Cataluña

Denuncian discriminación lingüística en las subvenciones a las discográficas

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Redacción
Miércoles, 25 de noviembre de 2009 | 10:12

Institut Català de les Industries CulturalsImpulso Ciudadano ha denunciado que los criterios recientemente aprobados por el Instituto Catalán de las Industrias Culturales -perteneciente a la Generalidad- para subvencionar los proyectos de las empresas discográficas catalanas, discriminan el uso del castellano.

Según la entidad presidida por el diputado autonómico y colaborador de LA VOZ DE BARCELONA, José Domingo, el Instituto Catalán de las Industrias Culturales favorece la concesión de subvenciones a empresas discográficas catalanas radicadas en los territorios donde es oficial la lengua catalana y considera como ‘gastos en internacionalización’ los realizados fuera de estos territorios, dando la consideración de espacio extranjero a la mayor parte de España.

Impulso Ciudadano también considera delirante y grotesco la construcción de un hipotético ‘espacio sonoro catalán’, que se supone contrapuesto al español, tal como se ha manifestado reiteradamente por responsables del Departamento de Cultura.

Otro de los criterios denunciados valora más la puntuación de los autores no nacidos y no residentes en Cataluña por el hecho de que utilicen en sus creaciones la lengua catalana y considera que ese hecho favorece ‘la integración lingüística de los inmigrantes’.

16 Comments en “Denuncian discriminación lingüística en las subvenciones a las discográficas”

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  1. Josep - Miércoles, 25 de noviembre de 2009 a las 16:17

    Poca broma que cuando me llegó la campaña “de la dentadura catalana” la noté como un chiste malo…

    Pero, luego esa otra de “Bailemos en Catalán” ¡¡toma castaña!! ¡¡también tenía miga!!

    Y es que, a falta de recursos ingeniosos para beneficio de los catalanes, hemos tenido una panda de vagos, chorizos y maleantes que se han recreado exlusivamente en la diferencia y en el odio al distinto. ¡¡Han demostrado ser unos racistas!! … ¡¡ahora hasta en el arte!!.

    ¿Se imaginan una “re-edición de Manolo Escobar catalanizada”? ¡¡A esa le darían un buén soporte no por el arte, sino por estar en catalán!!.

    ¡¡Pués eso “El meu carru me lo rubaaarun”!!

    ¡¡No nos merecemos estar viviendo entre tanta ineptitud!!

  2. Carlos - Miércoles, 25 de noviembre de 2009 a las 17:23

    Tienen que hacerlo. Tienen que poner cuotas de música en catalán y subvencionar a determinados cantautores y grupos catalanes que cantan solo en catalán. Los hechos son contundentes en cuanto al éxito de cantantes y grupos musicales que cantan en español o inglés, en actuaciones en directo en lugares como el estadio olímpico o el espacio Fórum. Hay poco que comentar, al respecto, en cuanto a los “llenazos” de unos y otros. Pero hay que vender la moto de que lo que más gusta a la juventud de Cataluña es la música solo en catalán, al precio que sea.

  3. Carlos - Miércoles, 25 de noviembre de 2009 a las 17:25

    La próxima vez que venga U2 a Barcelona, está previsto que canten, al menos, dos canciones en catalán por aquello de la cuota.

  4. elmalved'almansa - Miércoles, 25 de noviembre de 2009 a las 19:00

    Mes de 15.000 joves en el camp dels tarongers de l’universitat de Valencia, per la llibertad.

    Obrint pas, es un grup totalment prohibit en els mitjants de comunicacio valencians, com tots els que canten en valencia.

    Cap agresio sense resposta!

  5. fanderubianes - Miércoles, 25 de noviembre de 2009 a las 19:41

    Suposo que mai s’ho han plantejat alguns cervells, però qualsevol subvenció ha de discriminar per definició.

    Una subvenció és una qüantitat de diners que van de les butxaques del conjunt de ciutadans a un determinat grup d’aquests.

    La ÚNICA justificació que pot tenir una subvenció és ajudar a un sector que està en dificultats.

    En el cas concret del català, del que es tracta és de compensar la diferència de vendes que hi ha amb el castellà.

    Si un cantant fa una canço en català té un mercat 40 vegades més petit que si és en català. Això pot mereixer una subvenció per donar igualtat d’oportunitats.

    Però demanar subvencions a qui té un mercat suficient per sobreviure és més que ignorància.

  6. Botarate - Jueves, 26 de noviembre de 2009 a las 21:34

    Y a continuación te pongo los textos susodichos…

  7. Botarate - Jueves, 26 de noviembre de 2009 a las 21:35

    II. EL PUEBLO
    por Salvador de Madariaga

    (…)

    Bien se echa de ver cómo estas premisas psicológicas explican los dos rasgos constantes de la vida política de España, que pueden simbolizarse en estas dos palabras: dictadura y separatismo. El individuo, movido por impulsos “verticales” más fuertes que los “horizontales”, es decir, por fuerzas naturales que surgen directamente en su ser más que por fuerzas sociales transmitidas por la tradición o absorbidas del ambiente, tiende a afirmar su personalidad y (como una botella demasiado llena de su propio contenido) se niega a aceptar influencias. De aquí la dictadura, tendencia muy española, que se observa no sólo en el hombre público, estadista, general, cardenal o rey a la cabeza del Estado, sino en todos y cada uno de los hombres a la cabeza de lo que sea, región, ciudad, pueblo, aldea, casa de comercio, taberna o familia.

    El dictador repugna a todo separatismo en los demás, ya que el separatismo limita el área de su propia dictadura. Pero todo dictador es en sí separatista, ya que se separa de los demás en cuanto concierne a las funciones colectivas de estudio, discusión, transacción y acuerdo. El fuerte diseño individual y “vertical” del español, la flaqueza de sus tendencias horizontales, las que entretejen el tejido social, explican el separatismo de los españoles y la extremada facilidad con que regiones, ciudades, partidos políticos, clases, cuerpos del Estado, se resquebrajan al menor choque, y al separarse unos de otros rompen la unidad del conjunto. A buen seguro que siempre se darán, o se hallarán, causas tópicas que determinen estas resquebrajaduras en la fábrica colectiva del país; pero la facilidad con que se producen y su hondura se deben a la calidad de la fábrica y no a las circunstancias que sobre ella actúan. Nada más característico del alma española que esta calidad quebradiza de su sustancia, y que hallamos por cierto de manifiesto en los Estados Desunidos de Hispanoamérica (fruto de la dictadura y del separatismo) en contraste con los Estados Unidos de Angloamérica.

    Separatismo y dictadura son, no obstante, tan sólo pasiones del español; no son su sentido. Aunque parezca mentira, a pesar de estas pasiones que de cuando en vez lo dominan, es el español hombre de buen sentido, y cuando en él se mantiene, de genio creador y realista más que común. Pero para mantenerse en el plan de buen sentido, necesita el español una pasión elevada bastante fuerte para alzarle hasta un concepto vivido de la unidad muy por encima del nivel dispersivo a que le arrastra su ser separatista y dictatorial. Tal fue la fe que un día alcanzó en los siglos XVI y XVII, dando a España una fuerza y una unidad que no ha conocido desde entonces y quizá no vuelva a conocer jamás.

    © 1930. 1978. Salvador de Madariaga Rojo, en “ESPAÑA. Ensayo de Historia Contemporánea”, Madrid, Espasa-Calpe, 12ª edición, Libro primero, págs.29-30.

  8. Botarate - Jueves, 26 de noviembre de 2009 a las 21:36

    XIV. LA CUESTIÓN CATALANA
    por Salvador de Madariaga

    I. Aspecto psicológico

    La cuestión catalana, y en menor grado las que plantean los movimientos de resurgimiento de conciencia local en Vasconia y Galicia, son quizá las más difíciles, pero también las más fértiles en la vida pública contemporánea de España. Complícalas increíblemente una mezcla de nociones más o menos confusas emanadas de la antropología, el arte, la literatura, la historia y la economía política. Así, por ejemplo, la disputa sobre si Cataluña es o no nación, sobre si los catalanes son o no raza aparte y otras disquisiciones de análoga puerilidad enturbian y apasionan una discusión que las circunstancias hacen difícil y los caracteres hacen espinosa, pero que, al fin y al cabo, es posible encauzar hacia soluciones claras y sencillas.

    La Península, como todo el mundo sabe, manifiesta una unidad fundamental en una admirable variedad de formas y aspectos, observación que se aplica idénticamente a sus habitantes. Hallamos en la Península un rasgo general común cuya impresión dominante es el de una elevada inaccesibilidad, y al mismo tiempo variedad de ambientes de clima y tierra separados por obstáculos naturales que vienen a constituir entre las partes otra inaccesibilidad interna análoga a la inaccesibilidad externa del conjunto. De igual modo hallamos en el carácter español un vigoroso individualismo que lo separa netamente del resto del mundo occidental mientras que en el interior de la nación se acusan caracteres regionales netamente separados entre sí por mutua diferenciación, especie de afirmación del individualismo español hacia dentro, imagen del individualismo hacia fuera que distingue al español de los demás europeos.

    Este rasgo del carácter nacional es, pues, el verdadero origen de los movimientos centrífugos que se observan en la Península y que se deben, precisamente, a su profunda unidad psicológica. Y no se debe a mero accidente el que tales movimientos se manifiesten en Cataluña, Vasconia y Galicia, ya que son estas las partes de España en donde se observa la indicación más clara de un genio nacional individualizado. Un lenguaje, en cuanto es creación de un pueblo y no imposición de una cultura extraña, es como una señal natural que indica la existencia del pueblo que lo ha creado. El que el francés y el español se parezcan no indica que los pueblos respectivos se parezcan, puesto que el parecido de las dos lenguas no se debe a los dos pueblos, sino al hecho histórico, fortuito y externo a ambos, de una conquista romana común; el que el francés y el español difieran significa, en cambio, que los pueblos respectivos difieren, puesto que las diferencias entre ambos idiomas, nacidos de un tronco común, sólo pueden deberse a las diferencias entre los dos pueblos que los han ido formando a partir del latín.

    La pretensión de Cataluña a constituir algo más que una mera región se desprende, por consiguiente, con toda evidencia, del hecho de que habla una lengua propia. (Las tentativas de algunos castellanos para eludir este problema, considerando al catalán como dialecto del castellano, no merecen siquiera discusión. Para la ciencia filológica, como para el sentido común, el catalán es tan lengua como el castellano.) No faltan discusiones, más o menos académicas, sobre si el catalán procede del provenzal o de alguna otra fuente. Pero el caso no puede ser más claro. El catalán procede de Cataluña.

    Ahora bien, ¿qué es catalán y qué es Cataluña? Para los catalanistas de la escuela nacionalista, Cataluña es las cuatro provincias del condado, más el reino de Valencia y las islas Baleares. No faltan los que, llevados por una lógica entusiasta más allá de las fronteras, se lanzan a la anexión del Rosellón, y si no añaden al mapa de “Cataluña” la villa de Alghero, en Cerdeña, que todavía habla catalán, no olvidan mencionarla en su inventario. Tal es, en efecto, la Cataluña filológica. Pero es el caso que Valencia no quiere ser otra cosa que Valencia. Su lengua difiere lo bastante de la catalana para poder permitirse gramática y vocabularios propios si sus literatos quisieran construírselos, como lo han hecho los catalanes a la suya. Sin embargo, cabe dudar de que el valenciano hubiese subsistido como dialecto aparte, de haber florecido la cultura catalana en Barcelona durante varios siglos. Desde luego, el valenciano difiere menos del catalán que los dialectos franceses del francés de París o que el inglés de Yorkshire del inglés literario. Con todo, puesto que el valenciano puede explicarse históricamente por la repoblación de Valencia con colonos catalanes después de la conquista de Jaime I, la existencia de este lenguaje en Valencia no bastaría para justificar la catalanidad de los valencianos como la existencia del catalán justifica la de los catalanes, ya que en el caso de Valencia el fenómeno lingüístico sería análogo al de la común latinidad del francés, español e italiano, debido al accidente común de la conquista romana, y por lo tanto, en el caso de Valencia-Cataluña, lo importante sería, no la similitud, sino la diferencia de las lenguas, y la conclusión sería no la similitud, sino la diferencia de los pueblos.

    (…)

    Hasta aquí los hechos de primera observación y sus consecuencias obvias. Los nacionalistas catalanes se han esforzado en extraer de ellas otras conclusiones de índole más aventurada. Hubo un tiempo en que una minoría de catalanistas se imaginó que, acumulando injurias y desprecios sobre la historia, el carácter, la política y la administración de Castilla aparecerían más en relieve ante la opinión pública las manifestaciones progresivas que se les antojaba ver por contraste en la vida catalana. Coincidió este tiempo con una época de abundantes lucubraciones europeas sobre razas y progreso, y entonces fue cuando el famoso doctor Robert, alcalde de Barcelona, alcanzó a vislumbrar una diferencia de dimensiones craneanas entre el catalán y el mero español, a favor, por supuesto, del catalán. Sus observaciones provocaron ardorosas protestas en la prensa castellana, protestas que los patriotas de Madrid se hubieran podido ahorrar, pues no sólo es algo cómico el intentar establecer diferencias mentales sobre diferencias cuantitativas de dimensión craneana, sino que está hoy perfectamente demostrado que en punto a índices antropológicos no hay manera de establecer diferencia alguna entre las diversas sedicentes razas de la Península.

    Volvamos al lenguaje, que es, al fin y al cabo, el punto de partida de nuestras opiniones. A primera vista; no cabe duda de que el catalán difiere profundamente del castellano y sugiere cierta semejanza externa al francés. Ese equilibrio que el castellano deriva de la coincidencia frecuente entre el acento y el centro de gravedad de sus palabras desaparece en el catalán, que, además, deja caer las vocales finales, que son las que dan redondez al castellano. Las palabras catalanas resultan así como recortadas y hasta peladas, recordando en esto a las francesas, rasgo que en ambos casos nos sugiere la tendencia a la parsimonia y aun a la tacañería que los castellanos suelen atribuir a los catalanes como a los franceses. Y sin embargo, sería erróneo identificar el rasgo catalán con el francés, como nos lo advierte la existencia de otras características del lenguaje catalán. Por ejemplo, mientras el francés distribuye el acento por igual sobre todas las sílabas de la palabra, el catalán comparte con las demás lenguas españolas la posesión de un fuerte acento tónico. Es un lenguaje con un ritmo muy acusado, en contradicción directa con el ritmo suave y sutil que el francés deriva de la igual repartición de sus acentos. Por otra parte, la vocal dominante del catalán difiere típicamente de la del francés y hace del catalán una lengua evidentemente española.

    (…)

    Confirma esta conclusión el hecho de que el catalán presenta este otro rasgo exclusivamente español: la existencia de dos verbos, ser y estar, que en las demás lenguas no se distinguen. Ahora bien, este hecho lingüístico corresponde a una profunda característica de la nación española, la distinción entre lo que es esencial y lo que es pasajero, entre el ser, que es permanente, y las circunstancias, que sólo están. La existencia de esta distinción en el lenguaje catalán bastaría para demostrar que es uno de los lenguajes de la familia española, tan español como el castellano, el gallego o el portugués. Otro rasgo que confirma esta solidaridad es que las diferencias cuyo conjunto permite observar la existencia de dos lenguas distintas, catalán y castellano, no aparecen de modo abrupto, sino por una especie de transición gradual del castellano al catalán a través del aragonés, diferencia que puede estudiarse hoy gracias a los nuevos métodos de geografía lingüística por trazado de mapas filológicos. Esta es una observación evidente, sólo estampada aquí en vista de las afirmaciones aventuradas que se hacen a veces por razones políticas, y que tienden a establecer una distinción tan excesiva como falsa entre el carácter de los varios pueblos peninsulares.

    (…)

    Es cierto que en España abundan los cuentos en que el catalán aparece en postura desfavorable cuando se trata de dinero, largueza y rumbosidad. A primera vista estos cuentos recuerdan los que en Inglaterra abundan sobre los escoceses. Una observación más atenta señala al punto diferencias notables. Los cuentos ingleses sobre Escocia sugieren un pueblo orientado a las economías por una naturaleza miserable (1), pero Cataluña es abundante. Goza de sol espléndido, no carece de agua. Es industriosa. La vida es fácil para el catalán que trabaja. Los cuentos a costa del catalán no revelan precisamente parsimonia, sino interés, un interés inclinado a la intransigencia y a la afirmación de lo propio. El cuento típico es el del burgués de Barcelona, que era comunista porque “con lo que me toque el día de la distribución y la casa que tengo en Sans…”.

    Caricaturas, sin duda, mas no sin valor. “Cuando el río suena, agua lleva”, dice nuestro proverbio, típico de un país en el que los ríos no llevan siempre agua. Cuando la vox populi marca insistentemente ciertos rasgos en una fisonomía, ya individual, ya colectiva, cabe sospechar que habla en ella la vox Dei. Pero estos cuentos sobre el catalán no lo pintan precisamente mezquino, ahorrador ni tacaño. Tan sólo implican que, como todos los mediterráneos, el catalán tiene la vista puesta en las cosas materiales, en los placeres de la vida y en los medios que permiten gozarlos, así como es sensible a los derechos del yo, o, en una palabra, que el catalán es un fuerte individualista. Ahora bien, el primero de estos juicios era de esperar por parte del castellano, cuyo modo de comprender la vida es más espartano, aun en la misma Andalucía; pero el segundo parece sorprendente, porque he aquí un pueblo de tan intransigentes individualistas como el castellano acusando de individualismo a otro pueblo vecino como el catalán. Resulta, pues, que el catalán da la impresión de individualismo aun a los individualistas. La conclusión es que el catalán es un ultraindividualista.

    (…)

    En algunos sentidos el catalán tiene una españolidad más acusada todavía que la de los demás españoles, y, lejos de ser, como lo imaginan algunos teóricos del catalanismo, un europeo desterrado en la africana Iberia, es un ibero con los rasgos típicos de esta raza todavía más vigorosamente en relieve que en los demás pueblos peninsulares. Así, mientras, como sabemos, los demás españoles son esencialmente hombres de pasión, en la mayoría de los tipos peninsulares esta vida “pática” fluye en un estado de quietud que mantiene una reserva estoica y un sentido de equilibrio; pero en el tipo mediterráneo del hombre de pasión la naturaleza se manifiesta externamente con más facilidad, y el hombre de pasión se apasiona. La reserva no es tan típica del catalán como de los demás iberos. En cierto modo, la crítica del catalán que se siente implícitamente en los cuentos españoles, por ejemplo, sugiere que le falta reserva y no sabe encauzar la vida tan bien como los demás españoles.

    El catalán se inclina tanto como el castellano, si no más, a mezclar su personalidad íntegra con su pensamiento, de modo que sus ideas son sintéticas, personales, sueltas en el tiempo y el espacio y dictadas por su sentimiento pasional de la vida en grado igual o mayor que en los demás españoles. De esto hallaremos pruebas abundantes al estudiar la historia cultural del movimiento catalán. Mas, aunque esencialmente español, el catalán es mediterráneo, vive plásticamente, vive en el reino de los movimientos y de las formas, y respira la atmósfera del comercio, intercambio y cruce que hace del mar latino una especie de mercado rodeado en todas sus costas de tiendas activas. El español que vive en este mercado, por fuerza ha de diferir del que mira hacia los desiertos de Castilla o las costas del inmenso Atlántico. Tenderá más a racionalizar sus pasiones e intuiciones, y como es rico en ambas, al par que los demás españoles, su intelecto hallará tarea más difícil y más frecuente ejercicio. El catalán, por tanto, es más dado a la actividad mental que el castellano; es más ingenioso constructor de sistemas intelectuales, más feliz artista de la frase, mejor orador. Mas, con toda su aplicación intelectual, el catalán no es un intelectualista como el francés. Antes al contrario, es tan intuitivo como los demás españoles y tan poco metódico también. El estímulo del intelecto catalán que, como hemos visto, procede de un deseo de racionalizar sus pasiones e intuiciones, lo lleva con frecuencia a vuelos aventurados de la imaginación, característicos del tipo de pasión e inconcebibles en el intelecto genuino, que siempre es moderado y metódico. A su debido tiempo hemos de ver algunos efectos de esta ingeniosa imaginación al tratar de los aspectos políticos del movimiento catalán.

    Por último, en cuanto a la acción, el catalán es típicamente español por su individualismo. Por ejemplo, una ojeada a las estadísticas de Sociedades por acciones fundadas en Barcelona, Madrid y Bilbao en un año cualquiera probará que el capital medio por Compañía es mucho menor en la capital catalana que en la castellana o la vasca, porque en el caso catalán la Sociedad suele representar los esfuerzos de un solo hombre o, cuanto más, de un corto número de amigos o parientes. Esta observación se aplica muy especialmente al capital medio de los Bancos, que es necesariamente inferior en Cataluña que en Vasconia o en Castilla, y aun que en otras provincias, como La Coruña. Análoga conclusión se desprende de una curiosa página debida a la pluma de tanta autoridad como la del señor Cambó (2): “Para gobernar un negocio individual difícilmente se encuentran hombres mejor dotados que los catalanes. Para regir una Empresa que reúna intereses de muchos, el director raramente se encuentra en Cataluña. Es por eso por lo que entre nosotros las Sociedades anónimas llevan una vida precaria.” Es, pues, evidente que el catalán no puede permitirse tirar piedras a nadie en materia de individualismo. Pruébase esto de nuevo con observar que, en contra de lo que suele creerse, el dominio de capitales y Empresas de origen extranjero es mayor en Cataluña que en Castilla, Vasconia o Andalucía, y, lo que es todavía más significativo, hay relativamente más Empresas vascas y castellanas en Cataluña que catalanas en Castilla o Vasconia.

    (…)

    Parece, pues, evidente que no existe diferencia alguna esencial entre los demás españoles y el subtipo que ocupa la parte norte de la costa oriental. Observamos, desde luego, en este subtipo la tendencia dispersiva que caracteriza a todos los españoles. Evidente en las relaciones entre personas, constituye, en su forma colectiva, el resorte más fuerte del movimiento catalanista, dando lugar a sus formas varias del regionalismo al catalanismo. El sentido separatista, fuerte conciencia de lo distintivo y lo diferenciado en el yo, es la tendencia profundamente española que hallamos ser el alma del catalanismo. Y así nos vemos llevados a esta conclusión tan inevitable como paradójica: que los tipos más puros de españolismo son en Cataluña precisamente aquellos que llevan a su extremo la tendencia dispersiva de los españoles negando su propio españolismo y soñando a Cataluña como una nación separada, independiente.

    Pueden contrastarse estas conclusiones con el testimonio de nuestros mismos amigos catalanes. El señor Rovira y Virgili es una autoridad respetable en materia de nacionalismo catalán. Sería difícil hallar en toda la Península un tipo más español que el de este hombre que sinceramente se imagina no serlo. Español en todas sus cualidades, su puritano desinterés en el servicio de las ideas (o sea el quijotesco amor hacia su Dulcinea), su fe intransigente, su extremismo, su honradez intelectual, español también en sus defectos, esta manera de pensar que deforma los hechos al calor de la pasión intelectual, esa falta de sentido político, esa incapacidad para ver la incoherencia del razonamiento propio, esa erupción de ideas inconexas como lavas de un volcán. Escuchémosle explicar cómo los catalanes, bajo la corona de Aragón, se sentían extranjeros respecto a los aragoneses, a fin de sacar la conclusión de que Cataluña era ya entonces una nación con fuerte conciencia nacional. Olvida que entre leoneses y castellanos prevalecían idénticos sentimientos, y aun quizás más fuertes, pues al fin y al cabo Aragón y Cataluña no llegaron a verter sangre, mientras que la rivalidad entre Castilla y León hizo de ambos frecuentes campos de batalla. Que los catalanes se sientan extranjeros frente a los aragoneses y aun que poseyesen entonces conciencia nacional, no prueba absolutamente nada. En cambio, lo que sí prueba, más de lo que quisiera el señor Rovira y Virgili, es el detalle histórico que utiliza para su demostración (3). “Jaime I, por ejemplo, dice en su Crónica que los castellanos son de molta ufane e erguylloses (son gente muy hinchada y orgullosa)”, y en el mismo libro, al trazar una semblanza de Almirall, nos dice: “Almirall era un catalán completo, un catalán por los cuatro costados, un espíritu catalanísimo. Su temperamento, sus virtudes, sus defectos mismos, son los de nuestro pueblo. Constituye un magnífico ejemplo racial. Era, sobre todo, rico de ese sentido de dignidad, de orgullo si se quiere, que están en la medula del carácter catalán.” Observemos no sólo la conclusión evidente que se desprende de estos dos textos, a saber: que el rasgo que al señor Rovira y Virgili le parece característico de los catalanes es precisamente el que Jaime I observó en los castellanos, sino –lo que es quizá más elocuente todavía– el carácter profundamente español del estilo y de la actitud mental del señor Rovira y Virgili mismo, como lo revelan estas dos citas. Esa actitud de altivez y desplante que lo distingue en estos extractos –como en el resto de las páginas que le preceden– es precisamente el alma del problema catalán por ambas partes, actitud que impide trágicamente la unidad de pensamiento, precisamente porque expresa una unidad de temperamento.

    Demos otro ejemplo: La ambición de los catalanistas es formar una “Gran Cataluña”, incluyendo a Valencia y a las Islas Baleares. Pero Cataluña propia, como centro de unidad, se encuentra en Valencia, con la misma fuerza centrífuga que, como pueblo peninsular, ella misma opone a Castilla. Los valencianos no quieren oír hablar de la “Gran Cataluña”. Así como hay castellanos que neciamente niegan al catalán su carácter de lengua reduciéndolo a dialecto del castellano, así hay catalanes que (con mejor fundamento) consideran al valenciano como dialecto del catalán. Mas Valencia no admite esta opinión. El bibliotecario de la Universidad de Valencia declaró al hispanista inglés Mr. J. B. Trend (4): “Tan grave herejía es catalanizar el valenciano como castellanizarlo.” Nótese la palabra herejía. Y un escritor valenciano, el señor Durán y Tortajada, por esforzarse en propagar la causa catalanista en Valencia, tuvo que abandonar su país e instalarse en Barcelona, “ante la hostilidad de sus paisanos”, dice el propio Rovira y Virgili (5), sin por ello darse cuenta del fuerte sabor español de todos estos hechos.

    Desde luego, por el lado de Castilla se observarán condiciones idénticas. La masa del país siente el problema catalán oscuramente; Castilla y Aragón, de modo definido. Dejando para más adelante los factores históricos, podemos adelantar aquí que Aragón y Castilla constituyen las dos fases sucesivas del proceso de absorción de Cataluña en una nacionalidad más alta, es decir, más universal. Castilla, en particular, siente instintivamente el concepto de imperium de un modo quizá más semejante al que se observa en el genio romano que otro país europeo alguno, con excepción de Inglaterra. De aquí una situación psicológica de franco antagonismo. Cataluña tira hacia afuera por dispersión; Castilla tira hacia adentro por cohesión. Y como por ambos lados el temperamento es idéntico, este esfuerzo antagónico va acompañado de fuertes recriminaciones mutuas.

    En general, hay más inteligencia en Cataluña y más voluntad en Castilla. Los ingenios fértiles y sutiles del Mediterráneo vienen a quebrar sus olas sucesivas sobre los tercos acantilados de la meseta central. El castellano, firme y tesonero, mira al levantino brillante de un modo que recuerda la actitud desconcertada, suspicaz, pero firme, que el inglés adopta frente a los ataques de la inteligencia francesa. Pero ni el catalán es francés ni es inglés el castellano, y el temperamento ibérico hace al levantino impaciente para con la pasividad inconmovible del castellano, tan pronto alzándole hasta la furia como hundiéndole hasta el pesimismo o adormeciéndole en una especie de paciencia desesperada. En último término, la dificultad procede no tanto de la carencia de un terreno de acuerdo común –pues teóricamente el terreno de acuerdo existe–, sino de falta de confianza mutua; el catalán desconfía del castellano por su sentido autoritario y por lo que él cree incapacidad para comprender la libertad; mientras que el castellano sospecha en el catalán falta del sentido cooperativo y una tendencia dispersiva que lo llevaría a utilizar su libertad en contra de la unidad nacional que Castilla llegó a construir durante siglos de ardua labor iluminados por breves fases de visión política. Los conflictos de confianza no se curan más que con el tiempo. La solución objetiva hacia la que puede orientarse el tiempo en su labor ha de inspirarse en la fórmula, obvia en apariencia, pero significativa, si se da a cada palabra su pleno valor: el catalán es un español que vive en las costas del Mediterráneo.

    Notas

    (1) No es ciertamente, sin embargo, un pueblo miserable. El ahorro del escocés es de cosas y valores, y procede de una inspiración social. Es utilitarismo y no egoísmo. Puede ser, y es con frecuencia, muy generoso.

    (2) Francisco Cambó: Por la concordia. Madrid, 1930.

    (3) A. Rovira y Virgili: El nacionalismo catalán. Barcelona.

    (4) J. B. Trend: A Picture of Modern Spain, pág. 87.

    (5) Loc. cit., pág. 216.

    © 1930. 1978. Salvador de Madariaga Rojo, en “ESPAÑA. Ensayo de Historia Contemporánea”, Madrid, Espasa-Calpe, 12ª edición, Libro primero, págs.142-154.

  9. Botarate - Jueves, 26 de noviembre de 2009 a las 21:39

    XV. LA CUESTIÓN CATALANA
    por Salvador de Madariaga

    II. Aspecto histórico

    La historia, dice una frase española, es una dehesa de aprovechamiento común. La historia de Cataluña no es ciertamente excepción a la regla. Pero aquí es justo hacer constar que el historiador catalanista tiende a aprovecharse más que el castellano, porque el historiador castellano (incluso los catalanes no catalanistas y aun algunos portugueses, como Melo) no se ha dado cuenta de que fuera necesario probar o rebatir cosa alguna, ya que al narrar la vida de Cataluña consideraba instintivamente como españolas sus glorias y adversidades. No así los historiadores catalanes, que parten del postulado separatista y aun nacionalista, que por ley natural tienden a utilizar la historia en pro de su causa. Mas es imposible todo progreso en la cuestión catalana si se parte de una base histórica falseada por la tendencia. En nuestra opinión, no es satisfactoria ni siquiera la posición de los historiadores castellanos que escribieron con toda espontaneidad y sinceridad, pero sin darse cuenta de la existencia del problema catalán y del grado –a discutir más adelante– en que se da en la historia una nacionalidad catalana. Se necesita, por el contrario, un punto de vista que, evitando la absorción subconsciente y tácita de Cataluña en la historia castellana, se mantenga, sin embargo, por encima de las nubes de pasión que han oscurecido los hechos más evidentes a los ojos de los catalanistas extremistas.

    Cataluña no parece surgir claramente de la masa de España con un perfil propio ni bajo el Imperio romano ni durante la monarquía visigoda. En estas dos épocas no difiere en nada de las demás zonas españolas. Bajo los romanos pertenece a la provincia tarraconense, cuya capital es Tarragona, pero que comprendía no sólo la Cataluña actual, sino partes considerables y variables de la España no catalana, mientras que Valencia perteneció siempre a una provincia distinta, la cartaginense. Algunos escritores catalanes han querido ver en esta relación con Roma una base para establecer la superior latinidad de Cataluña con relación al resto de la Península. No parece bien fundada esta pretensión. En el período turbulento de los visigodos, la región catalana no se distingue de las demás. Como vocablo, Cataluña aparece en el siglo XII. Cuando a fines del siglo VIII invaden los moros la Península, cae Cataluña en sus manos como el resto de España. Pero, como Asturias y Navarra, Cataluña logra pronto resurgir como uno de los centros de la reconquista cristiana, con esta diferencia notable: que teniendo a espaldas varias vías de acceso a Francia, Cataluña hace su resurgimiento cristiano apoyada en estímulo francés. Después de una tentativa desgraciada de Carlomagno en 785, Luis el Piadoso conquistó Barcelona en 801, estableciendo en ella la capital de lo que llamó la Marca Hispánica, sin la menor consideración para con los sentimientos de los separatistas de hoy. En 809, el conde Wifredo el Velloso se alzó contra el rey de Francia, y Cataluña empieza su carrera histórica como unidad independiente.

    Quiere decir que Cataluña aparece entonces como una de las pequeñas unidades independientes en que se manifiesta el espíritu nacional de España resurgiendo de la invasión musulmana, así como la tierra inundada emerge al ceder las aguas en islas que parecen inconexas, pero que más adelante han de revelar su unidad. Entonces no había Cataluña propiamente dicha. Sólo había una serie de condados o distritos sometidos a la autoridad de condes, el más poderoso de los cuales era el conde de Barcelona, porque poseía una ciudad de fundación venerable y rica en las artes de la industria y del comercio. Este conde de Barcelona fue absorbiendo gradualmente los otros condados, en su mayoría por matrimonio o herencia. Siguió llamándose conde de Barcelona, aun cuando su autoridad llegó a cubrir casi todo el territorio que hoy llamamos Cataluña, amén de extensos distritos de lo que hoy es Francia. Con Ramón Berenguer I (1035-1076) comienza la verdadera historia de Cataluña. De hecho, Cataluña no alcanza verdadera conciencia de su existencia y nombre hasta mucho más tarde, pero el conde era un hombre de Estado y supo fomentar la unidad en sus dominios codificando el derecho consuetudinario en sus famosos Usatges. Estos Usatges codificaban no sólo las costumbres feudales, sino ciertas cuestiones políticas, tales como los derechos y deberes del conde de Barcelona y la obligación de prestar servicio militar en el caso de peligro; en materia civil se definía, por ejemplo, la protección de los extranjeros, y en materia penal y de procedimiento se unificaba y definía la práctica.

    Este es también el momento en que se desarrolló la actividad marítima que había de familiarizar a los catalanes con todo el Mediterráneo, tanto el oriental como el occidental. Los sucesores de Ramón Berenguer I, sus hijos gemelos, Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II presentan interés histórico, entre otras razones, por el género de relaciones en que aparecen con Castilla. Heredaron el condado pro indiviso, pero decidieron dividirlo, con lo que Ramón Berenguer, príncipe valiente, aunque bondadoso y bien dispuesto, no consiguió desarmar la envidia y ambición de su hermano, de modo que cuando fue asesinado la opinión pública señaló a su hermano como fratricida. Berenguer Ramón permaneció, sin embargo, en posesión de la corona, y sus relaciones con los reyes moros limítrofes lo pusieron en conflicto con el Cid. El Cid, desterrado entonces por el rey de Castilla, Alfonso VI (pues la costumbre de desterrar a los buenos ciudadanos es muy antigua en los reyes españoles), vivía entonces como un magnate autónomo, reconquistando España de manos de los moros por medio de una técnica curiosa, combinación de excursiones, colonizaciones, guerras y protectorados, que sólo en una época muy reciente hemos llegado a vislumbrar gracias a la brillante y profunda erudición del señor Menéndez Pidal. En el curso de sus respectivas operaciones, el Cid y Berenguer Ramón llegaron a las armas, perdiendo el conde catalán la batalla y la libertad; pero el héroe castellano lo libertó, con esa mezcla de habilidad política y de generosidad personal que vio el poeta de Mio Cid y confirman los historiadores contemporáneos.

    (…)

    Castilla, pues, representada por su héroe, conquistó a Valencia de los moros. El rey de Castilla, Alfonso VI, la había gobernado de facto durante bastantes años por medio de uno de sus generales, cuyo nombre figura con frecuencia en el poema del Cid: Álvar Fáñez. Ya se ve, pues, cómo Castilla, en su política peninsular, no olvidaba el Levante. Alfonso VI desplegaba su actividad en todos sentidos, y sus esfuerzos se hicieron sentir también en Aragón, entonces todavía moro. Valencia permaneció en poder del Cid y más tarde en el de su viuda, hasta 1109, cuando volvieron a conquistarla los moros. En 1156 los reyes de Castilla y Aragón, Alfonso VII y Ramón Berenguer IV, llegaron a un acuerdo, por el que la conquista de Valencia se reconocía pertenecer a la corona de Aragón –acuerdo que no impidió a San Fernando de Castilla aceptar, en 1225, homenaje de vasallo por parte del rey moro de Valencia–. Esta contradicción es tan sólo aparente, porque ya desde los tiempos de Fernando I (padre de Alfonso VI) el rey de Castilla afirmaba una especie de soberanía sobre los demás príncipes cristianos o moros de la Península, valiéndose de una tradición arraigada en la continuidad histórica entre la corona de León y la de los reyes visigodos. Este punto aparece demostrado en la obra del señor Menéndez Pidal La España del Cid. Alfonso VII consagraba especial atención a esta pretensión de su corona, llamándose emperador: Constitutus Imperator Super Omnes Hispanie Nationes. Los demás príncipes españoles reconocían esta pretensión, y –para volver al conde de Barcelona– es muy significativo que cuando los secuaces de Ramón Berenguer, el conde asesinado, desafiaron a Berenguer Ramón a un duelo judicial, lo hicieron ante el rey de Castilla, Alfonso VI. Dadas las íntimas relaciones que entonces existían entre el duelo judicial y la autoridad judicial del rey –que era a modo de oficio de árbitro en el duelo de palabra, argumentos o armas–, este hecho no puede ser más elocuente y explica otros acontecimientos de igual importancia que ocurrieron más adelante.

    Con Ramón Berenguer III el Grande y Ramón Berenguer IV, Cataluña llega a ser una importante potencia mediterránea, quizá la más importante, extendiéndose además allende los Pirineos. El conde de Barcelona se daba cuenta de que la prosperidad de su país exigía orden en el mar como en la tierra, y como el Mediterráneo estaba entonces infestado por piratas normandos y sarracenos, Ramón Berenguer III desplegó gran actividad en el mar e intentó, sin éxito, instalarse en las Islas Baleares, política que continuó Ramón Berenguer IV.

    Entretanto, los esfuerzos conjugados de los reyes de Castilla y de Navarra habían hecho surgir un nuevo centro de expansión cristiana en Aragón. Llevaba entonces la corona de Aragón una cabeza que aspiraba a la humildad del claustro: Ramiro II, sacado de un monasterio para reinar, adonde se apresuró a volver una vez que hubo asegurado su descendencia con una hija que casó a la tierna edad de dos años con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV. La corona de Aragón pasó entonces a manos del conde catalán, que tomó el título de Príncipe y Dominador de Aragón. Mas a su muerte (1162), Ramón V, su hijo, se coronó rey de Aragón con el nombre de Alfonso II (I de Cataluña). Éste es el momento en que “Cataluña” se convierte en “Aragón”. Es natural que los historiadores catalanes deploren este cambio de nombre. En la Historia de Catalunya, de los señores F. Valls-Taberner y Ferrán Soldevilla, este acontecimiento se comenta en los términos siguientes: “Units Catalunya i Aragó sota el gobern dels mateixos monarques, van servar llur completa autonomia. Per a Aragó la unió amb Catalunya fou un bé: ella representa e llançament del seu nom a la vida cosmopolita imperialista. En canvi, per a Catalunya, la unió amb Aragó representa la pugna freqüent amb les tendències aragoneses, contràries a l’expansió mediterrània, particularistes i de privilegi, i la possibilitat de la sentència de Casp i de la unió amb Castella. Ella representa encara sovint, per una simple superioritat jeràrquica, la desaparició en la política internacional del nom de Catalunya sota el d’Aragó, del nom del principat sota el del reialme.” Pero ¿basta esta explicación? ¿Es suficiente una mera razón de jerarquía verbal para explicar que el conde de Barcelona pasase a ser rey de Aragón? En nuestra opinión, este asunto merece tratarse con sentido más agudo del valor de las palabras en el tiempo en que se usaban. Algunos ardientes catalanistas –no, por cierto, los autores citados– hacen hincapié en que Cataluña era la verdadera fuerza impulsora de la federación. Pero el caso es que, aunque Cataluña era la fuerza impulsora de la federación, aunque hasta 1410 los reyes de Aragón se sintieron por lo menos tan catalanes como aragoneses, si no más, se les conocía como “reyes de Aragón”; su casa no era ya la casa de Barcelona (“casa de Cataluña” no lo fue nunca), y cuando en años posteriores decía en catalán el siciliano Roger de Lauria que “los peces del Mediterráneo no se atrevían a aparecer sobre el agua sin llevar a la espalda las barras de Aragón”, probaba incidentalmente que para los catalanes de entonces Cataluña estaba absorbida en Aragón. Porque estas armas que el de Lauria llamaba de Aragón eran las armas de la casa de Barcelona.

    ¿Qué ha ocurrido? Un acontecimiento a la par muy sencillo y muy complejo. El conde había cambiado de nombre al hacerse rey. Cataluña no existía como nombre de Estado. El soberano era conde de Barcelona. Como en aquel tiempo no se distinguía claramente entre la nación que un rey o conde regentaba y el patrimonio privado que poseía, “Barcelona” se convirtió en “Aragón” del modo más natural y corriente. Hasta aquí lo sencillo. Pero había también en juego fuerzas más sutiles. Cuanto más se nos habla del poder, de la fuerza civilizadora y organizadora, de la capacidad de dirección y expansión de Barcelona en contraste con los pobres aragoneses (que salen bien malparados por cierto de las manos de los historiadores catalanistas), más tenemos que sospechar la existencia de influencias curiosamente potentes para explicar que se despojase a Cataluña de la gloria y de la fama de los hechos históricos, cuya inspiración le pertenece, a beneficio de Aragón. El conde que pasó a ser rey era, además, un Ramón que pasó a Alfonso, es decir, un príncipe que dejó el nombre catalán para adoptar un nombre aragonés recientemente importado en Aragón de León y Castilla. Así, la dinastía catalana venía a unirse con el mismo tronco de la castellana, escogiendo un patronímico típicamente central. Es verdad que este cambio y esta elección de nombre se deben a Petronila, madre de Ramón-Alfonso; pero la reina no era, ni con mucho, omnipotente, pues, bajo la inspección nominal del tutor del rey, Enrique II de Inglaterra, regían los negocios del reino hombres tan catalanes como Guillém Ramón de Montcada y Guillém de Torroja, obispo de Barcelona. ¿Cómo era posible que hombres así permitiesen un cambio tan significativo si no hubiera sido este cambio conforme con el espíritu de los tiempos?

    La fuerza que actúa bajo todos estos cambios formales es la atracción histórica de la unidad inherente a España, que tira de todas las naciones españolas hacia su centro predestinado: Castilla. Los fenómenos que pasan ante nuestros ojos se mueven con perfecta simetría hacia el centro: Asturias-León-Castilla, y por otra parte, Cataluña-Aragón-Castilla. Bajo la turbulencia y desorden de la Edad Media, y aunque dividida en una porción de pequeños principados o reinos, subsistía como una tradición la antigua España unificada por los romanos y visigodos, entidad histórica que ejercía su influencia formativa en todos los acontecimientos peninsulares. Así, la historia de España en la Edad Media, durante la cual emerge unificada gradualmente del rompecabezas de principados orientales y cristianos producidos por la invasión musulmana, viene a ser la repetición de la historia de España en la época bárbara durante la cual emerge unificada en un reinado visigodo y cristiano del rompecabezas de pequeños principados por la invasión germánica.

    La fusión de Aragón y Cataluña es, pues, un mero caso particular de un fenómeno general peninsular. Asturias y Galicia se unen separadamente con León. El reino de León, aun siendo el legítimo heredero de la unidad visigoda, acaba por unirse a la corona de Castilla. Pero aunque esta corona castellana era la más reciente, la de un advenedizo, un mero conde rebelde contra el rey de León, como el de Barcelona lo había sido contra el rey de Francia, un conde todavía más moderno que el de Barcelona, y además reinante en un país pobre, colonizador de una tierra desierta, sin mar, sin Marina, sin prestigio extranjero, sin tesoro, a pesar de todas estas desventajas de Castilla, fue León, la visigoda, la aristocrática, la rica y refinada León, la que se une a Castilla y no Castilla a León; de igual modo que fue la rica, la internacional, la marítima, comercial y civilizada Cataluña la que se une a Aragón y no Aragón a Cataluña. Y es que el advenedizo castellano tenía ante sí la perspectiva, pronto alcanzada, de conquistar la imperial ciudad de Toledo, centro de civilización medieval, depósito de la tradición visigoda, símbolo de la continuidad y de la unidad de España. Así, de igual modo que Galicia y Asturias se unen a León y luego las tres, por separado, a Castilla, de igual modo Cataluña y Valencia se unen a Aragón, y después, por separado también, a la Gran Castilla que se llamó España.

    No se trata, pues, de una mera cuestión de jerarquía, que sería pueril entre conde y rey. La verdadera razón íntima de los acontecimientos que tanto intrigan y afligen a los historiadores catalanes está en la fuerza magnética del centro de la Península, que crea una jerarquía mucho más importante que la de conde y rey, jerarquía que va ascendiendo de la periferia al centro en un proceso seguro e inflexible que culminará en el imperio centralizado en Madrid.

    Cataluña entra entonces en una fase de su historia en la que actúa como el comanditario principal de una confederación bilingüe con Aragón. Situada en la costa y hecha a las empresas extranjeras, por fuerza tenía que poseer miras más amplias que el reino interior, recién reconquistado a los moros y todavía absorbido en su constitución interna, que en Aragón, como en las demás partes de España y aun de Europa, tomaba entonces la forma de una lucha entre la corona y la nobleza. Sin embargo, no deja de exagerarse a veces este contraste, y así sucede en el párrafo antes citado. Nadie niega que la nobleza de Aragón fuese estorbo frecuente a las más altas empresas de los monarcas ni que a veces pecase por incomprensión de estas empresas; pero si esto es verdad, no es toda la verdad, ya que la incomprensión no se limitaba siempre a los aragoneses, cuya actitud no se debía tanto a su nacionalidad como a su función social; y así se ve que los reyes de Aragón encontraban a veces tantos obstáculos entre los catalanes como entre los aragoneses. Jaime I tuvo que luchar con la oposición combinada de magnates de ambas coronas. Aquí, como en otros casos, se ha utilizado con excesiva frecuencia la interpretación parcial y aventurada de hechos generales para justificar a posteriori el carácter de nación separada y progresiva que algunos historiadores catalanistas modernos se empeñan en proyectar sobre el pasado desde el presente. Este período que va del reinado de Alfonso II a la muerte de Martín I, en 1410, es el más brillante en la historia catalana. El reino produce entonces una serie de reyes activos, prácticos y aun a veces admirables. Su política les venía ya definida de los condes de Barcelona y de los reyes de Aragón. Tres avenidas se abrían ante ellos: Francia, y en particular sus tierras de habla catalana; la Península; el mar. En Francia desperdiciaron no poca energía, sobre todo Pedro I, que tomó en mano la causa de los herejes albigenses contra los ejércitos de Simón de Montfort. Pero este rey, que perdió la vida en la derrota de Muret, dejó un sucesor, Jaime el Conquistador, que supo limitar su esfuerzo por el Norte en un trato con el rey de Francia, que en reciprocidad eliminaba a éste de la escena española. A pesar de su evidente sabiduría, este acto del rey político no deja de suscitar quejas de los catalanistas más entusiastas, que miran con ojos melancólicos al mapa filológico de Cataluña más allá de los Pirineos.

    La política peninsular de los reyes de Aragón fue en general excelente. Cooperaron con bravura y lealtad para libertar a España de los moros. Pedro I, en alianza con los reyes de Castilla y Navarra, luchó en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) a la cabeza de fuerte contingente de caballeros catalanes. Jaime el Conquistador se instaló en las Baleares y conquistó Murcia; pero, en cumplimiento de promesas hechas por su casa a la de Castilla, cedió sus conquistas murcianas a Alfonso el Sabio, su yerno castellano. El gran rey de Aragón probó así la prudencia, que en los hombres fuertes es la corona del valor. Otro tanto hizo en sus relaciones con Navarra, episodio que merece citarse, porque ilustra el movimiento hacia el centro que guiaba entonces a los reinos españoles. Jaime había concertado con Sancho de Navarra en 1231 un acuerdo, por el cual cada monarca declaraba al otro heredero de sus respectivos reinos, acuerdo que tenía por objeto extender los dominios de la corona de Aragón hacia el Noroeste, pues Sancho era ya de edad avanzada. Pero a la muerte de Sancho en 1234, los navarros se negaron a aceptar al rey “extranjero”, y Jaime, con su prudencia habitual, se abstuvo de imponer sus derechos. Con su expedición a las Islas Baleares, el gran rey estableció sobre bases sólidas la política marítima de la confederación catalanoaragonesa. Con el casamiento de su hijo Pedro con la hija del rey de Sicilia preparó además nuevas perspectivas a esta política. Pedro el Grande, el rey marítimo, conquistó a Córcega, Cerdeña, Sicilia y la costa de África. Durante el reinado de su hijo Jaime II, una hueste catalana y aragonesa, al mando de Roger de Lauria, pasó a socorrer al emperador de Constantinopla y se instaló en la península griega, fundando el ducado de Atenas (1326-1388), curiosa sucursal de la civilización catalana, que después de brillar con esplendor efímero se deshizo a sí misma en guerra civil.

    Ya por entonces era Barcelona rival de Génova y de Venecia en las artes del comercio y de la navegación. La flota aragonesa era factor prominente en la lucha contra la piratería y en la colonización y comercio de las costas mediterráneas. Llevados del sentido jurídico de que habían dado prueba temprana en sus Usatges, los catalanes produjeron, bajo Jaime I, el famoso código llamado Lleys del Consolat de Mar, primer intento de codificación de leyes marítimas que hace Europa, y que, como tal, sirvió durante largo tiempo para regir la vida del mar entre todas las naciones marítimas. Florecía entretanto la cultura catalana con nombres tan ilustres como los de Francesc Eximeniç, Arnau de Vilanova y, sobre todo, Raimundo Lulio (1235-1315), el místico mallorquín, nexo entre el Oriente y el Occidente, cuya vida entera, desde su nacimiento en Mallorca hasta su martirio en Túnez, lapidado por una fanática multitud musulmana, es tan mediterránea. Este es el gran período de la expansión catalanoaragonesa, al que vuelven ojos de admiración todos los catalanistas, a la par que contemplan la fecha de 1410 con un sentimiento todavía mayor que el que inspira el año en que los condes de Barcelona se transformaron en reyes de Aragón.

    Porque en esta fecha muere Martín I sin sucesión, y la dinastía catalana de los reyes de Aragón muere con él. Las tres cortes de las tres naciones (Aragón, Cataluña y Valencia) envían delegados a Caspe para resolver el problema de la sucesión. Los catalanes prefieren a Jaime de Urgel, candidato catalán; los aragoneses a Fernando de Antequera, infante regente de Castilla. Los valencianos están divididos. La influencia de un representante eminente de Valencia, el padre Vicente Ferrer (más tarde elevado a los altares), inclina los sufragios del lado del príncipe castellano. Cataluña aceptó, y la revuelta del candidato derrotado fue sofocada con relativa facilidad por el nuevo rey. Fernando hubo de encontrar, sin embargo, en Cataluña un espíritu democrático que había de sorprenderle, pues al negarse a pagar el impuesto llamado vectigal, del que la costumbre barcelonesa no exceptuaba ni aun al rey, el Consejo de Barcelona le mandó un delegado para reivindicar los derechos de la ciudad, y el rey, con gran mortificación de su orgullo, se inclinó.

    El reinado de su sucesor, Alfonso V, transcurrió casi por entero en Nápoles, que había conquistado, fiel a la tradición catalana de expansión en Italia y de rivalidad entre el Papa y la casa de Aragón. En 1447 extendió sus territorios italianos al adquirir la herencia del ducado de Milán. De este modo el rey de Aragón llegó a ser el potentado más importante de Italia. Mas al morir dejó Nápoles a su hijo natural Ferrante, y sus coronas españolas con las islas italianas a su hermano Juan, rey de Navarra. Un conflicto de familia entre este rey Juan y su hijo don Carlos, príncipe de Viana, degeneró en guerra civil, en la cual Cataluña tomó parte del lado de don Carlos. El acuerdo de Villafranca entre los catalanes y el rey estipuló que don Carlos sería restablecido como heredero del rey, y que, entretanto se le reconocería como único gobernador de Cataluña, aun en vida de su padre. Poco después moría don Carlos, y la Diputació de Barcelona se declaraba en franca rebeldía. No figura esta historia con todo el detalle que merece en algunos libros catalanistas, quizá porque los catalanes, en el ardor de su guerra civil, al echarse a buscar conde de Barcelona para sustituir al rey de Navarra, pensasen en Enrique IV de Castilla, idea muy poco grata al catalanismo contemporáneo. Es cierto que después de la oferta a Castilla se hicieron otras a reyes extranjeros; pero el incidente es típico del hecho esencial que domina la historia catalana: que la tendencia particularista de Cataluña no se debía a un sentido de nacionalidad separada, sino que procedía meramente de un rasgo de la psicología catalana que se manifestaba ciegamente en ruptura del anillo más inmediato, que era entonces la corona de Aragón y Navarra. Las explicaciones de los nacionalistas catalanes, de ser ciertas, harían inexplicable la oferta del condado de Barcelona al rey de Castilla. Al cabo de años de una guerra inútil, el anciano rey de Navarra y Cataluña llegaron a una transición. El rey muere en 1479. Su hijo, heredero de Navarra, Aragón, Valencia, Cataluña, las Islas Baleares y las italianas, era rey de Castilla por su matrimonio con la reina Isabel. La unidad de España era completa.

    Así terminó el período de historia catalana, en el que rigen la confederación catalanoaragonesa reyes de la dinastía de Castilla. Cataluña, si fuera cierta la teoría nacionalista, habría mostrado en este período signos de decadencia al ser gobernada por reyes extranjeros incapaces de comprenderla. Pero es el caso que este período ve el auge de la civilización catalana y de su literatura. La Universidad de Lérida data de la época precedente (1300); pero la de Valencia nace en 1441, y la de Barcelona en 1450. Cataluña, o más exactamente Valencia, da entonces el más alto poeta de su lengua con Auxias March (1397-1459); así como su más alto prosista con Roiç de Corella (1430-1500); asimismo, o mejor dicho, también Valencia produce un libro de caballería, Tirant lo Blanch, que Cervantes hará famoso; Bernat Metge escribe entonces Lo Somni y pinta el gran Dalmau. Época de indudable vitalidad literaria y artística, si no precisamente de esplendor, al que en letras y artes no alcanzó nunca Cataluña en grado comparable a Castilla o a las otras naciones europeas. Y sin embargo, los autores catalanes que nos hablan de decadencia no yerran del todo. Porque esta época inicia la penetración del castellano en Cataluña, no ciertamente por medida legislativa o política, sino por la mera fuerza natural de la cultura castellana y por las cualidades intrínsecas del castellano, que empezaban ya a hacerse sentir en la práctica. Antes de Boscán, los poetas catalanes de la Corte de Alfonso V en Nápoles escribían en castellano. Algo más tarde es el castellano, cuando no el latín, la lengua de Luis Vives, el gran filósofo de Valencia, que, con Erasmo y Bude, dirige el renacimiento en Europa.

    Con Fernando de Aragón, Cataluña entra en la unidad de España. Hay desde luego, todavía en esta unidad, numerosas fronteras internas. Suele citarse aquí que Castilla no permitió a los catalanes el comercio con las Indias descubiertas por Colón; pero este hecho no aparece siempre con la interpretación que le es propia. La exclusión, que no carecía de causas plausibles, tales como el temor a aumentar inútilmente los peligros de las flotas al pasar el Mediterráneo, infestado de piratas, no diferenciaba sólo a los catalanes, sino que se extendía a todos los súbditos de la corona de Aragón. No se aplicó nunca y quedó abrogada en 1596. La distinción así hecha entre los españoles que descubrieron la América y los que no la descubrieron es la última que respeta los dos grupos entonces aliados; de un lado los países de la corona de Aragón, de otro los de la corona de Castilla. España seguirá siendo durante siglos una federación de reinos distintos; pero los reinos de Valencia, Aragón y Cataluña aparecerán en adelante unidos a la corona de España directamente y sin pasar como un lazo intermediario por la federación aragonesa.

    ¿Qué había ocurrido? Sencillamente, que el pueblo, situado históricamente para hacer la unidad, había absorbido en esta unidad superior a un grupo de tres pueblos: Cataluña, Valencia y Aragón que, a pesar de una larga unión personal, no habían conseguido unificarse constitucionalmente.

    Sigue entonces un período en el que España, en conjunto, asciende a la cima del poder mundial, mientras el condado de Cataluña ve desaparecer su prosperidad de antaño. Esta coincidencia de dos movimientos contrarios no es casual. Hay hechos evidentes que atraen la atención, sobre todo la prohibición arriba apuntada de comerciar con las Indias. Pero ¿por qué había de bastar este hecho para detener la prosperidad catalana? La monarquía española prohibió con no menor severidad el comercio de las Indias con Flandes y con Francia, y, sin embargo, estos países acumularon grandes riquezas gracias al descubrimiento de América, no sólo por medios ilícitos, sino adaptándose hábilmente a la situación. Dígase más bien objetivamente que el descubrimiento de América desorganizó la vieja economía del Mediterráneo sobre que se fundaba la vida catalana, y que Barcelona padeció con ello como los demás puertos del Mediterráneo.

    Pero el hecho importante, aunque generalmente olvidado, es que la nación catalana no supo darse cuenta de la ocasión que brindaba a su actividad esta íntima relación política con el imperio más vasto que la historia ha conocido. Llegaba la era de la navegación, y los catalanes eran grandes navegantes. Llegaba la era del comercio, y los catalanes eran grandes comerciantes de España. Llegaba la era de la gran política, y ¿dónde estaban los estadistas catalanes?

    Porque, al fin y al cabo, no gobernaba a España el rey sólo, aun cuando este rey era un Carlos V o un Felipe II. Gobernaban a España hombres, eclesiásticos y letrados en su mayoría, soldados y nobles. Dos de los secretarios más influyentes del reinado de Felipe II, Gonzalo Pérez y su famoso hijo Antonio, fueron aragoneses. Si los aragoneses podían encumbrarse hasta gobernar el imperio, ¿por qué no los catalanes? Si los catalanes eran entonces lo que algunos catalanistas dicen son hoy, los más progresivos, ilustrados y europeos de la Península, ¿por qué no dirigieron los destinos del inmenso imperio en lugar de contemplar, en desesperada pasividad, la decadencia del antiguo esplendor de su tierra? La situación provoca un paralelo con Escocia: primero, nación independiente, tan independiente y tan importante históricamente como Cataluña, si no más; luego, después de la unión con Inglaterra, poderoso elemento de actividad en el Imperio británico, madre fértil de estadistas y capitanes de industrias, omnipresentes, no en la pequeña Escocia sólo, sino en toda la Gran Bretaña y sus dominios y colonias. Es verdad que Cataluña se opuso a todas las tentativas que hizo la corona para limitar sus libertades, dicho sea con las reservas que más adelante se apuntarán. Tanto Felipe II como Felipe III pusieron especial cuidado en no forzar la extensión de instituciones castellanas en Cataluña. Felipe IV, mal aconsejado por Olivares, provocó una rebelión que puso de manifiesto las tendencias típicas del separatismo catalán. Causaron esta rebelión disgustos producidos por motivos varios: impuestos, la presencia de tropas no catalanas de paso por Cataluña hacia campañas extranjeras y su mala conducta en el país; el nombramiento de no catalanes a puestos administrativos en Cataluña; intrigas francesas para recobrar el Rosellón; la actitud personal dominante de Olivares y su tendencia centralista; y, por último, el temor de los campesinos catalanes, devotos de su religión, a que las tropas extranjeras les corrompiesen la fe. Esta rebelión de 1640, que se ha querido presentar como catalanista, gritaba: “Visca la Iglesia; visca’l rey y muyra lo mal govern.” Iglesia y rey eran las banderas de estos catalanes “rebeldes”. El rey nombró un virrey catalán, el duque de Cardona; pero las autoridades de Barcelona se habían entendido ya con Richelieu, y mientras Olivares se preparaba secretamente a abolir la autonomía catalana, Barcelona pensaba en la República, es decir, pensaba en términos de medievalismo italiano, mientras Olivares pensaba en términos de nacionalismo siglo XX. Así se cruzaban entonces dos corrientes históricas. Pero el hecho dominante y permanente de la vida catalana, que o ha de ser española o ha de ser francesa, indujo a las autoridades de la ciudad a reconocer la soberanía de Luis XIII. Guerra larga y desastrosa, que duró hasta 1652, sin contar algunos años más de desórdenes endémicos, a cuyo final Felipe IV, aunque victorioso, respetó las libertades catalanas.

    La verdadera crisis de la libertad catalana tiene lugar más tarde. La rebelión del reinado de Felipe IV no difiere esencialmente de otros movimientos que se dan en la misma época en otras partes de España: en Aragón, donde conspira el duque de Hijar para formar un reino aparte; en Andalucía, donde el duque de Medina-Sidonia intenta hacerse un reino propio mientras su aliado, el marqués de Ayamonte, trata de establecer una República; en Vasconia, que se alza en defensa de sus fueros. En cambio, la rebelión de principios del XVIII es típicamente catalana. Cataluña, o mejor dicho Barcelona, toma parte en la guerra de sucesión con una política propia y ensancha la esfera de sus esfuerzos internacionales buscando una forma republicana.

    Cataluña había sido el apoyo más firme del archiduque Carlos contra Felipe de Borbón; pero el pretendiente la había abandonado a su pesar al asumir la corona imperial. Al discutirse la liquidación de la guerra de Utrecht, los catalanes tenían esperanzas de que por presión del emperador y de Inglaterra se estipularía en el tratado el respeto a sus fueros. Las instrucciones de Bolingbroke, sin embargo, se inspiraban en la idea de que la libertad de Cataluña no interesaba a Inglaterra, hecho evidente, ya que Cataluña está al este de España en el rincón norte del Mediterráneo, mientras que la libertad de Portugal, como veremos más adelante, es ya cosa muy distinta, por estar Portugal en el Atlántico. Todo lo que Inglaterra pedía en favor de los catalanes era la amnistía, arguyendo –con ese sentido común que había de aplicar, pasado el tiempo, a sus vecinos del Norte, los escoceses– que los catalanes sacarían más provecho de la unión y consiguiente participación en los privilegios comerciales de los españoles en América que estableciéndose por separado. El emperador pidió que Cataluña se declarase República independiente bajo la protección de los aliados, y en particular de Inglaterra (cuya vocación para servir de dueña a naciones doncellas era ya excelente en todo el universo mundo); pero Inglaterra rechazó modestamente el honor que se le hacía, ofreciendo al propio tiempo su flota para que la emperatriz de Alemania (que, como reina pretendiente de España, se había quedado en Barcelona) evacuase su reino interino con dignidad. El Tratado firmado en marzo de 1713 en Utrecht dejaba intacta la cuestión de los fueros catalanes, defecto que dos de los delegados del emperador no quisieron percibir, mas que impidió el tercero firmarlo. Este defensor intransigente de los derechos catalanes era un noble castellano. Los artículos generales del tratado tampoco dieron nada a los catalanes. En el artículo 13, Felipe V les concedía privilegios iguales a los que gozaban los castellanos. Mientras tanto, ocupaban a Cataluña las tropas imperiales. Starhemberg, el “virrey” del emperador, decidió desaparecer discretamente, abandonando así a sus aliados, que quedaron a merced de Felipe, el rey francés nacido y educado en un absolutismo que España no había conocido nunca. Los nobles y eclesiásticos de Barcelona se inclinaban a una transacción; el pueblo, no obstante, votó la guerra, a cuya resolución se adaptaron los nobles. Esto, en Barcelona, pues Cataluña permaneció pasiva. Volvió a discutirse el tema de las libertades catalanas en las negociaciones de Rastatt, mientras combatían las armas de Barcelona contra las tropas reales. Discutióse el asunto también en la Cámara de los Lores en sentido favorable a los catalanes. Pero Felipe V se mantuvo firme y Barcelona, sitiada, se rindió en septiembre de 1714. En el mismo mes perecieron a mano airada del rey varias instituciones catalanas (el Consejo de Ciento, la Diputación general); y el decreto de Nueva Planta (1716) suprimió el uso del catalán de los Tribunales, así como otros fueros de Cataluña. Las Cortes catalanas habían ya perdido su individualidad por fusión con las generales del reino. No era todo venganza en esta política. Felipe V y sus consejeros franceses se proponían la unificación del reino según el modelo francés. Las libertades de Aragón, Valencia, Galicia y, en parte Vasconia, habían desaparecido ya, al menos en cuanto implicaban diferencias con la constitución que regía a Castilla. Al fin y al cabo, Cataluña experimentaba a manos de Felipe V la suerte que le hubiera cabido de haber triunfado sus propias tendencias separatistas, puesto que este éxito hubiera significado en la práctica escapar de la sartén española para caer en el fuego francés. La historia de Cataluña no renace hasta el siglo XIX, que convendrá examinar aparte.

    ¿A qué conclusión nos lleva este rápido estudio? La pretensión de Cataluña de poseer un tipo que la distingue del resto de los reinos peninsulares queda bien establecida y probada. Este tipo se manifiesta en la empresa, la guerra, la legislación, el comercio, el arte, la literatura, la vida general. Cataluña es un espíritu nacional definido, una cultura, un civilización con características propias que se reconocen a primera vista. La pretensión de establecer esta cultura y este espíritu nacional como una nación “latina” de la jerarquía de Francia o de Italia, intrínsecamente independiente de España, una nación cuyo desarrollo se habría frustrado por su unión con la española, nos parece refutada de la manera más clara por la historia. En historia, como en psicología, nuestra conclusión es la misma: Cataluña es una de las naciones españolas profundamente unida por la naturaleza y por la historia, como lo está por la geografía y la economía con las demás naciones de la Península. Hemos hallado un Estado medieval, la ciudad de Barcelona, activo y vigoroso desde el año 1000 al 1172; Ciudad-Estado comparable a ciertas Repúblicas italianas y, en particular, a la marítima y comercial Venecia, pero evidentemente sin pretensión seria a competir en importancia histórica con la República veneciana. Puede incluso discutirse si la importancia del Estado barcelonés medieval es comparable con naciones hoy absorbidas, un día potentes, como Escocia, Borgoña o aun Saboya. Pero aun si se admitiese, lo que puede hacerse sin caer en ningún absurdo, que Cataluña fuera un tipo de nación de importancia europea análoga a la de Escocia, Borgoña, Saboya o Venecia, la conclusión separatista de algunos catalanes contemporáneos resultaría todavía más absurda, vista la evolución histórica que ha absorbido totalmente estas cuatro naciones un tiempo independientes, integrándolas en unidades históricas más altas y amplias, que de este modo han desarrollado y aumentado su significación histórica para la Humanidad. Hallamos que este Estado de Barcelona o Cataluña siguió una evolución semejante a la de las naciones citadas; uniéndose primero al reino de Aragón, luego al de Castilla, es decir, buscando con una especie de instinto histórico la realización de sus destinos españoles como buscó Escocia la de sus destinos británicos. En la confederación catalanoaragonesa, y precisamente cuando era conocida en todo el mundo con el nombre de Aragón, alcanza Cataluña su máximo esplendor, no ya condado de Barcelona, sino nación claramente española inseparable de Aragón.

    Entonces, y precisamente, regida por una dinastía castellana, llega Cataluña al ápice de su cultura. Pero de esta cultura dice un escritor inglés contemporáneo:

    “Sus obras (las de Vives), cuando no en latín, están en castellano, y las de Llull, Eximèniç, Roïç de Corella y otros debieron su vasta circulación a las traducciones castellanas, y a veces francesas en que se difundieron por Europa. La literatura catalana antigua es estrictamente medieval. Nunca se adaptó al espíritu del Renacimiento y permaneció sometida a las antiguas formas provenzales cuando la corriente del gusto general se dirigía en sentido muy diferente. Su muerte se debió más a inanición que a causas políticas, pues si bien Cataluña vio quebrantado su prestigio al unirse con Castilla, su independencia nacional no perece hasta 1714, después de las guerras de sucesión” (1).

    Y es que Cataluña era una creación medieval, y por consiguiente, como entidad separada, murió con la Edad Media. En el período imperial de España, Cataluña permanece absorbida a pesar de los sufrimientos que le impone el descubrimiento de América. El lenguaje catalán, único rasgo específico de la región, muere como lengua de cultura a principios del siglo XVI. Cataluña defiende sus libertades contra el rey, como las defienden otras partes de España, si bien con un estímulo de conciencia nacional que recuerda sus tendencias hacia la forma republicana. Pero su cultura es entonces castellana, como su lenguaje.

    Observamos, pues, en la historia de Cataluña una conciencia nacional que se manifiesta más bien de modo particularista y negativo que cooperador y positivo. Es natural que el fuerte individualismo de los catalanes, más fuerte, como hemos visto, que el de sus coespañoles, se manifestase en la esfera nacional, dando a Cataluña cierto impulso egotista y centrífugo. Su historia prueba qué desorientada se encontró en política extranjera en cuanto intentó resistirse a la única ley natural histórica que gobierna su vida. Tan pronto buscó apoyo en Francia, como en el emperador, como en Inglaterra. Pero era evidente a priori, y así lo demostraron los acontecimientos, que de todas estas naciones sólo Francia estaba en situación de auxiliarla, mas no en ventaja suya, pues la ayuda de Francia implicaba la absorción de toda Cataluña, o por lo menos, la pérdida de aquella parte de lo que consideraba suyo, que se extiende al norte de los Pirineos. La fase de nacionalismo negativo de Cataluña es consecuencia natural de su psicología española. Vamos a ver que su renacimiento en el siglo XIX y en el XX se manifestará todavía con caracteres de nacionalismo negativo antes de que alguno de sus hijos más esclarecidos le creen una filosofía política digna de una nación de pasado tan glorioso y de tan espléndido porvenir.

    Notas

    (1) A Picture of Modern Spain, by J. B. Trend.

    © 1930. 1978. Salvador de Madariaga Rojo, en “ESPAÑA. Ensayo de Historia Contemporánea”, Madrid, Espasa-Calpe, 12ª edición, Libro primero, págs.155-170.

  10. Botarate - Jueves, 26 de noviembre de 2009 a las 21:40

    XVI. LA CUESTIÓN CATALANA
    por Salvador de Madariaga

    III. Orígenes de la situación actual

    A principios del siglo XIX, el espíritu nacional en Cataluña está muerto. Hablan su lengua los campesinos analfabetos, y una innoble corrupción de ella el populacho de las ciudades. Los periódicos, que bajo la breve ocupación francesa de 1810 tuvieron que publicarse en catalán por orden del invasor, retornan al castellano a fin de hallar lectores en cuanto se van los franceses. El Gobierno español, ya bajo la inspiración, si liberal, dogmática y centralista de las Cortes de Cádiz, ya bajo la inspiración absolutista de la corona, completa la labor iniciada por Felipe V, privando a Cataluña de sus libertades olvidadas y mohosas. Resuenan en el siglo XIX los martillazos que da el Gobierno clavando clavo tras clavo sobre el féretro de Cataluña; su Código penal queda abolido en 1822; el uso del catalán en las escuelas, en 1825; el Código de comercio, en 1829; sus Tribunales, en 1834; su moneda, en 1837; su administración regional, en 1845. Martillazo tras martillazo. El cuerpo de Cataluña quedaba aprisionado bajo la tapa –pero el espíritu es libre–. Y en aquel mismo momento Cataluña resucitaba.

    Hállanse ya oscuros esfuerzos a fines del siglo anterior. Existe una Asociación creada con el propósito de hablar catalán entre sus miembros; signo a la vez de la nueva vitalidad y de la flaqueza ambiente. Otros síntomas se presentaban de aquí y de allá a los ojos del espectador avisado. Pero el momento dramático no llega hasta el 1833, año en que un catalán empleado de Banco, residente en Madrid, deseando celebrar el santo de su patrón, concibió la idea de escribir una oda a la patria en el lenguaje catalán. Este poema de Aribau se publicó en un periódico de Barcelona, que respondía al nombre, entonces romántico, de El vapor, periódico progresivo, como su nombre indicaba, que con la revista El europeo, ambos, desde luego, escritos en castellano, eran los órganos de los románticos catalanes. Todos estos románticos soñaban con una renaixença de la cultura catalana, pero ninguno, con la única excepción de Rubió y Ors, se atrevía a creer posible salvar la lengua elevándola del arroyo popular en que se pudría. Esta labor heroica la hizo Rubió y Ors solo. La historia tiene sorpresas extrañas, y este hombre, que al dar al catalán una distinción nueva, por razones puramente intelectuales, hizo más que ningún otro para poner en movimiento el renacimiento político del nacionalismo catalán, no tomó nunca parte alguna en este movimiento político ni es seguro que lo aprobase. En 1859, el Ayuntamiento de Barcelona restauró los juegos florales en catalán. Dicen en Francia que todo allí termina en canciones. En Cataluña todo empieza con poesía, y la experiencia prueba que esta costumbre tiene mucho de bueno. La Prensa catalana comenzó su carrera pocos años más tarde, representada con adecuada modestia por Un Troç de Paper, al que sigue pronto la revista literaria Lo Gay Saber. También por entonces comienza el teatro catalán con las obras de Federico Soler.

    Así se preparaba el nacionalismo político. La primera manifestación de una forma local de aspiración a la libertad viene a ser el federalismo de Pi y Margall. Las opiniones federales de Pi eran un tanto teóricas. Según él, la variedad de las formas regionales de España requería cierta autonomía, y como catalán se había contentado con esta fórmula. Concebía la vida política como una jerarquía de pactos, entre individuos formando la ciudad, entre ciudades formando la región, entre regiones formando la nación. Pi organizó el partido republicano federal español. Uno de sus secuaces, Almirall, echó las bases del catalanismo republicano al publicar, en 1886, Lo Catalanisme, doctrina que le separa de Pi y Margall, porque según el autor de Lo Catalanisme, Pi era demasiado teórico y concebía el catalanismo no en sí, sino como una mera consecuencia del problema constitucional de España. Almirall era, además, hombre de la izquierda y puede considerarse como el fundador de la Izquierda Catalanista. Simétricamente el eminente obispo de Vich, Torras y Bages, con su Tradición Catalana, vino a ser el jefe de la Derecha Catalanista. (Esta simetría, izquierda republicana y derecha liberal, es indispensable en la política española. Este es el primero de una larga serie de rasgos típicamente españoles que hemos de observar en el catalanismo.)

    Hasta ahora, el catalanismo nacido en la poesía se mueve todavía en el dominio del intelectualismo puro, con Almirall y Torras y Bages. Ambos autores intentaron definir la personalidad de Cataluña en el conjunto de España. Si difieren es porque, para el uno, Cataluña significa progreso, libre pensamiento y democracia, mientras que para el otro, Cataluña significa fe, orden y, sobre todo, tradición. Pero ni el uno ni el otro han visto claramente a Cataluña como una nación.

    Esta nueva fase estaba reservada para el maestro y jefe del nacionalismo catalán, Enrique Prat de la Riba. Era un pensador noble y poseía más dotes de estadista que ningún otro prohombre de la vida catalana, con la única excepción de su discípulo y heredero político, Francisco Cambó. Prat vio que la Cataluña medieval no podía resucitar como si no hubiese ocurrido nada desde 1492; se daba cuenta no sólo de que no es posible descuartizar a España para satisfacer a unos cuantos filósofos, sino también de que Cataluña no podía revolucionar toda su vida a fin de adaptarse a una concepción política nueva por muy agradable que ésta fuese a su imaginación histórica. Veía las cosas en grande –no sólo como catalán, sino como español–. Su ideal para Cataluña era una federación de los países de habla catalana: Valencia, las Baleares y Cataluña; y no siempre omitía los territorios catalanes de la República francesa, pues había en él ese elemento de imaginación romántica que se halla casi siempre en los catalanes, aun en los más prácticos y positivos. Para España, su ideal era una federación ibérica, que incluyese a la federación catalana, a Castilla y a Portugal. Era el jefe intelectual indiscutido del catalanismo, que con su muerte prematura sufrió uno de sus golpes más sensibles.

    Toda esta rápida evolución que va de la extinción aparente a un vigoroso renacimiento tuvo lugar en el plano del pensamiento. No ha dejado de manejarse este hecho como argumento para quitar importancia a la renaixença por parte de aquellos para quienes el pensamiento no tiene significación. Ciertos defectos específicos del pensamiento catalán, y en particular su tendencia a olvidar las realidades, han podido prestar autoridad y peso a tan miope y cínica opinión. El pensamiento es la flor de la vida de hombres y naciones, y nadie que sea a la par inteligente y bien nacido puede contemplar sin respeto y admiración esta maravillosa recreación de un espíritu nacional conseguido por la fe, la abnegación y el talento de un puñado de hombres. Inserta aquí, después de tantas páginas –quizá demasiadas– dedicadas a un severo escrutinio de los argumentos de los pensadores catalanes, esta afirmación vale como espontáneo homenaje a la esencia de las pretensiones catalanas, sea cualquiera el valor que se conceda a los argumentos históricos y psicológicos con los que se suele apoyar. A nuestro parecer, Cataluña es una nación, si bien una nación española. Posee espíritu propio con pleno derecho a manifestarse en su genio y cultura y a gozar libremente su propia vida. El que deba su renacimiento a un corto número de sus hijos es tan sólo una prueba de que el espíritu que ellos evocaron no había muerto, sino que dormía, dispuesto, no obstante, a flotar otra vez sobre las aguas de la historia. Vamos a seguir ahora sus primeros movimientos, algún tanto inhábiles, cuando se dispone a bajar de las alturas del idealismo a las agitadas planicies de la política.

    Pero al acercarnos a la práctica, los principios políticos ven desmoronarse un orden y simetría. De hecho, Cataluña es parte de España y siente en su cuerpo político la circulación de la sangre nacional, que es no sólo suya, sino de toda España. Ahora bien, la política de Cataluña está dominada por lo menos por tres movimientos de importancia equivalente: el nacionalista, con su reacción antagonista, que es el centralismo, no sólo en Castilla, sino también en Cataluña; el movimiento obrero, y el movimiento de los intereses económicos.

    Ya hemos visto en capítulos anteriores las líneas generales de los movimientos obrero y nacionalista. El problema de los intereses económicos es muy complejo. Los escritores centralistas, ya castellanos como catalanes, insisten en la solidaridad económica que liga a Cataluña al resto de la Península. Esta solidaridad es evidente, y sus consecuencias son de la mayor importancia. Mas se han perjudicado mucho las buenas relaciones entre Madrid y Barcelona presentando esta idea como si la unión de intereses fuese ventajosa sólo para Cataluña. Bien es verdad que los catalanes fueron los primeros y son los más persistentes abogados del excesivo proteccionismo que impedía a España sacar todo el partido posible de su excelente base económica y de su fuerte reserva de oro. También es verdad que, hasta cierto punto, el proteccionismo catalán tenía por objeto permitir que la industria de Cataluña produjera en las condiciones ineconómicas que dictaba el excesivo individualismo catalán. No faltaba, pues, fundamento a los centralistas que argüían que España, considerada en conjunto, tenía que pagar con sus tarifas excesivas lo que le costaba el individualismo catalán y la indisciplina industrial que es su consecuencia. Pero los catalanes pueden oponer a esta argumentación que si les permitiesen importar alimentos extranjeros en lugar de obligarles a comprar trigo y carne peninsulares, transportados a través del país más montuoso de Europa, podrían producir más barato. A lo que, desde luego, el agricultor castellano redargüiría que mal puede producir grano barato cuando tiene que comprarles el paño a los catalanes y las herramientas a los vascos a precios fantásticos.

    Para dirimir esta contienda, volvamos del revés un dicho de Francia: cuando todo el mundo tiene razón, todo el mundo está en el error. La opinión sensata concluye que la vida económica de España se movía en el círculo vicioso –o mejor, en la espiral viciosa– en que la protección encierra a las naciones que no saben aplicarla con moderación, limitándola en el tiempo y a las industrias a las que es indispensable. ¿Quién empezó: el agricultor o el fabricante? Además, no se trata de una mera cuestión de tarifas. Maquinaria anticuada, obreros que se resisten a sacrificar a la ganancia comodidades y ocio, leyes agrarias defectuosas, patronos de una dureza innecesaria –un nudo intrincado de circunstancias, unas que pueden pasar por cualidades, otras indudables defectos, se oponen al progreso de la producción española–. De aquí la protección. Las influencias políticas explican la sobreprotección. Y ya en este terreno es difícil atribuir razón o sinrazón a unos o a otros. No seguiremos aquí la opinión castellana que carga a los catalanes la responsabilidad del proteccionismo pese a la tentación de textos tan autorizados como el siguiente de Prat de la Riba (1): “El criteri economic dels catalans en les qüestions aranzelàries fa anys que ha triomfat.” Ni siquiera aceptaremos la opinión de que Cataluña sacaba más partido de la situación que el resto de España. Nos limitaremos a un terreno más moderado, pero inexpugnable: que el argumento económico establece sin la menor duda la solidaridad más íntima entre Cataluña y el resto de España.

    En cuanto al aspecto político de la economía, iremos un poco más lejos. Es evidente para todo observador de la historia contemporánea española que el sector catalán de la política ha prestado siempre la mayor atención a los problemas arancelarios y que casi siempre ha conseguido hacer triunfar sus puntos de vista en estas materias. Las palabras de Prat de la Riba que quedan citadas bastarían para demostrar este aserto. No faltan críticos que atribuyan al catalanismo una tendencia a negociar vendiendo exigencias políticas contra favores arancelarios. La política es un arte complicado, y sería difícil a los catalanes negar que tales operaciones hayan ocurrido jamás. Antes al contrario, los catalanistas intelectuales más desinteresados no han ocultado en sus escritos el sentimiento que les produce esta tendencia. Pero sería error profundo imaginarse por ello que los Jefes del movimiento catalán lo han considerado como un mero fantasma para extraer ventajas económicas de los Gobiernos de Madrid. No. El catalanismo es una fe espiritual profunda, sincera y potentemente sentida. Y en cuanto es una de las pocas emociones reales que laten en la vida pública española, será, a no dudarlo, uno de los factores más fecundos en el renacimiento político de toda la Península.

    La emoción nacionalista se halla, pues, moderada, hasta cierto punto regida y hecha práctica, por el sentido comercial de los catalanes. Por otra parte, viene a complicarla el dualismo que aflige a Cataluña, como al resto del país, en materia religiosa. Clericales y anticlericales, católicos y librepensadores, derechas e izquierdas, pesimistas y optimistas, reaccionarios y liberales, hombres que añoran el absolutismo y hombres que aspiran a la República: tal es la línea divisoria que corta, de parte a parte, el catalanismo, cruzándolo exactamente como cruza todas las demás formas de la vida pública peninsular. Ya sabemos que en el plano de la teoría catalanista las dos escuelas están representadas, respectivamente, por monseñor Torras y Bages y por Almirall. La división explica buen número de fenómenos complejos y aun oscuros de la política catalana, ya que estos antagonistas políticos, sencillos por lo general, pierden claridad y se hacen turbios y borrosos en presencia del nacionalismo, especie de “cuestión previa” que al forzar a una unión sagrada reprime los demás antagonismos, falseando así sus manifestaciones. Como si no bastase esta complicación, el movimiento obrero profesó durante largo tiempo indiferencia hacia los problemas nacionalistas, orientándose sólo hacia las luchas de clase y económicas, mientras que todo el proceso del catalanismo se hallaba dominado por un fermento de individualismo y por la tendencia intransigente a la dispersión, típica de la psicología catalana.

    Históricamente, el movimiento político procede del federalismo. La primera fase del nacionalismo catalán tiene por jefe a Valentín Almirall, cuyo primer periódico (1869), escrito en castellano, llevaba el título significativo de El Estado Catalán. Así, desde su aparición, revelaba el movimiento su voluntad de ser, aun antes de haberse forjado el instrumento indispensable para su existencia –una lengua catalana capaz de vida política–. Pero, en 1879, Almirall funda el Diari Català, y en 1882 crea la primera institución catalanista fuerte, el Centre Català, hogar expreso del catalanismo sin distinción de ideas políticas sobre otras cuestiones. Esta primera tentativa para unir a los catalanes exclusivamente en el terreno de su nacionalismo fracasó, y los elementos moderados de la Asociación (moderados no precisamente en cuanto a catalanismo, sino con relación a la línea de derechas-izquierdas) se escindieron, fundando la Lliga de Catalunya (1887) y el periódico La Renaixença. La Lliga terminó por ser el órgano más importante del catalanismo. El aspecto dramático no podía faltar a un movimiento de mediterráneos, algunos de los cuales, como Guimerà, eran excelentes dramaturgos; en 1885 Almirall presentó al rey la Memoria en defensa de los intereses morales y materiales de Cataluña que, detalle típico, surgió a consecuencia de las negociaciones, entonces iniciadas, para concluir acuerdos comerciales con Francia e Inglaterra, así como de la tentativa del Gobierno para uniformar el Derecho civil en la Península. En 1888 la Lliga presentó un mensaje a la reina Regente con ocasión de su visita a la Exposición de Barcelona en cuya ceremonia Menéndez y Pelayo pronunció un discurso ante su majestad elogiando la belleza y la gloria de la lengua catalana. El movimiento fue adquiriendo fuerza, hasta llegar a organizar la Asamblea de Manresa (1892), que redactó un programa de exigencias catalanas, famoso en los anales de la política española, con el nombre de Las Bases de Manresa.

    No es tarea fácil la de valorar este documento. Sería injusto tacharlo de reaccionario, puesto que tendía a conquistar para todo un pueblo la libertad de evolución según su propia ley vital. Y, sin embargo, la filosofía política que lo inspira no es precisamente liberal. Es más bien la filosofía del nacionalismo, para la cual los derechos y el bienestar de los meros individuos parecen tener menos importancia que los de la colectividad nacional. Las Bases de Manresa propugnaban una organización de España a base federal que permitiese a Cataluña pleno dominio en su administración interna, incluso la moneda y las modalidades de su cooperación en la defensa nacional, reservando al Gobierno federal lo concerniente a más de una región: la defensa nacional, las relaciones exteriores, las aduanas y las comunicaciones entre regiones. Este documento refleja el “particularismo” que con Almirall pasa de lo subconsciente (donde lo hemos hallado nosotros) al plano de la teoría política, hasta el punto de excluir a los no catalanes de todo cargo público en Cataluña, aun de aquellos dependientes del Gobierno federal. Siguieron a la Asamblea de Manresa las de Reus (1893), Balaguer (1894), Olot (1895), todas las cuales discutieron programas de acción o cuestiones teóricas relacionadas con tales programas, sin preocuparse ni un instante de la posibilidad, entonces nula, de aplicar sus programas y teorías. Tal procedimiento puede parecer extraño a países o personas del tipo práctico y positivo y, sin embargo, este método se inspiraba quizá en una sabiduría instintiva y, en todo caso, poseía un valor que no cabe negarle como proceso de educación directa.

    Dos series de acontecimientos vinieron a agitar profundamente la evolución del catalanismo. El primero fue la ola de terrorismo que sumergió a Barcelona en el caos entre el año 1892, fecha del atentado contra Martínez Campos, y los desórdenes de Montjuich (1896). Este período constituye el primero de una serie de crisis de anarquismo que afligieron a Barcelona bajo el imperio de fuerzas oscuras, a veces a la cabeza del obrerismo catalán, y con más frecuencia ocultas a su sombra. Simultáneamente, la situación iba de mal en peor en Cuba, y se hacía cada vez más evidente que España caminaba a la catástrofe en ultramar. Al cerrar este capítulo de la Historia de España el tratado de París, el catalanismo recibió potente estímulo típicamente particularista. Citamos aquí al noble, aunque estrecho, definidor de su doctrina, señor Rovira y Virgili (2): “Aquel movimiento general de protesta llevó hacia las soluciones descentralizadoras o regionalistas un gran número de elementos, especialmente industriales y comerciantes, que en realidad carecían de espíritu catalanista. Esta fue la causa de la gran fuerza que adquirió súbitamente el catalanismo en los últimos años del pasado siglo, y esta fue también la causa de la debilidad interna de aquel movimiento.” Este movimiento coincidió con la primera tentativa de Madrid para conciliar las aspiraciones de Cataluña, tentativa hecha por el Gabinete que presidía Silvela, y que inspiraba en estas materias al menos, el general Polavieja. Este señor, al regresar derrotado de las Islas Filipinas, quiso emular a tantos colegas suyos que en la Historia de España habían sentido la vocación de salvadores del país, función para la cual carecía de casi todas las cualidades necesarias, incluso la inteligencia. Castilla, a quien habían “salvado” ya tantos generales derrotados, observaba en silencio la nueva faena; pero Cataluña, con este optimismo siempre renaciente del sol mediterráneo, dio crédito al “general cristiano”, pues tal era el nombre con que sus admiradores clericales lo habían adornado. El fracaso vino por ambos lados. El programa Polavieja halló fuerte oposición en la reacción centralista de Madrid, y los catalanes, a su vez, protestaron contra las medidas de sabia política que Villaverde adoptaba entonces para salvar a España de la difícil situación financiera consecuencia de la guerra. Caso típico de la historia contemporánea de Cataluña. Error por ambas partes: intransigencia e imperiosidad en Madrid contra una política liberal y razonable para Cataluña; imperiosidad e intransigencia en Cataluña contra una política financiera y económica, razonable para toda España.

    Nuevos jefes con nuevas ideas surgen casi exactamente con la nueva centuria, y fiel, aun en este detalle, a la ley de los acontecimientos contemporáneos españoles, Cataluña ve cambiar radicalmente su historia moderna hacia el año 1900. En 1901 las dos organizaciones, el Centre Nacional Català (nacionalista) y la Unió Regionalista, aliadas, ganan una victoria famosa en las elecciones, y se fusionan poco después con el nombre de Lliga Regionalista. El jefe de la nueva organización era Prat de la Riba, y a su lado aparece entonces por primera vez en la política catalana el que había de ser su sucesor, Francisco Cambó. Pero el cambio no estaba claro. En Cataluña, sobre todo en Barcelona, existía una masa de opinión izquierdista formada por radicales, anticlericales, y republicanos, para quienes estas ideas, independientes de todo nacionalismo, eran más importantes que la cuestión catalana. A la cabeza de esta masa política vino a ponerse don Alejandro Lerroux, que la llevó a una victoria notable en las elecciones de 1903, derrotando a los nacionalistas. Como este resultado se celebró en las filas de los centralistas monárquicos como un triunfo, a pesar de que implicaba la derrota de sus propios partidarios, pues los diputados elegidos eran todos republicanos, el catalanismo ha sospechado siempre a Lerroux de concomitancia con la política centralista.

    Desde aquel momento hasta el presente el movimiento catalán se manifiesta tan íntimamente unido a la trama de los demás acontecimientos de este período, que es imposible tratarlo por separado. Quede, pues, para más adelante la discusión de su posible evolución futura y de la solución por la que convendría abogasen los buenos españoles de ambos lados. Pero cabe, desde luego, afirmar aquí que la historia del nacionalismo catalán en el siglo XIX y en lo que va del XX confirma que se trata de un fenómeno muy español, demasiado español. ¿Por qué resurge precisamente en esta época? Porque precisamente entonces despierta toda España a un nuevo sentido de nacionalidad, y era por consiguiente natural que al despertar Cataluña despertase como Cataluña. Los obstáculos más graves para la solución del problema proceden, precisamente, del fuerte españolismo del carácter catalán. Españoles instalados en el Mediterráneo hemos visto que eran. En época reciente han producido una mies abundante de doctrinas y escuelas, centros, ligas y partidos, que se funden y disocian, se agrupan y dispersan y reúnen con rapidez calidoscópica, exaltándose a veces hasta la “estridencia”, calmándose, a veces, hasta avenirse a oír la voz armoniosa de tal o cual aliado peninsular o extranjero, mientras olvidan lo esencial, que es el arte de persuadir y ganar la confianza del otro protagonista. ¿Por qué? Porque entra en juego otro rasgo del carácter español: la tendencia a la dispersión que hemos observado en la historia y en la psicología del catalán. La conciencia nacional implica sentido de diferencia, pero no necesariamente separación política o constitucional. Esta última tendencia, con la que quizá no se hallen de acuerdo la mayoría de los catalanistas de hoy, ha actuado con excesiva frecuencia, combinada a su vez con una especie de separación cordial que tiende a cortar violentamente el nudo de la solidaridad. Las tentativas que se han hecho en Cataluña para descartar toda responsabilidad de los catalanes en el desastre colonial fueron tan injustificadas en cuanto al hecho como mal inspiradas en cuanto al sentimiento. La tendencia a zaherir figura también demasiado en las cuestiones catalanas y, desde luego, provoca rápidas reacciones por parte del centralismo. Sería inútil discutir quién inicia este proceso de irritación mutua.

    Quedan otras dificultades, y en particular las que se derivan del hecho ya observado en la historia de Cataluña, que sigue siendo el factor más importante en el problema catalán, a saber: la situación predominante de Barcelona. El catalanismo es hoy, ante todo, cosa de Barcelona. Nació en Barcelona, creció, se organizó y vive en Barcelona. Y, sin embargo, Barcelona no es, ni puede ser nunca, una población exclusivamente catalana. Su trastierra se adentra en la Península. Aunque se le diera la Gran Cataluña para satisfacer sus ambiciones, tendría en su propio territorio una rival tan poderosa como Valencia y necesitada de trastierra propia. Una República catalana sería económicamente imposible, aunque políticamente no lo fuera. Barcelona es, pues, a la par la causa más importante del catalanismo y el origen de las fuerzas más potentes en pro de la unión española. Además, Barcelona contiene una fuerte proporción de habitantes no catalanistas (catalanes y no catalanes) suficiente para reducir, a veces, a minoría a los catalanistas. A pesar de los grandes progresos de la prensa catalana escrita en catalán, los periódicos más importantes de Barcelona se seguían tirando en castellano. Por último, las cuestiones obreras de Barcelona presentaban un carácter tan grave que, a pesar de la deplorable política del Gobierno central, era opinión general en Cataluña que un Gobierno catalán lo haría todavía peor y sería demasiado flojo para hacer frente a algunos de sus aspectos más serios.

    Como si todos estos factores no bastasen para hacer complejo y difícil el problema catalán, viene a empeorarlo la actitud extremista de los españoles, tan típica del catalán como del castellano (3). Puede citarse como ejemplo la carrera del genio político mejor dotado que ha producido no sólo la Cataluña, sino la España de hoy. Las dificultades con que luchó Cambó en su propio país se debían a su espíritu de transacción, a su disposición para aceptar de cada día lo que pueda dar, esperando a que lo demás lo traiga el mañana. Esta actitud tan evidentemente sabia en un jefe político le ha valido constantes críticas y ataques, tanto en Cataluña como en Castilla, que la interpretaban como debilidad moral. Otra forma de esta dificultad, debida al carácter, es la impaciencia política que aflige a los más de los catalanes. Habiendo dormido tres siglos en el seno de España, quieren que Cataluña despierte de una vez y pretenden que España abandone la labor de tres siglos en una generación.

    Castilla es lenta, espantosamente lenta. Pero se mueve. Se mueve de varias maneras, gracias, entre otras cosas, al mismo despertar de Cataluña. Y en esta observación podemos fundar nuestra esperanza de que la cuestión catalana se resuelva pronto con mutua satisfacción.

    Notas

    (1) Nacionalisme, “Enciclopedia Catalana”. Vol. VI, pág. 114.

    (2) El nacionalismo catalán. A. Rovira y Virgili, pág. 130.

    (3) Ya va para cuarenta y cuatro años (recuérdese que esto fue escrito en 1931 [N. del E.]) que el autor de estas líneas se permitió forjar un neologismo para representar este aspecto extremista de la psicología española, y no deja de tener interés, en relación con lo arriba escrito, que fuese a buscar los elementos para su invención verbal en la lengua catalana. El extremista partidario de todo o nada se llama en uno de sus artículos el totorresista (de tot-o-res).

    © 1930. 1978. Salvador de Madariaga Rojo, en “ESPAÑA. Ensayo de Historia Contemporánea”, Madrid, Espasa-Calpe, 12ª edición, Libro primero, págs.171-180.

  11. fanderubianes - Jueves, 26 de noviembre de 2009 a las 21:48

    botarate

    Abans que llegir aquestes parrafades que has penjat m’arrancaria jo mateix un caixal amb unes alicates sense anestessia. Si penses que llegir aquestes coses et servirà per alguna cosa. Bon profit.

  12. Botarate - Sábado, 28 de noviembre de 2009 a las 23:44

    Bueno, visto lo visto, voy a aportar mi granito de arena a l’Institut Català de les Indústries Culturals, pero que conste en acta que no he recibido subvención alguna, sólo lo hago por amor al arte: he aquí la transcripción y traducción de uno de los famosos monólogos del insigne Joan Camprubí Alemany, conocido como JOAN CAPRI.

    A su salud, maestro…

  13. Botarate - Sábado, 28 de noviembre de 2009 a las 23:45

    http://www.youtube.com/watch?v=0slL9JazsT8

    ELS SAVIS
    por Joan Capri

    Senyors, vivim en una època que hi ha una mena d’homes, una mena de gent, que se’n diuen savis, que entenen de tot, i a mi em fan voltar el cap… ja no sé si tenen raó ells o jo m’hi he tornat ximple perquè, escolteu, es que no és pot anar enlloc. Vas al cine, veus una cantitat de pel·lícules: tots aquests Antonettis, Prossoletis, Rossellinis, Solleninis, tots aquests noms tan estranys, i veus unes pel·lícules que jo, francament, jo no les entenc, no pot ser estar-se dos hores o tres hores esperant un argument que no acaba d’arribar mai; és clar, la gent surten del cine, amb el cap baix, i les dones… les dones, que són… en aquest sentit, la dona és més franca i més intel·ligent que l’home moltes vegades, ja ho veu que li han pres el pèl, i li diu al marit:

    –Escolta’m, tu, què hem fet aquí?… Tu, tu, que no has vist què ens han fet? Vols dir que no han passat els rotllos al revés, tu?

    –Calla, calla… ja hem parlarem a casa… calla.

    És aixís, la gent són covards. En comptes de dir:

    –Senyors, volen fer el favor de començar la pel·lícula, que ja hem tenim prou de tràiler!!!

    La gent callen, se’n van, se’n van amb el cap abaixat, perquè hi ha algú, allà al redera, es posa a les últimes files, que són els savis, que diuen:

    –Ai, senyor, no ho han entès aquests, desgraciats, ESTO CINE!!!

    I no diuen res més, no et donen més explicacions: ESTO ES CINE. Ah, ah, aaah, ah… és clar, no els hi pots dir que siguin titelles perquè tenen raó, de cine ho és… i aquestes pel·lícules, senyors, doncs guanyen Oscars… Oscars, Oscars… aquells ninots que vosaltres veureu amb les propagandes dels diaris, aquells ninots tiesos, que són els primers que es van quedar parats en veure la pel·lícula, doncs en guanyen tots els Oscars que vulguis.

    En fi, què hi fàrem, i aixís la pintura… vosaltres aneu a veure una exposició de pintura, i avui ja comença pel director de l’exposició que moltes vegades quan li envien els cuadros, això autènticament veritat, han de cridar l’autor per dir:

    –Escolti, no li fa res de venir-los a penjar perquè no sé com van aquests cuadros!?

    Sí, ha arribat aixís això… una mena de pintures estranyes, cops de fang, cops de fusta, a base de tot, i és clar, la gent es passegen, donen voltes, entren, surten… entren i surten perquè els hi sembla que ho somien allò… no, no, no, no… és que són pintures, són cuadros moderns, nous… senyors, però a quin punt hem arribat? I encara, a vegades que hi ha l’autor, el veus allà sentat:

    –Què, li agrada això?

    I la persona aquesta, com el cine, en comptes de cridar, en comptes de dir-li:

    –NO.

    No, diuen:

    –Home, pss, psu, pssa, pssi, sí…

    Bueno, i llavors l’altre ja s’hi abona:

    –Sí, és clar, vostè està acostumat a aquella pintura ja passada, oi?… allò, aquells gargots d’en Velázquez, aquelles tonteries que feien aquella gent…

    –Home, sí, és clar, és clar, és clar… no, miri, jo, la veritat, jo estava acostumat a veure el nas al seu lloc i vostè me l’ha clavat al capdavall de l’esquena… i, és clar, m’hi costa ara d’acostumar-m’hi, li haig de ser franc, oi?

    –Sí, bueno, és clar, però miri, avui el nas és allò caigui allà on caigui…

    Ells et donen totes les explicacions:

    –És l’esperit que ha de veure… és, és, és, és… és l’ànima de la pintura.

    L’ÀNIMA QUE T’AGUANTA!

    Senyors, ha arribat un moment que ja no pot ser, hem de parlar, i com els hi hem de donar la batalla a aquesta gent? Doncs jo us ho diré, és molt fàcil. Quan s’us acosti un individu, per exemple… la pintura, concretament… i un cuadro d’aquests que no hi ha qui l’entengui, en comptes de dir: “Home, sí, no…”, esteu perduts, perquè us convenceran amb quatre paraules ximples… no, no, no, no… quan us ho diguin, com que el món és del que crida més, quan, aixís…abans que hagi acabat de dir si us agrada:

    –Que us agrada? Escolta…

    –MOLT!… MOLT!

    Veureu que ell pensarà:

    –M’ha fumut, no pot ser que li agradi tant.

    Aixís, és a base de cridar molt. Això és com quan aneu a un restaurant, si a vegades aneu a un restaurant veureu com… no sé com s’ha posat la vida d’una manera que ja està bé que sigui car tot, però tant car no, per menjar una… quatre tonteries, tres-centes pessetes, quatre-centes pessetes, i encara t’obren la porta:

    –Què, ha menjat bé? Oi que ha menjat bé?

    En comptes de di’ls-hi:

    –Ss… una miqueta car…

    NO, NO, NOOOO, no, no ho diguis això, una mica car no, quan et preguntin:

    –Què, ha menjat bé?

    –Sí, molt… I BARATO!!!

    Aixís, amb aquest crit. Veureu com aquell home dirà:

    –Carai, carai, aquest no torna més.

    Es aixís, i si convé, dir-li:

    –Abraci’m!

    A aquell home li semblarà exagerat:

    –Home, no, no, per què? Si no…

    –Abraci’m!

    –Però, per què?

    –Perquè no ens veurem més vós i jo.

    És aixís, senyors, o sinó estem perduts. En fi, cridar, cridar, protestar, protestar que moltes vegades no passa res.
    Mireu… aaaah, l’altra vegada, no fa molt, a la fira de mostres, vaja, durant la fira de mostres es veu que cobraven cinc peles més per anar amb taxis, la “bajada de bandera” que ells en diuen, cinc pessetes més. A mi un pobre xicot que va venir del poble per un enterro del seu oncle, que va fer tard i va haver d’agafar un taxis per anar al cementiri, imagineu-se aquell pobre noi quan arriba allà al cementiri, que ja el va deixar a les afores perquè no hi volen entrar dins, oi? Doncs li diuen:

    –Oiga, cinco pesetas por las ferias de muestras, señor.

    –Sí, pe… però si vaig a l’enterro de l’oncle, jo!

    –¡¡ Sí, pero ESTAMOS EN FERIAS, señor!!

    –Però si se m’ha mort l’oncle!!!

    –¡¡¡ PERO ESTAMOS EN FERIAS Y FIESTAS, SEÑOR!!!

    –Però, escolti, se m’ha mort l’oncle, jo que m’explica…

    Doncs, és clar, que allò no li feien entendre amb aquell home, de que ho havia de celebrar perquè s’havia mort l’oncle. Doncs no hi ha res a fer, senyors, la “bajada de bandera”… el pobre nano ja s’explicava, li deia:

    –HOME, POSI-LA A MITJA ASTA, QUE PORTO DOL!!! I sigui una miqueta…

    Doncs, no, senyor, no… cinco pesetas, i no hi ha res a fer. Què voleu fer? Cridar un guàrdia? No, els guàrdies són homes que estan amagats per les cantonades, posant multes… veure no en veus, i si en trobes un… què passarà? Doncs el que li va passar a un bon amic meu, va cridar al guàrdia:

    –Oiga, que esto no quiero, que el taxista ya no tiene derecho…

    –¿Y qué pasa, tú?

    I van començar, i vas veure una franquesa entre el guàrdia i el taxista… total, senyors, que el taxista era un guàrdia que feia hores extraordinàries. Oh, i a vegades a la nit encara han de fer de camarers, siií… hi ha qui fa de taxista, de guàrdia i de camarer… a la nit, quan els hi demanes el compte, ja no saben si clavar-te una multa o donar-te el compte, estan completament desbarats… total, senyors, que… entre aquesta mena de savis que han sortit i totes aquestes altres persones que només fan que cridar, em dóna la sensació que estem completament desemparats.

  14. Botarate - Domingo, 29 de noviembre de 2009 a las 09:47

    Por cierto, permítanme una pequeña corrección gramatical, no vaya a ser que el Institut Català de les Indústries Culturals deniegue mi solicitud…

    En donde dice: “Calla, calla… ja hem parlarem a casa… calla”, debiera decir: “Calla, calla… ja en parlarem a casa… calla”.

    Ahora sí, ya me callo.

  15. Botarate - Domingo, 29 de noviembre de 2009 a las 13:14

    Y ya para terminar mi intervención en este hilo, valga como sentido homenaje la transcripción adjunta de una interesante entrevista realizada a este monstruo de la interpretación…

  16. Botarate - Domingo, 29 de noviembre de 2009 a las 13:16

    En un país serio y coherente, los cómicos siempre podrán aspirar a convertirse en políticos, la tragedia viene cuando son los políticos los que aspiran a convertirse en cómicos.

    Saludos/Salutacions

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