En cierta ocasión me preguntaron cómo podría resolverse el problema de Europa. Del racismo en Europa. Qué pregunta. Mi interlocutor me contemplaba con cara de ahora sí que te he dejado sin habla. Sin embargo, yo el asunto lo veía y lo veo muy sencillo: la solución es el mestizaje. Es decir, mezclarse. Sí, ayuntarse sexualmente.

En una palabra, follar.

Con negros.

La solución de Europa pasa por traer a muchos miles, millones de negros y negras africanos a España, Francia, Alemania, Italia. Ese sería el primer paso. El segundo consistiría en aprobar leyes que otorguen incentivos económicos y fiscales a los españoles, franceses, alemanes, italianos, etcétera, para que follen, con ánimo procreativo, con los africanos. ¿Imaginan qué gente tan linda saldría de ahí? ¡Cómo mejoraría de golpe la composición genética de los europeos!

Los guetos, eso sí, prohibidos, ¡a mezclarse!

Los guetos incentivan la imbecilidad identitaria, los salvajismos costumbristas y el odio. Entre otros males.

El racismo, ese mal que está en los genes de Europa (y de toda la humanidad, seamos francos), lo tendría más difícil si el Parlamento Europeo adoptara mi propuesta.

Cuando los extraños, los diferentes, los inferiores pasan a ser parte de la familia, el asunto se le complica a los racistas.

Como efecto colateral, pero no menos benéfico, también empeorarían las cosas para los nacionalistas. El fetiche nacional necesita pureza genética y racial. Un aluvión de genes negros echaría por tierra cualquier proyecto patrioidentitario. No olvidemos que en el fondo los nacionalismos no son más que racismo disimulado tras banderas.

En fin, no es más que una tesis.

Juan Abreu es escritor y autor del blog Emanaciones.