Los tiempos cambian y las gentes también. El otro día, en el autobús, observé a la gente que me rodeaba…

Había un hombre postrado en una de esas sillas de ruedas con motor, tenía algún tipo de malformación corporal. Me dio por pensar cómo debía ser su vida, su día a día. Para mí, entrar en el autobús fue cosa de subir tres escalones, validar el ticket de transporte y cruzar entre la gente hasta hacerme un hueco en un rincón. Para él, subir al autobús fue el inicio de una pequeña aventura: rampa para subir, esperar que no hubiese muchos cochecitos ocupando su espacio, sentir en su ser la cortesía (o esa sensación de estar molestando) de la gente apartándose para dejarle sitio; a la hora de bajar, solicitar la rampa con antelación mediante el botón correspondiente, esperar a que todo el mundo baje y maniobrar hasta fuera. Y damos gracias a que hoy en día los espacios públicos cada vez están más adaptados para los discapacitados. Ese hombre personificaba la voluntad, el esfuerzo, la humildad, la fuerza de mantenerse entero ante las continuas miradas del resto de la gente, esas miradas desde arriba, miradas que por más tiernas que sean le subrayan su diferencia…

Había también una mujer con un niño pequeño en brazos, otro bebé en el cochecito, y una niña de unos seis años agarrada a una de sus piernas. En aquel momento estaban tranquilos, no lloraban, no tenían hambre, no tenían sed, no querían ningún juguete de un escaparate ni golosinas, una apacible calma reinaba en esa camada numerosa. En los ojos de la madre se veían noches sin dormir, cientos de desayunos, comidas y cenas a cuestas, viajes a pediatras, guarderías, compras de ropa, medicamentos, alimentos, etc. Esa mujer era la madre universal: cariño, responsabilidad, fuerza y, sobre todo, paciencia, mucha paciencia…

Junto a mi, había dos jóvenes que habían subido en la parada del tanatorio. Iban vestidos de oscuro y estaban en silencio, serios. Sus rasgos faciales hacían pensar que quizás eran hermanos o primos y, por la aureola de pesar que les envolvía, seguramente venían del funeral de algún amigo o familiar. La vida seguía para ellos sintiendo que su equipo había sufrido una baja. Porque sí. Porque nos vamos yendo mientras el resto se queda. Y la vida sigue como si nada hubiese cambiado, como si el verano, las rebajas o los puentes aéreos no guardasen duelo por nuestro ser querido. Y eso es algo incomprensible para el que sufre esa pérdida. ¿Cómo pueden seguir circulando los autobuses si acabamos de enterrar a alguien tan importante para nuestras vidas? La integridad, la serenidad, la resistencia cubrían a los presuntos hermanos.

Y entonces fue cuando me di cuenta de que estaba rodeado de auténticos superhéroes. La gente que usa sus virtudes, valores y talentos para no hundirse ante los reveses del destino o las pruebas que la vida nos hace pasar. Batman, ese héroe que se arma de capa y antifaz motivado por la venganza y el dolor que le causa el asesinato de sus padres, ya no me parecía tan fabuloso. Superman, con sus poderes extraordinarios, no parecía tan poderoso comparado con aquellos héroes reales que habían nacido en mi mismo planeta. Hulk, aquel personaje que adquiría su fuerza sobrehumana al entrar en contacto con la ira y la rabia, tampoco parecía un ejemplo a seguir comparado con la gente del autobús.

Y así podríamos seguir repasando los diferentes superhéroes de la ficción que han llenado y siguen llenando el universo colectivo. Seres humanos o sobrehumanos, con pocos escrúpulos y capaces de destrozar a los supervillanos de turno sin miramientos. Siempre en eterna lucha, consigo mismos y con los demás, normalmente solitarios. Luchas y esfuerzos que nada tienen que ver con las realidades de ser discapacitado, tener que cuidar de tres niños, perder a un amigo, cuidar de familiares enfermos, hacer la declaración de hacienda, buscar aparcamiento en la ciudad después de horas de trabajo, o pluriempleo, de no recibir más correo que facturas y publicidad de viajes que uno no puede hacer o de apartamentos que no puede comprar…

Ahora miro con ojos diferentes a los demás porque sé que, quizás, bajo el disfraz de la quiosquera, del funcionario o del pescadero, se esconde un auténtico superhéroe.