Si hay algo que me gusta de la política es su cinismo. Es todo un espectáculo ver a los políticos mentir y darnos gato por liebre con cara de gente respetable. Todo un arte, sin duda. Claro que hay artistas y artistas. Carod-Rovira, “el hombre que susurraba a los etarras”, por ejemplo, tiene poco talento. Su carota es bastante transparente y deja mucho que desear en la ejecución, que suele ser mediocre. Uno lo ve venir a cien leguas y poco ayuda además ese punto de vulgaridad que exhala y sus aires de reyezuelo.

En el otro bando, Zapatero. Monocorde y simplón, cortito, pero efectivo. Justo lo que el personal, generalmente embrutecido, necesita.

Moratinos, por su parte, es otra cosa. De esos políticos que ponen cara de fregona y uno nunca sabe hasta que punto lo es. Lo acompaña la voz, eso sí, como de peluche mojado o abuelita soñolienta. En un político ese tipo de voz puede ser una bendición, si sabe usarla. Moratinos sabe. A lo que hay que añadir su impenetrable caradura.

Un personaje interesante, Moratinos. En lo que respecta a Cuba, ha puesto al gobierno español casi a nivel del papel con que se limpian el trasero los hermanos Castro. Y bajando. Y ni asomo de vergüenza. Pero eso tiene el arte de la política, mientras más abyecto es el tema y las maneras de abordarlo, mayores posibilidades artísticas. En la obra llamada “amiguitos del castrismo”, Moratinos ha conseguido presentar los aledaños del aparato digestivo de los Castro como un territorio de solidaridad y de antiamericanismo progre y guay.

No es poca cosa.

Lo último referente a Moratinos y sus dotes artísticas tiene que ver con el asunto del espionaje español en la isla. Resumiendo: un cubano que trabajaba para el Gobierno vasco, captado por el CNI, se dedicaba a pasar información a la inteligencia española. Su trabajo de informante concernía nada más y nada menos que a dos ex hombres fuertes de la dictadura: Felipe Pérez Roque y Carlos Lage. Así lo cuenta la versión oficial castrista, recogida servilmente por Mauricio Vicent, corresponsal vitalicio de El País en La Habana.

La versión castrista resulta difícilmente creíble para cualquier conocedor de la realidad isleña. Todos sabemos que en una sociedad completamente militarizada, como la cubana, hasta los chóferes y guías de turismo son agentes o informantes del DSE. Así que se hace muy difícil creer que el señor Conrado Hernández, encargado de negocios del Gobierno vasco en la isla, no es un agente doble. Lo más probable es que todo el asunto no sea más que un montaje de la DSE para desembarazarse de dos incómodos testaferros que se habían creído importantes e intocables. Hay que ser estúpido para creer semejante cosa a la luz de la Historia de los hermanos Castro, pero eso parece ser lo que sucedió con Roque y Lage.

Todo es bastante elemental en este vodevil de espías. Lo que llama la atención es la sumisión y la falta de interés de la prensa española por llegar al fondo del asunto. Y aún más, la actitud servil del Gobierno español. Que no sólo no se ha preocupado por la suerte de su empleado supuestamente encarcelado; ni siquiera ha protestado por la expulsión de los agentes del CNI.

Moratinos se ha limitado a poner carita de abuelita comprensiva y a continuar como si tal cosa con su trabajo como encargado de relaciones públicas de la dictadura cubana en Europa.

Moratinos. Uno a veces se pregunta para quién trabaja.

Juan Abreu es escritor y autor del blog Emanaciones.