España

“Armonización” del ‘uso de las lenguas regionales en la rotulación de las tiendas’

Las reformas para “flexibilizar la actividad comercial” anunciadas por Zapatero, podrían afectar a las sanciones a los comerciantes que no rotulen, al menos, en catalán.

Redacción
Lunes, 17 de enero de 2011 | 17:06

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha advertido este lunes en una entrevista publicada en el Financial Times que el Gobierno va a reforzar el control sobre el déficit de las CCAA y que pondrá en marcha reformas legislativas para conseguir “más flexibilidad para la actividad comercial” mediante una “armonización” de las leyes económicas en toda España.

Según el rotativo británico, entre las leyes que Zapatero estaría barajando “armonizar” se encontrarían ‘las normativas sobre construcción o el uso de las lenguas regionales en la rotulación de las tiendas‘.

Esto podría afecar a la Ley del Código de Consumo de Cataluña, recientemente recurrida ante el Tribunal Constitucional por el Defensor del Pueblo, que aumenta las sanciones a los comerciantes que no atiendan y rotulen sus negocios, al menos, en catalán.

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8 Comments en ““Armonización” del ‘uso de las lenguas regionales en la rotulación de las tiendas’”

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  1. Quatre i el Gat - Lunes, 17 de enero de 2011 a las 18:10

    ¡Ya era hora! ¡Tarde pero ya era hora!

    ZP ha demostrado ser un fiel acompañante del nacionalismo mas sectario.

    A ver si ahora rectifica, y devuelve a los catalanes las imposiciones que jamás debieron permitirse.

    Bienvenida la cordura a la política, aunque sea tarde y rectiicando errores.

    Hay que REBELARSE …

    ¡¡REBÉLATE!!

  2. Eduardo González Palomar (Manlleu) - Lunes, 17 de enero de 2011 a las 18:38

    -Hablar poquito y mear clarito-
    En vano, me he obligado a darme un buen tute intentando cobrarle ley a esta pulsión que muestran muchos representantes políticos de Catalunya en imponer su “llengua patria” incluso en los rótulos de nuestros comercios. Después de darme semejante panzada, todavía me ha sido preciso recurrir a la cruz y los ciriales para hallar sólo un punto digno de elogio. A diferencia de otros apartados de las leyes lingüísticas, en este concreto asunto y más aún en lo referente a las sanciones recaudatorias, sí aplican con celo el código legal vigente y no emplean, raro en ellos, la ley del embudo. En descargo de estos amantes de la imposición taxativa queda que la normativa legal no fue escrita en agua y aquellos que ahora descubren que no mancha linaje alguno el recurrir al Tribunal Constitucional en cualquier país democrático, entonces (1998) renunciaron a hacerlo. En casos contados, el encabezamiento de un negocio privado debería ser objeto de tanta atención por parte de nuestras autoridades y con más razón todavía en los tiempos que corren. Al hilo de lo anterior, como es de ley en cualquier democracia que se precie, sólo nos resta, a quienes no estamos de acuerdo con este orden de barbaridades legislativas, derogarlas en sede parlamentaria tan pronto como la oportunidad y los desequilibrios parlamentarios lo permitan. Dialogar con unos interlocutores que a calzoncillo quitado han sentenciado que en lo concerniente a esta materia no hay nada que hablar (tema sagrado), se me antoja misión harto difícil para el más pintado en este terruño. A buen seguro, inclusive cercado de adversarios con la declarada intención de hablar menos que mudos roncos, procede llevarse el gato al agua en buena lid. Para empezar, en las formas ya tropezamos con descuidos argumentales que no dicen mucho a favor de ellos por la colosal contradicción que adquiere relieve cuando profundizamos en cuál es el propósito de todo código lingüístico: la comunicación. Vaya, que allá se las compongan si no encuentran que entre las radicales posturas, no decir ni mu o hablar más que un ropero en día de fiesta, habita el término medio del que nos advertía el heleno filósofo. A más de la “exclusión” que desprende el concepto de la consabida Ley de Política Lingüística en lo tocante a la preferencia de sólo una de las más significativas lenguas propias que tenemos los catalanes, es de sentido común que imprime mejor en el ánimo colectivo el premio que el correctivo. No me hallarán hablando a tontas y a locas pero tampoco al paladar; por lo tanto, me resulta inexcusable no referirme al fondo de la polémica suscitada por la imposición, en rótulos de comercios, de la “llengua patria” de quienes menudean en torno al ultracatalanismo. En qué beneficia a nuestros tenderos coartarlos en la elección de las lenguas que mejor les convengan para hacer sus negocios más rentables y competitivos. Por descontado, las sanciones a las que, llegado el caso, han de hacer frente ni favorecen a los vendedores ni al conjunto de la población como potencial cliente, al menos en cuestiones pragmáticas. Además, en coyuntura de globalización de la economía, a qué inversor extranjero seduce traba accesoria o el obstáculo de no poder utilizar, cuando lo estime oportuno, sólo la lengua que le venga en gana, siquiera para este menester, con todo el poder selectivo que ello representa en subjetivas y legítimas políticas de imagen. Para rematar, sé que para algunos en Catalunya poner ahora sobre el tapete discrepancia alguna sobre el constreñido espacio de libertad en asuntos lingüísticos tiene la gracia como las abejas, en el culo. Qué voy a hacerle, en mi particular idioma el acento no recae en la formalidad sino en su uso mondo y lirondo… boca de verdades, cien enemistades.

  3. Eduardo González Palomar (Manlleu) - Lunes, 17 de enero de 2011 a las 18:48

    Ambivalencia moral
    En el plano de la objetividad, estoy de acuerdo con quienes afirman que la Ley ha de cumplirse. Harina de otro costal es que desde ciertos postulados podamos considerar una determinada ley inapropiada, por intervencionista en exceso, e innecesaria como la que regula el idioma (al menos en catalán) en el que ha de estar los rótulos de cualquier negocio en Catalunya. En tal caso, sólo nos resta, con la legitimidad que nos otorga la Democracia, derogarla o modificarla cuando los desequilibrios parlamentarios lo posibiliten. En Madrid, por traer a colación un espejo en el que, guste o no, en Catalunya nos miramos con el rabillo del ojo a más no poder, se puede rotular un comercio “sólo” en catalán, bereber o chino cantonés sin que por ello exista un código legal por el que se sancione al propietario del hipotético establecimiento. La ausencia de reglamentación en tal sentido, que haya trascendido a la opinión pública, no ha ocasionado contrariedad o desorientación en ciudadano alguno. En lo tocante a la legislación vigente, en Catalunya, podemos fácilmente apreciar cómo, infinidad de nuestros representantes políticos, no sólo incumplen el código legal vigente (art. 56 del RDL 339/1990, art. 138 del RDL 1428/2003) en lo referente al código lingüístico en el que, como mínimo (castellano), han de utilizar en señales de tráfico (con la facultad de añadirles tantos idiomas oficiales como les venga en gana -catalán, gallego, vascuence-) sino que, además, se dan trazas en sancionar “ilegalmente” a conductores de vehículos e irse de rositas. En suma, las más de las veces, el nacionalista parcelario demuestra con gran destreza una ambivalencia moral digna, por sí sola, de toda una tesis doctoral.

  4. Alwix - Lunes, 17 de enero de 2011 a las 20:26

    Eduardo, mercès per demostrar que el castellà s’imposa.

    Una afectuosa salutació osonenca.

  5. Olé, desde Barcelona, España - Lunes, 17 de enero de 2011 a las 21:24

    Tiene que ser triste un pais, con una mierda de economía como la nuestra, y pasarnos el día discutiendo de la mierda de las lenguas. ( OOOOPPPPPssssss I am the nicest asshole you ever saw, and I don´t have to swear ).

    Olé

  6. Javier - Martes, 18 de enero de 2011 a las 09:08

    Olé, cuánta razón tienes.

  7. Jose Orgulloso - Martes, 18 de enero de 2011 a las 09:18

    ¿Por qué será que no me fío y esta armonización terminará imponiendo en las comunidades con lengua cooficial el sistema catalán?

  8. manuel - Martes, 18 de enero de 2011 a las 20:48

    Yo de ZP no me fío un pelo.

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