hacer sea mirarte, sentir como tus rayos acarician mi piel y confiar mi suerte a tu voluntad. Espero pronto ese día. No solo por terminar mi camino, sino también por borrar de una vez ese final de palabra que convierte el sol en soledad.
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