Empecemos por el principio: Cataluña no tiene dignidad. Tampoco España. Cero dignidad. Nada de nada. Los ríos, los campos, las montañas son bonitas o feas, altas o bajas, etcétera, pero carecen de dignidad. Cataluña es un pedazo de tierra. Crece por aquí tal cosa o la otra, eso es todo.

Menos mal.

Los que tienen dignidad, a veces, son los ciudadanos. La dignidad es una categoría moral que atañe exclusivamente al bicho humano.

En ocasiones se dice: qué dignamente ha muerto ese caballo o ese tigre, pero es sólo una metáfora.

Aclarado esto, entremos en la unanimidad de los periódicos catalanes. Es una vergüenza. Yo es que abrí los ojos el otro día y me parecía estar de vuelta en Cuba. Allí los editoriales siempre son unánimes y los redacta el Gobierno. Aquí no han llegado a tanto, por el momento, pero ya los envían a los palacios para su aprobación. O para que tengan tiempo de concertar estrategias con los escribientes o sabe la Patria a punto de ser violada para qué.

El famoso editorial es la negación de la libertad de prensa. Doce periódicos catalanes orgullosamente situados a espaldas del Estado. Entre sus nalgas, para ser más exactos, a ver lo que les cae. Ya sabemos que el Estado caga subvenciones. Todos los enrolados en la causa de la Patria atropellada reciben dinero de la Generalitat. Vaya. ¿Qué pensaban? ¿Que la unanimidad y la traición a la prensa libre eran gratis? De eso nada. Cuesta, hombre, cuesta.

El sábado estaba en el mercado abarrotado como suele estar los sábados y no se escuchaba una palabra sobre la dignidad de Cataluña. Ni sobre el Estatuto. Eso sí, algunos ciudadanos hablaban de los políticos. Rufianes, esquilmadores, mangantes. Eso es lo que se oía. El carnicero suspiraba aliviado porque Garzón, le habían dicho, iba a tomar cartas en el asunto de la corrupción política en Cataluña.

La clase política catalana cada día que pasa tiene menos que ver con los ciudadanos de Cataluña. La gente de Cataluña vive en la realidad, sus políticos viven en ese Olimpo de prebendas, Patria, coches de alta gama y lujos que se han construido, y al que no van a renunciar. Hacer ruido a propósito de algo inexistente como la dignidad de Cataluña es un buen método para distraer la atención de sus tropelías y abusos.

Les va bien así, hay que reconocerlo.

Artur Más, un político catalán, acaba de decir esto: “Tenemos contrastado con estudios sociológicos que en una consulta en toda Cataluña ganaría el no. Sería un error convocarla para evidenciar ante España y todo el mundo que Cataluña lo que quiere es simplemente ser española. Eso llevaría al país a la derrota”.

Como ven, lo que desea la mayoría de los ciudadanos de Cataluña significa “la derrota del país” para sus políticos.

Es imposible resumir de forma más brillante el cinismo y la chifladura de los nacionalistas catalanes.

Juan Abreu es escritor y autor del blog Emanaciones.