Hay que respetar nuestra cultura, dicen. Tienen que permitirnos, aquí, las salvajadas que hacemos allá. En nombre de la tradición, las costumbres, la identidad, la cultura propia y ¡faltaría más! Dios.

¡Hay que respetar las creencias de los demás! Pamplinas. Basura multiculturalista. Hitler también tenía sus creencias. Y Castro, y Atila.

A ese tipo de fanático los une la misma certeza: ellos saben cómo deben vivir los demás.

Dejemos a un lado la bazofia políticamente correcta. El respeto a las creencias ajenas, sean del tipo que sean, solo es posible sobre la base de que los creyentes acepten y respeten las normas democráticas. Es decir, las normas que reconocen los derechos de las personas por encima de los supuestos derechos de dioses, ideologías, patrias y otras fantochadas.

Primero esos derechos, y si usted los acata, entonces, a partir de ese punto, podemos empezar a respetar nuestras diferencias con un mínimo de tranquilidad. Porque si no, corremos el peligro de que alguno (nosotros) termine sin cabeza, lapidado, exiliado o ametrallado en nombre de esta o aquella creencia.

Antes que cualquier derecho religioso está el derecho a la libre expresión. Es decir nuestro derecho a burlarnos y criticar a cualquier Dios. Toda iglesia no es más que superstición organizada.

Esto, a cuento de ciertas pancartas enarboladas por ciudadanos de origen mauritano en las afueras del juzgado donde procesaban a Hawa Meint Cheik. La señora y su marido, Mohamed Ould Abdallahi, llevaron a su hija a Mauritania y en nombre de costumbres salvajes que allí son cosa normal, obligaron a su hija de 14 años a casarse con un primo de 40. El primo la violó allá, y después la violó otra vez durante uno de sus viajes a Cádiz, donde viven los padres, por llamarlos de alguna manera.

El asunto ha terminado en los tribunales y a la madre le piden diecisiete años de cárcel, al padre uno y medio. Sabrá el señor juez el por qué de esta diferencia.

A la imperfecta sociedad civilizada occidental le ha costado siglos de enfrentamiento con sus demonios alcanzar el nivel de respeto por los derechos humanos que disfrutamos. Demonios como el fanatismo católico y su Santa Inquisición, por poner un ejemplo. Sería una cobardía y una torpeza criminal no defender lo conquistado.

Y lo conquistado es una sociedad más libre, más respetuosa del individuo y, por qué no decirlo, más civilizada que la que existe en los países donde impera el oscurantista sistema islamista.

Ya sé que hay un islam moderado. Muy bien. Es hora de que asome la cabeza. El que veo yo a diario es el que encarna una tropa de salvajes que quiere convertir a las mujeres, en pleno siglo XXI, en esclavas, en animales.

Una tropa de salvajes que acaba de fusilar ¡en Afganistán! a dos enamorados que pretendían casarse a pesar de pertenecer ¡pecado mortal! a dos tribus diferentes o a dos sectas diferentes o quién sabe qué estupidez.

¿Hay que respetar esas bárbaras costumbres? No. Hay que perseguirlas y combatirlas. Y meter en la cárcel a quien lleve a su hija a cualquier país a que la violen o le extirpen el clítoris. ¿Costumbres? Vaya porquería de costumbres.

No hay que respetarlas.

¿Por qué hay que respetar esas atrocidades?

Juan Abreu es escritor y autor del blog Emanaciones.