Opinión

Dos inteligencias

‘El grácil peloteo que ambos mantienen durante 350 páginas cuenta entre sus instantes memorables con las recurrentes intentonas de Boadella de razonar la idolatría que siente por su esposa, o el modo como Dragó atrapa al vuelo las reflexiones de su interlocutor para convertirlas en luminosa metáfora’.

Pepe Albert de Paco
Jueves, 21 de octubre de 2010 | 09:17

Portada del libro que firman al alimón Albert Boadella y Fernando Sánchez Dragó.

Albert Boadella y Fernando Sánchez Dragó (que conserva la elegancia de no intercalar un guión entre sus dos apellidos) se citaron por encargo de la editorial Planeta para entablar una tertulia non stop que pusiera el mundo patas arriba por el procedimiento de invocar la tradición.

Durante sendas sesiones en Castilfrío y Rupit, ambos dieron cuenta de un nutrido repertorio de demonios familiares en que convergen el buenismo, el nacionalismo, Ian Gibson, las drogas, el sexo, el amor, el teatro, Zapatero… Es probable que no haya un muestrario temático tan cabal para aterrizar en el siglo y quién sabe si, por el mismo precio, adentrarse, siquiera de forma aproximada, en una admirable historia de la vida privada.

No faltan a la verdad quienes sostienen que Dios los cría… es una sucesión de boutades descacharrantes, pero el cuadro restaría incompleto si esa lectura (injustamente denostada por el cretinismo de arte y ensayo) ocultara la exultante celebración de la inteligencia que supone la conversación entre Boadella y Dragó, dos intelectuales de primer orden que se han relacionado de forma esquiva, casi a contrapelo, con el concepto de intelectualidad. Así, mientras que Boadella antepone a cualquier otro atributo su disfraz de bufón, Dragó reivindica en más de una página una de sus facetas menos ponderadas por el vulgo, la de periodista.

El grácil peloteo que ambos mantienen durante 350 páginas (la obra, pese a la indocta tozudez de algunos prescriptores, se asemeja más al galante ejercicio tenístico que a la riña de gatos) cuenta entre sus instantes memorables con las recurrentes intentonas de Boadella de razonar la idolatría que siente por su esposa, o el modo como Dragó atrapa al vuelo las reflexiones de su interlocutor para convertirlas en luminosa metáfora.

No vayan a creer por ello que escasean los raquetazos. Boadella al resto:

“[Los catalanes se distinguen porque la mayoría] anda con el culo apretado. Y, además, entre ellos se pueden distinguir incluso a los nacionalistas, porque éstos exhiben siempre la risita diferencial. Es una medio risita paternalista: ‘Bueno, bueno, sí, sí, ji, ji, ji… cosas de la Meseta, ya se sabe, ji, ji, ji…’ ¿No conoces a Enric Juliana? Pues es el aborigen perfecto”.

El único reparo que pondría a ambas performances tiene que ver con esa querencia por lo carpetovetónico que, en el fondo, caracteriza a los integrantes de la nueva derecha española, y que consiste, grosso modo, en abrazar todas aquellas causas que denuesta la progresía. ¿Que la progresía se muestra favorable a la relajación de las costumbres? Sea bienvenida la misa en latín. ¿Que la progresía promueve la reescritura de los clásicos teatrales? Defensa a ultranza del texto original.

Hechas las cuentas, el paisaje que va a menudo asoma entre risotada y risotada es de ultratumba, una (carca)jada que, muy probablemente, no guarda relación alguna con las libérrimas apetencias y la fineza estética que caracteriza a ambos personajes. Es lo que da en llamarse síndrome de Benidorm, y que afecta a quienes, habiendo loado las bondades del veraneo vertical, jamás pondrían un pie en sus atestadas playas. En ese punto, al menos Boadella permite que se le vea el cartón, pues, conforme a lo que se espera de un burgués glamouroso, denigra la montonera alicantina.

Pepe Albert de Paco es periodista

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1 comentario en “Dos inteligencias”

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  1. BdS - Jueves, 21 de octubre de 2010 a las 13:49

    Que razón lleva Boadella en lo de Juliana. Es un cínico. En la tertulia de Herrera se calla a menos que le pregunten, aunque está claro que no coincide con casi ninguno de los tertulianos. Y luego la eterna condescedencia con castellanos, andaluces o mesetarios en general. Su serie haciendo hermenéutica de las intenciones de los miembros de TC fue absolutamente lamentable e incendiaria.

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