Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB, el 4 de febrero de 2010 en La Vanguardia:

‘Queda claro que una de las obsesiones franquistas fue la persecución del catalán y su sustitución por el castellano como única lengua oficial y de uso por parte de los poderes públicos y de los ciudadanos.

La relectura de ciertas partes del libro de [Josep] Benet [sobre la persecución del catalán en el franquismo] incita a una reflexión. Algunos de sus pasajes tienen alguna similitud –ojo, digo alguna, no que sean situaciones idénticas– con ciertas realidades del presente respecto a la cuestión lingüística y cultural. En efecto, si entonces había un espíritu de conquista que intentaba arrasar con la huella catalana y catalanista en la vida social de Catalunya, ahora hay un espíritu inquisitorial de signo contrario. Al fin y al cabo, los nacionalismos tienen una raíz común y llevados al extremo, aunque situados en contextos distintos, siempre se muestran intolerantes.

Se ha hablado estos días del controvertido proyecto de ley del cine y la obligación de doblar la mitad de las copias al catalán. No deja de ser curioso y, seguramente, contradictorio que en las salas cinematográficas se exija el cincuenta por ciento en catalán cuando en la escuela, la Administración y los medios de comunicación públicos, lo establecido es el ciento por ciento. En todo caso, no parece muy coherente, aunque ya sabemos que en estos casos lo último que cabe esperar es coherencia. Pero hay un asunto de mayor envergadura que es tratado con el máximo sigilo. El Parlament está a punto de aprobar el Código del Consumo de Catalunya, una ley que en la cuestión lingüística –porque aquí todo tiene que ver con la lengua– no sólo es disparatada sino también inconstitucional. Y tramitada, por cierto, mediante el procedimiento de urgencia, sólo justificado, supongo, para que entre en vigor antes de que el TC dicte su esperada sentencia sobre el Estatut.

[...] En definitiva, un peligroso disparate más, que en lugar de proteger a la lengua catalana la convierte para muchos en un antipático obstáculo.

En el libro de Benet también se refleja la preocupación de los franquistas de primera hora por prohibir la utilización del catalán en los rótulos, impresos, anuncios y documentos de todo tipo en asociaciones y empresas, multas incluidas. Léanlo. Ya sé que es distinto prohibir que imponer, pero el tufillo es el mismo: la intolerancia y el fanatismo conducen, incluso, a la intromisión de los poderes públicos en el ámbito privado’.