Tres y media de la mañana. Mi portátil desprende tanto calor como el respirar de quien duerme a mi lado. Llevo unas diecinueve horas trabajando y, atendiendo a lo que resta por hacer, todo parece indicar que podría seguir otras tantas. Me duelen los ojos, mi pulso es irregular y una mezcla de sueño, hambre y tensión hace que me sienta incómodo en cualquier postura.

Tengo treinta años, de los que me he pasado diecisiete estudiando y siete trabajando, todos para la misma compañía. Gracias al cielo, el ritmo no ha sido siempre el mismo pero sí es cierto que ha habido temporadas como ésta en todos y cada uno de esos siete años. He aprendido mucho, tengo un buen sueldo y la dosis justa de responsabilidad y reconocimiento como para satisfacer cualquier ansia que mi ego pudiera tener. Aún así, algo no encaja.

Sé que mucha gente no estará de acuerdo con este escrito, no hay duda de ello. Muchos dirán que por lo menos tengo un trabajo, que no tengo problemas económicos e incluso que tuve la suerte de poder estudiar. Todo eso es cierto. Soy un privilegiado y no lo niego, aunque tampoco pido disculpas por ello al estar firmemente convencido de haber puesto mi parte de esfuerzo en todo esto.

Piénsalo por un momento. Tienes gente a tu cargo, responsabilidad, poder. Tienes dinero, el suficiente para vivir bien aunque sin derrochar. Una cultura, unos estudios y unas habilidades que te permiten manejarte con cierta soltura en esta vida. Has viajado y tu mente se ha abierto a diferentes costumbres, idiomas y sentimientos. A nivel emocional, tu familia se mantiene unida, has encontrado a tu otra mitad y tus amigos lo siguen siendo. Perfecto, ¿verdad? Pero algo no encaja.

Imagina que lo tienes todo pero que no puedes disfrutarlo como quisieras. Forma parte de tu vida, está ahí. Pero no puedes saborearlo. Cuando tienes tiempo no tienes fuerzas. Cuando tienes fuerzas no tienes tiempo. Cuando te regalan un día, nadie más lo disfruta. Cuando les regalan un día, tú estás ocupado regalándoles otro. Vives aislado, perdido en tu mundo de informes, cifras y letras. Sueñas con ello, vives con ello. Te encadenas a trastos que restringen tu vida. No descansas si ellos no lo hacen. Y créeme, ellos nunca descansan. Tus planes se adaptan a los de quien te regala tan fantástica vida. Pero ellos no existen, no son personas.

Complejas empresas que no paran ni un minuto. Mercados que ni saben ni quieren saber de vacaciones. Fines de semana en los que ni máquinas ni personas descansan. Bien pensado, qué somos si no máquinas trabajando junto a otras máquinas. Y por encima de todo, siempre el mismo objetivo: dinero. Y no siempre el nuestro.

Asumo toda crítica a este escrito. La de estar generalizando, la de ser injusto con los que no tuvieron mi suerte, incluso la del que me eche en cara la desvergüenza de escribir esto. Hoy no me siento afortunado. A pesar de lo bien que me trata la vida, tengo la impresión que la sociedad en que vivimos se está volviendo loca. Corremos demasiado, nos cuidamos poco y el trabajo centra muchas de nuestras atenciones. Las prisas hacen que olvidemos esos pequeños detalles que al fin y al cabo son los que hacen que todo esto merezca la pena. Y todo por un dinero que tal vez no nos devuelva lo gastado en él.

El tiempo no regresa, nunca mira hacia atrás. Lo mismo sucede con las palabras no dichas y los gestos no mostrados, ya nunca serán lo mismo. Como decía el bueno de Horacio: “Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso. Vive el día de hoy, no fíes del incierto mañana”. Huye el tiempo envidioso. Y con él, se nos escapa la vida.