Hace solo un momento releía el artículo en el que un compañero se lamentaba de ciertas traducciones al español. En concreto, hablaba del título de una película: Como la vida misma, lo que me ha hecho recordar lo mucho que se reían mis compañeros ingleses cuando les traducía nombres tan conocidos para nosotros como El coche fantástico, La jungla de cristal, etc. Quitando la anécdota del título, que evidentemente puede sonar mejor o peor en un idioma, lo realmente lamentable es que tengan que doblarse las películas para que podamos verlas en España.

Y es que, nos guste o no, nuestro nivel de inglés es vergonzoso. Salimos al extranjero y las pasamos canutas para que nos entiendan. Nos faltan palabras, nos falta confianza y sobre todo nos falta conocimiento hablado y oído de otras lenguas, especialmente del todopoderoso inglés.

Numerosos estudios avalan el hecho de que España es uno de los países en los que se da menos movilidad de trabajadores, tanto a nivel interior –lo que sin duda viene dado por el arraigo a la ciudad en la que hemos nacido, crecido y vivido- como a nivel exterior. Si bien es cierto que el consabido como en España no se vive en ningún sitio tiene un gran peso en dichos estudios, no es menos verdad que existe una tremenda barrera impuesta por el lenguaje.

Estudiamos inglés en la escuela, al menos durante una buena parte de nuestra infancia y adolescencia. Habrá quien más y quien menos pero buena parte de nosotros ha estudiado (o por lo menos ha pagado) una academia o clases particulares para mejorar el dichoso inglés. Y aún así, tras el tiempo y esfuerzo invertidos, los resultados siguen siendo demoledores; no sabemos hablar inglés.

Mi vida en Londres, probablemente la ciudad más cosmopolita del mundo, hace que a diario presencie la lucha que gente procedente de distintos lugares mantiene con el idioma. La comparación asusta. Mientras escandinavos, centroeuropeos y asiáticos en general no tienen más problemas que los derivados de las frases hechas o del vocabulario específico, los que venimos del sur de Europa luchamos contra mucho más que eso. Entender lo que nos dicen, leer indicaciones, hacernos entender o ver una película se hacen tareas más que arduas para la mayoría.

Es probable que los niveles educativos de distintos países provoquen buena parte de la diferencia, aunque en mi opinión hay un factor mucho más influyente: la televisión.

España es uno de esos países en los que la gran parte de series, películas y documentales a los que tenemos acceso vienen doblados al español. Si tenemos en cuenta la ingente cantidad de tiempo que pasamos frente a la caja tonta, no hay tiempo ni dinero que aguante la comparación. Y es que la mejor academia la tenemos en casa, en el comedor. Películas en versión original con subtítulos en español. La cantidad de vocabulario, comprensión, pronunciación y expresiones que podemos aprender con ello se me antoja brutal.

Pero no, seguimos atrapados en aquel anuncio que decía “O veo la película o leo los subtítulos”. La cultura del bueno, bonito y barato se expande para incluir el fácil como requisito añadido. Queremos un inglés perfecto, queremos salir al extranjero y tener las mismas opciones que el resto. Buenos trabajos, promociones y demás ventajas. Vacaciones sin malentendidos, estafas o demás lindezas que muchas veces no son más que efectos de la falta de comprensión que adolecemos. Eso sí, lo queremos pronto y sin más esfuerzo que el mínimo.

Siendo sincero, lo veo tan complicado como el que la mayoría de los ingleses aprendan otra lengua. Aunque hay una diferencia: por suerte o por desgracia, ellos no necesitan otra lengua.