Fue Samuel Johnson, un brillante ensayista de la Inglaterra del XVIII, quien definió el patriotismo como el último refugio de los canallas. Poco podía imaginar este ácido pensador inglés que su reflexión ajustaría tan perfectamente, casi 300 años después, a la hora de definir a gran parte del establishment que ha dominado la vida política, social y económica de Cataluña durante los últimos treinta años.

Los escándalos de corrupción y de saqueo de los recursos públicos vinculados al nacionalismo en Cataluña no son nuevos. Fueron parte permanente del paisaje político catalán durante los diferentes gobiernos de la Generalidad presididos por Jordi Pujol y, por lo tanto, una elemento consustancial del pujolismo, esa suerte de régimen nacionalista nacido a la sombra del president durante los 23 años de su mandato. Una época en la que se asentaron las bases de esa forma de entender Cataluña que ha marcado los destinos de nuestra comunidad desde la llegada de la democracia a España: Cataluña somos nosotros y a nosotros pertenece.

Esa forma de patrimonialización de Cataluña que una minoría, las famosas 400 familias, urdía tradicionalmente desde su control del poder político, económico, social y cultural, se amplió en los 80 a otro grupo con menos pedigrí, pero igual afán depredador. Un grupo nacido al calor del control del poder municipal de un PSC vendido definitivamente al nacionalismo, dominado por unos políticos profesionales cuya única ideología se resume en vivir del poder. El pacto tácito entre estos dos grupos se cimentaba en una cláusula inviolable: el silencio. La famosa omertá catalana que ha recorrido la vida política catalana desde los años 80 y que a día de hoy sigue siendo el único valor transversal que una esa fantasmal construcción política llamada sociovergencia.

Así, ese “hoy por ti y mañana por mí” prosperó ante el servilismo de unos medios de comunicación demasiado próximos y dependientes del poder, cuando no directamente controlados por él. Y de este modo, entre la complicidad y la impunidad, la corrupción y el saqueo de lo público prosperaron en el silencio. Una Cataluña oficial corolario político se visualizaba en la manoseada metáfora del oasis.

Pero ahora, por fin, tras años de arcadas, la Justicia ha provocado el vómito público a esa Cataluña oficial. De repente, dos casos de corrupción sincronizados en el tiempo, los casos Millet y la operación Pretoria han rasgado violentamente el opaco velo que ocultaba la verdad en Cataluña. Y revelándose como dos caras de una misma moneda, la corrupción sistematizada reflejo de esa forma de entender Cataluña que el nacionalismo sociológico y el arribista habían disfrutado siempre por su simbiótica proximidad al poder, ha quedado por fin descarnadamente al descubierto.

Millet y Pretoria deben convertirse en algo más que dos nombres a sumar a la larga lista de casos de corrupción vinculados al poder en nuestra comunidad. Deben señalar el fin de una forma de entender Cataluña. El fin de esa Cataluña donde unos pocos hablan, se benefician, y deciden en nombre de todos. El fin de una clase política y de una política que no representa la pluralidad de la Cataluña real sino el monolitismo rancio de la Cataluña oficial. El fin de unos representantes públicos que no sirven a sus ciudadanos sino que se sirven de ellos. El fin de una Cataluña donde unos pocos mandan y el resto obedece si no quieren sufrir el ostracismo civil que esa minoría aplica a todos aquellos catalanes non gratos a ojos de los nacionalistas.

Millet y Pretoria deben marcar el final de un régimen y el inicio de una esperanza. Porque esta vez no servirán los pactos de silencio ni habrá omertá que valga. Porque se ha acabado la época donde Cataluña eran unos pocos. Ha llegado el momento de exigir lo obvio: que Cataluña somos todos.

Jordi Cañas es secretario de Comunicación y portavoz de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, también se le puede leer en el blog del portavoz de Ciudadanos.