Opinión

Un poco de agnosticismo político

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Tono
Sábado, 21 de junio de 2008 | 17:22

Si las teorías que se enseñan en la facultad son ciertas, un buen político es aquel que maximiza la probabilidad de ser elegido. Puesto así, sin más, la ideología no tendría cabida salvo en caso que responda al pensar de la mayoría de la población votante y, por tanto, contribuya a maximizar la probabilidad de elección.

Esta idea me hace pensar en el motivo por el que los partidos tienden a pelearse por ocupar ese centro que a tanta gente representa. Y es que desde hace años, al menos tantos como yo recuerdo, el centro ha sido paradigma de moderación y tolerancia. La virtud de saber lo que se quiere y aceptar otras visiones, misiones u opiniones ha tendido a situarse en ese centro colectivo cuya exacta localización nadie conoce, pero del que todo el mundo habla (si se me permite, algo así como el famoso punto G).

En dicho contexto, partidos políticos que antaño se caracterizaban por un sesgo determinado, principalmente en cuanto a ideas aunque también en cuanto a presencia, tienden ahora a asemejarse los unos a los otros. No obstante, y de manera contradictoria, en el camino hacia dicha homogeneización las formas han sido curiosamente distintas.

La izquierda ha cambiado su imagen hacia la derecha. Las cazadoras de pana han pasado a ser trajes de diseño. Los relojes de lujo se han democratizado en nuestra sociedad política, así como los maletines, los mocasines o las comilonas pantagruélicas. Los sueldos y las viviendas también parecen escorarse hacia la antigua derecha, o por lo menos hacia el concepto (cierto o erróneo) que el colectivo social tiene de esa derecha. En cuanto a las ideas, parte del radicalismo ha desaparecido y, en opinión de algunos, cierto aburguesamiento parece haber calado hondo en la clase política obrera.

Por su parte, la derecha se ha mantenido en su imagen, aunque sin duda ha modificado su discurso. Ingentes dosis de suavizante han permitido que se dejara caer a la banda izquierda hasta aceptar inaceptables de antaño como la pareja de hecho, el derecho al aborto o simplemente el laicismo escolar. Populismo en las siglas, acercamiento a las bases sociales y pactos con enemigos habituales son algunas de las otrora inimaginables concesiones que la derecha ha venido trocando.

El final del cuento no es difícil de adivinar. Todos parecen lo mismo, todos dicen lo mismo y todos callan lo mismo. Y cuando no es lo mismo, es algo muy parecido. Las alternativas políticas con ciertas opciones de victoria se reducen drásticamente. Sí, por supuesto que hay otros partidos, pero cuántos de ellos tienen opciones reales de llevarse unas elecciones. La abstención se eleva a niveles que se acercan peligrosamente a lo que podría ser una votación de patio de escuela. Y en medio de todo ello, los más espabilados se llevan el gato al agua. Dos mastodontes atizándose por la manzana más grande mientras los pequeños roedores recogen todo lo que cae del árbol. Más madera, que solía decir el otro.

Me avergüenza una clase política que no es capaz de hacer que la mayoría se mueva. Me enerva querer ejercer mi derecho al voto y que las opciones que se me den estén vacías de contenido y llenas de cambios de tercio, mentiras y reproches a la viga en el ojo ajeno. Creo en la política pero no en nuestros políticos, lo que con el permiso de los lingüistas, entiendo me convierte en un agnóstico político.

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