Con el Dos de Mayo se pretende celebrar el nacimiento de la nación española. Al margen del debate de si España como nación nace en 1808 o en el siglo XV o con el advenimiento de los Borbones, cabría preguntarse si vive hoy nuestra nación. César Alonso de los Ríos, en un escrito reciente (ABC, 02/05/08), afirma dolorido que ‘la nación está muerta’.

El periodista asienta su categórica aserción en la constatación de que lo que pervive en la celebración ‘no es lo que generaron aquellos días épicos y populares de hace dos siglos, sino su recuerdo’.

Observa que en amplios territorios de lo que todavía recibe el nombre formal de España, la población (¿la población o su clase política?, nos plantearíamos nosotros) no se siente concernida por los lejanos acontecimientos de 1808.

Es lo que sucede en Cataluña, en la que los patriotas que arrostaron todo tipo de peligros, atravesando una España dominada por el enemigo francés, para participar en Cádiz en la elaboración de una Constitución nacional –la más liberal de Europa en aquel momento, y modelo para los países más avanzados- han pasado a ser un nebuloso recuerdo histórico, cuando no un pesado fardo del que habría que descargarse lo antes posible, en vísperas de su proclamación, ella misma, en ‘nación’, con la bendición de los poderes del Estado español.

Es lo que sucede en Baleares y en Valencia, ocupadas ambas, con el eficaz apoyo de las fuerzas defensoras de un pancatalanismo sin justificación histórica, en el empeño suicida de convertir sus singularidades lingüísticas en arietes contra la lengua común de todos los españoles, contra su historia y contra toda lógica.

Es lo que sucede en el País Vasco, territorio en el que se libraron algunas de las batallas más decisivas contra el invasor francés con valerosa participación del pueblo, y a punto de conseguir también el reconocimiento de ‘nación’, gracias a las concesiones del Gobierno central.

Y, en fin, es lo que sucede también en Galicia, en la que hasta hace poco el españolismo era muy fuerte y el nacionalismo muy débil, pero en la que, con ayuda tanto del PP de Fraga como de los socialistas gallegos –y siguiendo el ejemplo foráneo- los nacionalistas se han instalado firmemente, creando las condiciones necesarias para la proclamación también aquí de una nueva ‘nación’.

Este es el desolador panorama que presenta hoy España, a doscientos años de distancia de la proclama del alcalde de Móstoles, con la inhibición del Gobierno central, que está pasando por la efemérides con los pies de puntillas, con manifiestas muestras de dar rápido carpetazo al asunto.

La excepción a tan miserable y desleal comportamiento la ha protagonizado el Gobierno de la Comunidad de Madrid, quien al amparo de la circunstancia de la coincidencia con la fiesta regional, está dando un tratamiento espléndido a la celebración.

Lo que, en cualquier caso, no se ha podido hacer es dar vida a la nación española, que, como dice César Alonso, ’se ha ido muriendo con la delicadeza que da la cobardía’.

Antonio Trujillo es Catedrático de Historia