Opinión

Un mal español

‘Cabe preguntarse si el presente necesita de discrepancias, si la democracia mediatizada y automatizada mediante una corrección política que casi sólo tolera a polemistas vocingleros y provocadores de dialéctica escatológica, requiere de más dedos en la llaga y menos posicionamientos firmes en una u otra trinchera’.

Jordi Bernal
Miércoles, 17 de noviembre de 2010 | 18:45

El firmante de sentencias de muerte y guiones raciales, amante mirón de películas del lejano oeste, fue uno de los mejores críticos que tuvo el cineasta. “Berlanga no es un comunista; Berlanga es un mal español”, dicen que dijo ante la acusación de bolchevismo que esputaron aquellos que vieron bien lo que no escondía El Verdugo fuera del encuadre.

Y efectivamente, nada en el cine de Berlanga hace presuponer una predilección por la clase obrera más allá de la comprensión de las miserias de la menestralía. En aquel Capra rodado en el callejón del gato que es Plácido queda claro de tan vitriólico que la condición humana no puede escapar de un egoísmo y un instinto de supervivencia (picaresca en cañí) que malbaratan cualquier fe materialista en democracias populares, cuando en verdad: dictaduras del proletariado. Y claro está, a un liberal gustoso del libertinaje de alcoba y tamaño natural, la sola idea de la dictadura (por muy famélica que fuese) le debía de provocar sarpullidos.

El féretro que contiene los restos mortales del cineasta Luis García Berlanga (foto: cadenaser.com).

Además, Berlanga, con la colaboración de Azcona, supo leer la influencia de Kafka en la vida moderna sin banalizaciones de calificativo. El individuo a merced de la absurda y totémica maquinaria de la burocracia, ya fuera ésta a modo de letra impagada, garrote vil o cacería con cambio ministerial. Y de ahí al escepticismo absoluto. Aquel que se definía como anarquista burgués, consiguió, con su cine, no sólo retratar la mugre de un tiempo y un lodazal sino que además reivindicó la mejor tradición literaria de un país ciclotímico que por entonces estaba por los suelos. Aun así fue un mal español, un fugitivo del patrioterismo.

A estas alturas de la columna cabe preguntarse si el presente necesita de discrepancias. Esto es, si la democracia mediatizada y automatizada mediante una corrección política que casi sólo tolera a polemistas vocingleros y provocadores de dialéctica escatológica, requiere de más dedos en la llaga y menos posicionamientos firmes en una u otra trinchera. De malos españoles que hagan descojonarnos frente al espejo.

Jordi Bernal es periodista

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1 comentario en “Un mal español”

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  1. Mariacruz - Miércoles, 17 de noviembre de 2010 a las 22:18

    El pueblo catalàn debe saber elegir si quiere vivir en Democracia y Libertad,o en lo contrario.Si quiere lo primero,que la Justicia no este ,,cerrada bajo siete llaves,,.Que salga del ,,arca,,cuando sea necesario,sin necesidad de gastarse el dinero para recurrir la sentencia en la Corte Europea cuando se lo pueden arreglar en España.
    Y que la Justicia sea eso Justa,no ,,de aquì o de allà,,.
    Es algo muy importante este tema como para dejarlo en manos interesadas.
    ,,Sòlo los pàjaros bobos hacen KK en su nido,

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