No se habla de otra cosa que del caso de un respetadísimo personaje de la sociedad catalana que se dedicó, durante décadas, a vaciar los cofres de una venerable institución musical.

Pero… un momento… si el director de la venerable lleva tantos años robando… ¿cómo puede ser venerable el armatoste?

Todo el asunto sería hilarante si no fuera tan triste y vergonzoso. A veces pienso que el circo nacionalista catalán debería vender entradas para sus funciones. Estoy seguro que sería un excelente negocio. Yo, y estoy seguro que también mucha gente en busca de refinada diversión, acudiría, por ejemplo, a ver las actuaciones de esta especie de David Copperfield que en vez de aviones o la Estatua de la Libertad hace desaparecer millones de euros.

Para no hablar de las actuaciones de un tal Puigcercós, preocupado por su imagen de hombre de estado hasta el punto de poner el dinero (de otros) a hacer malabares en busca de la verdad acerca de cómo lo perciben los contribuyentes de los que despilfarra el dinero. ¿Y quién no pagaría por presenciar a insignes líderes de la patria enfrascados en la honrosa y patriótica tarea de investigar a los periodistas y clasificarlos según su nivel de mansedumbre?

Y ya que mencionamos los famosos Informes en los que la Generalidad ha dilapidado millones. Todos hablan de si eran pertinentes, de si innecesarios, de si ridículos. Pero para mí lo fundamental es la gente a las que se los encargaban. Miren en esa dirección y verán una red de clientelismo, amigotes y quién sabe qué. Lo interesante no son los informes, sino a quién se los encargaban.

Pero regresemos al David Copperfield local. Mientras hacía desaparecer millones ante las narices del público de casa nostra, nuestro héroe recibía todas las condecoraciones imaginables de parte de la Generalidad. Hay que premiar el talento, qué duda cabe. A fin de cuentas el personaje es “uno de los nuestros”, se dirían los directores del circo. Los magnos representantes de la mafia patria.

¡Qué magnífica función! Millones desaparecidos ante las narices de los que le daban alegremente subvenciones al Copperfield local e ignoraban su obligación (para eso les pagan) de supervisar que el dinero se utilizara adecuadamente. Todo un espectáculo.

Miren a los políticos de todas los signos peinándose los moños, enfundados en sus carísimos trajes, tratando de hacernos creer (ya se sabe que para ellos somos todos idiotas) que ninguno sabía nada del asunto. Millones volatizados e invertidos vistosamente en fincas fabulosas, propiedades y vidas first class y ninguno de los íntimos de este personaje, la crema y nada de la política y de la aristocracia catalana sabía nada de nada.

Tampoco ninguno sabe nada del dinero en efectivo que param pan pan ¿saltó para aquí saltó para allá? ¿Dónde está?

A estas alturas, el juez no ha creído pertinente llamar a declarar al personaje, que por cierto, ha reconocido públicamente sus mágicos actos de vaporización de billetes. ¡No lo ha creído pertinente!

¿Qué pasará con todo esto?

Quién sabe. Tal vez nada. No olvidar que estamos hablando de políticos que se acusan abiertamente ¡en el Parlamento autonómico! de recibir comisiones ilegales del 3 por ciento… ¡Y NO PASA NADA!

Ya sabemos que el nacionalismo es una plaga estupidizante y vil pero hay que reconocer que tiene una capacidad infinita para sorprendernos con chanchullos insólitos dignos de la teleserie de los Soprano.

Quedamos ansiosos a la espera del próximo capítulo.

Juan Abreu es escritor y autor del blog Emanaciones.