Cataluña

‘Lo nuevo, en el caso catalán, es que las transacciones entre el poder político y el llamado cuarto poder ya no se producen de tapadillo, sino a plena luz, mediante un persistente goteo de favores y subvenciones’

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Redacción
Jueves, 27 de enero de 2011 | 18:38

Xavier Pericay, escritor y profesor universitario, este jueves en Abc:

‘[…] Hace cosa de un siglo, el francés Robert de Jouvenel lo describió admirablemente en un libro titulado La République des camarades: “Entre los hombres encargados de controlar, en calidad de lo que sea, los asuntos públicos, se establece una intimidad. No es ni simpatía, ni estima ni confianza; es propiamente camaradería, algo que está, en suma, a medio camino entre el corporativismo y la complicidad”. Lo nuevo, en el caso catalán, es que las transacciones entre el poder político y el llamado cuarto poder ya no se producen de tapadillo, sino a plena luz, mediante un persistente goteo de favores y subvenciones. Pero, por lo demás, insisto, no existe diferencia alguna entre aquellos tiempos franceses y los tiempos que corren en Cataluña. Ah, y, por no existir, no existe ni siquiera la certeza de que la carcoma que fue royendo entonces a la Tercera República francesa, hasta llevársela por delante, no pueda hacer lo propio con nuestra Monarquía Constitucional’.

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7 Comments en “‘Lo nuevo, en el caso catalán, es que las transacciones entre el poder político y el llamado cuarto poder ya no se producen de tapadillo, sino a plena luz, mediante un persistente goteo de favores y subvenciones’”

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  1. Fuera autonomías - Jueves, 27 de enero de 2011 a las 19:00

    LAS AUTONOMÍAS SOBRAN TODAS Y SON UN ELEMENTO DE FRAGMENTACIÓN DE ESPAÑA Y DE DIVISIÓN ENTRE ESPAÑOLES, ADEMÁS DE DE NIDOS DE CORRUPCIÓN LOCALISTA, FAVORITISMOS Y PREBENDAS.

    HAY QUE REFORMA EL SISTEMA ELECTORAL PARA QUE SEA MAYORITARIO, A UNA O DOS VUELTAS Y ACABAR CON ESTAS TAIFAS ANACRÓNICAS, DE ESPÍRITU MEDIEVAL Y DE CAMPAÑNARIOS LOCALISTAS.

    VIVA ESPAÑA UNA

  2. No son camaradas - Jueves, 27 de enero de 2011 a las 19:17

    “Fuera las Autonomías”: las mayúsculas quieren decir gritar, levantar la voz. Es un poco molesto leer todo en mayúsculas (no por gritar se tiene más razón)

    Camaradas son los compañeros del Ejército, los que luchan en combates de verdad y mueren y matan de verdad. Aunque también se ha aplicado a los compañeros de partido político, lo cual me parece una desviación. Propongo recuperar el viejo sentido, y no mancharlo al hablar de los golfillos de la política.

  3. Independízate del Nacionalismo - Jueves, 27 de enero de 2011 a las 19:25

    Pero cómo van a sobrar las autonomías?. Dejémonos de majaderías. Lo que sobran son los aficionados que tenemos desde hace décadas en la política. Además, son los cocineros, los que hacen la cocina.

  4. Quatre i el Gat - Viernes, 28 de enero de 2011 a las 01:47

    Ciudadanista,

    Opino como Vd. Seguramente como pasó en Francia sería bueno que en España se llevara a cabo una transformación para beneficio de los ciudadanos, de la transparencia, de la democracia, y de la eficiencia ante los desmanes que los políticos crean innecesariamente, ¡y aquí especialmente el Nacionalismo! que es el peor de todos.

    Pero, para ello, se necesita un consenso que en España es difícil de conseguir, ¡y ahí sí debemos obligar a nuestros políticos que trabajen unidos, todo lo duro que sea preciso! y que entre ellos consensúen las bases en las que consideremos a los políticos como cualquiera otra persona que trabaja por España, y no, “un señor que viene a la política a forrarse” a costa de España.

    Ésto último: “fueron palabras del ilustre zaplana” (Dios le tenga en la gloria).

    Pués, tanto éste (que lo dijo explícitamente) como los que NO lo dicen pero que lo hacen, ¡a todos ellos! va destinado este mensaje.

    ¡¡A trabajar por España!! ¡¡A negociar!! ¡¡A consensuar!!

    ¡Hay que REBELARSE!

    ¡¡REBÉLATE!!

  5. Mariacruz - Viernes, 28 de enero de 2011 a las 08:09

    «Lo nuevo, en el caso catalán, es que las transacciones entre el poder político y el llamado cuarto poder ya no se producen de tapadillo, sino a plena luz, mediante un persistente goteo de favores y subvenciones»
    POR XAVIER PERICAY
    Día 27/01/2011
    HACE un par de semanas, uno de los diarios catalanes de mayor difusión publicaba en portada el siguiente sumario: «Duran asume la relación del Govern con España». En el enunciado, claro, «Duran» era Josep Antoni Duran Lleida, y «el Govern», el Gobierno de la Generalitat. En cuanto a la palabra «España», lo más probable es que estuviera allí en funciones y que el titular de la designación fuera el Gobierno del Estado. Lo más probable. Y es que entre los tres términos del enunciado —Duran, Govern, España— se establecía, aparte de la relación indicada, otra manifiestamente desigual; así como los dos primeros tenían un referente inequívoco, el tercero, como consecuencia del proceso de sustitución operado, dejaba el campo libre a la imaginación. Del mismo modo que uno podía ver allí la presencia del Gobierno del Estado, podía ver la del propio Estado. O la de la Nación, constituida por el conjunto de sus ciudadanos. O la de vaya usted a saber quién o qué. Son las ventajas de los tropos. Actúan con la elasticidad de una goma de mascar y, encima —aunque ello ya depende de la destreza de cada usuario— permiten confeccionar unos globos enormes.
    En todo caso, esa querencia de la prensa catalana por «España» como tropo es bastante reciente. Por lo menos, en los diarios importantes. Antes lo que abundaba era otra sinécdoque, el famoso «Madrid», cuya mera expresión —rematada por aquella «t» inconfundible— acarreaba ya en según qué labios todo un memorial de agravios. Pero «Madrid», al cabo, era algo así como «París», «Londres» o «Washington», esto es, un recurso periodístico consagrado para referirse al Gobierno del Estado. Lo cual permitía hablar, con propiedad, de los contactos entre el Govern y Madrid, en la medida en que estos contactos se daban entre un Ejecutivo autonómico y uno central. Lo de «España» no va por aquí. Lo de «España» presupone forzosamente que la relación ya no se establece entre dos gobiernos de rango distinto, sino entre pares. Como si fueran Francia, por ejemplo, o el Reino Unido, o los Estados Unidos, quienes la ejercieran. O sea, como si Cataluña fuera lo que no es: un Estado independiente, con un ministro plenipotenciario, cuando no un embajador, al que se nombra para que represente al Gobierno del país lejos de la patria.
    Como es natural, esa deriva de los medios catalanes resulta inseparable de la deriva de su clase política. O, lo que es lo mismo, del camino emprendido con la reforma del Estatuto, desde los primeros brindis al sol de hace una década hasta la mismísima sentencia del Constitucional. A lo largo de estos años interminables, y en particular durante el último de regencia del tripartito, la prensa ha actuado como una avanzadilla del poder autonómico. Sin rubor alguno, sin turbarse lo más mínimo, asumiendo como una especie de causa general lo que no eran sino intereses de parte, diarios, radios y televisiones catalanas, en grados distintos pero coincidentes, han ido consolidando la ficción de una Cataluña soberana, desgajada de España —y, si no desgajada ya, deseosa al menos de consumar cuanto antes la tan ansiada separación—. De ahí que España se haya convertido, para esos medios, en una realidad ajena, con la que Cataluña no tiene ya otra relación que la que emana de los pleitos en curso.
    En este sentido, nada hay tan revelador del deterioro periodístico catalán como el editorial publicado al unísono, el 26 de noviembre de 2009, por la docena de diarios radicados en la todavía comunidad autónoma. Lo recordarán, sin duda. Se titulaba «La dignidad de Cataluña» y no era sino un intento ruin de condicionar la sentencia del Constitucional sobre el Estatuto cuando todo daba a entender que esa sentencia, por entonces, ya no podía demorarse. Pero, más allá del texto y sus intenciones —entre las que también estaba, por supuesto, la de soliviantar a una parte notable de la sociedad catalana contra una de las más altas instituciones del Estado—, lo más significativo de la iniciativa era su carácter colectivo. O sea, que toda la prensa diaria editada en Cataluña pudiera suscribir, sin que ninguna cabecera sintiera siquiera la necesidad de expresar una reserva al respecto, un mismo texto, y precisamente aquel. La unanimidad más absoluta. El asentimiento más general. O, si lo prefieren, un retoño algo tardío de aquellos editoriales de inserción obligatoria tan comunes en la prensa española de la inmediata posguerra, la de la censura y las consignas.
    Pero esa vanguardia periodística entregada a realizar el trabajo sucio de la clase política autonómica no se manifestó tan solo, corporativamente, a través del mencionado editorial. Medio año más tarde, y con la sentencia del Estatuto todavía en el alero, sesenta columnistas autocalificados de «colaboradores de la prensa diaria catalana, de sensibilidades y talantes diferentes», publicaron en muchas cabeceras de esa misma prensa diaria un artículo conjunto, «El dilema español», en el que arremetían también contra el Alto Tribunal, al tiempo que abogaban sin tapujos por la secesión de Cataluña si el fallo no respetaba en su integridad el texto aprobado en referéndum. Ya no se trataba, pues, de un bando más o menos institucional —en la medida en que un editorial refleja siempre, por definición, el punto de vista del medio en que se inserta—, sino que ahora la proclama la suscribían reputados comentaristas —y entre ellos, por cierto, quien ha acabado siendo consejero de Cultura del primer gobierno de Artur Mas—. Bien es verdad que, en Cataluña, la función de comentarista tiene siempre un halo familiar. La distancia entre los protagonistas de la actualidad —y singularmente de la actualidad política— y quienes se supone que deben juzgarla es mínima. Hasta tal punto que no resulta nada extraño encontrar en determinadas columnas un «querido Jordi» o una «querida Montserrat» dirigidos a algún político sobre cuya actuación se ha vertido o se va a verter una ligerísima crítica. Como una suerte de cataplasma para que aquel compañero de fatigas no sufra más de la cuenta, o de «captatio benevolantiae» para que en la próxima cena no se le ocurra echárselo en cara al escribidor.
    Y es que esa relación entre periodismo y política descansa en el compañerismo, en la intimidad. No se trata de nada nuevo. Hace cosa de un siglo, el francés Robert de Jouvenel lo describió admirablemente en un libro titulado «La République des camarades»: «Entre los hombres encargados de controlar, en calidad de lo que sea, los asuntos públicos, se establece una intimidad. No es ni simpatía, ni estima ni confianza; es propiamente camaradería, algo que está, en suma, a medio camino entre el corporativismo y la complicidad». Lo nuevo, en el caso catalán, es que las transacciones entre el poder político y el llamado cuarto poder ya no se producen de tapadillo, sino a plena luz, mediante un persistente goteo de favores y subvenciones. Pero, por lo demás, insisto, no existe diferencia alguna entre aquellos tiempos franceses y los tiempos que corren en Cataluña. Ah, y, por no existir, no existe ni siquiera la certeza de que la carcoma que fue royendo entonces a la Tercera República francesa, hasta llevársela por delante, no pueda hacer lo propio con nuestra Monarquía Constitucional.
    XAVIER PERICAY ES ESCRITOR

  6. Eloy - Viernes, 28 de enero de 2011 a las 18:41

    Estoy de acuerdo con la ideas de que lo que sobra en España son las autonomías que nos dividen y sólo benefician a capitalismo que nos explota. El pueblo es lo más homogéneo, quieren dividirlo los que tratan de explotarlo mejor.

    Por una España unida

  7. Romualdo - Sábado, 29 de enero de 2011 a las 13:34

    Periçay es uno de los intelectuales que mejor conoce al catalanismo y que más ha ayudado a que se conozcan sus supercherías, trapicheos y trapisondadas dentro y fuera de Cataluña. Muy bien por él. Muy buen artículo.

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