Opinión

España, el país de las palabras malditas

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Francisco M. Toro
Martes, 1 de julio de 2008 | 13:12

Se nos llena la boca con la palabra democracia. Nadie en la galaxia es tan demócrata como un español. Enfermizo complejo treintañero. Quien no asume como natural que participa con cierto protagonismo en un Estado democrático tiene la necesidad, prácticamente inconsciente, de verbalizar su indiscutible alienación a la democracia y a su léxico. Por el mismo motivo mucho político se afana en crear su propia biografía ultrademocrática, no tanto pensando en lo que hará en el futuro como por lo que no hizo por la democracia en el pasado. Los expertos en canes lo denominan pedigrí.

Esta justificación vital no es ajena al resto de la ciudadanía, que se ve arrastrada contínuamente a moverse dentro de los parámetros de lo políticamente correcto. Dichos márgenes se estrechan cada vez más debido a la escasa diversidad ideológica en los medios de comunicación y a la falta de cultura en general. Cualquier hijo de vecino sabe que ABCmalo, Prisabueno, derechoshistóricosbuenos, UPyDmalo, Ciutadansmalo, PPmalo, relativismoreligiosobueno pero Iglesiacatólicamala, constituciónmala pero nacionalismohegelianobueno. Dentro de estos parámetros no importa demasiado saber quién fue Hegel.

Cualquiera sabe que lo mejor para pasar como ciudadano responsable es cumplir a rajatabla las directrices de lo políticamente correcto.

Ante los mismo hechos, como una guerra o una crisis, la clase política pugna básicamente en el terreno del léxico. Resulta tan patético ver las piruetas lingüísticas del Gobierno para eludir la palabra crisis como aquel episodio de Ana de Palacio excusándose por haber dicho guerra en el Congreso de los Diputados.

El Gobierno se comporta como el niño que para esconderse se tapa los ojos. Si no se pronuncia la palabra maldita, la crisis no existe.

No sufra, por tanto, la crisis económica. Es mucho más placentera una desaceleración económica, sobre todo si en vez de sufrirla en España usted reside en el Estado español, ese ente europeo en el que los trasvases son captaciones temporales de agua, los racistas son abertzales y la injuria es libertad de expresión.

No se meta en problemas y respete los márgenes. Aunque durante el día de las elecciones se vaya usted a la playa en vez de ir a votar, será usted el mejor de los demócratas.

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