Opinión

Paridad tunecina

‘La evolución de los acontecimientos plantea una pregunta: ¿la democracia en Túnez va a permitir el avance hacia la igualdad entre hombres y mujeres o, al contrario, va a autorizar ciertos retrocesos? En Francia como en Túnez, el camino que lleva de la democracia a la emancipación es largo a recorrer. La democracia, tan complicada como hermosa’.

Caroline Fourest
Miércoles, 27 de abril de 2011 | 09:55

Túnez acaba de enviar una señal fuerte: adoptar el principio de paridad entre hombres y mujeres para las elecciones a la Asamblea constituyente previstas para el 24 de julio. Todos los partidos políticos organizados, desde los más progresistas hasta los más integristas, han aplaudido la medida. Para mayor regocijo, el debate hierve alrededor de un concepto que no tiene nada de evidente. Los escépticos se interrogan: ¿hay que imponer la presencia de mujeres? ¿No es una manera de constatar un fracaso? ¿Por qué no extender la medida a otros grupos discriminados? Los partidarios de la paridad replican que se trata de una Asamblea constituyente, y no legislativa. De candidatos propuestos, y no de cuotas orientadas a elegir obligatoriamente un 50% de hombres y un 50% de mujeres. Eso lo cambia todo, pero no agota el debate.

Estos argumentos, apasionantes y complejos, recuerdan furiosamente aquellos que agitaron Francia en 1999*. En aquella época, el concepto de paridad resultaba también controvertido. Para algunos, se trataba de una estrategia provisional dirigida a hacer avanzar la igualdad. Para otros, se trataba de reafirmar el principio de la diferencia entre hombres y mujeres, con todos los clichés que pueden acompañarlo. La fractura entre ambas concepciones llegó a dividir el campo feminista entre universalistas y diferencialistas. El principio de alborotar el gallinero acabó haciéndose valer: la desigualdad era tan acusada que se consideró necesario usar la estrategia de la paridad para combatirla.

En un país como Francia, donde la primera Asamblea constituyente se celebró hace más de dos siglos, la representación de las mujeres no estaba en el programa. El sufragio universal estuvo reservado a los hombres durante mucho tiempo. Gracias a Mustafá Kemal Atatürk, las mujeres turcas obtuvieron el derecho de voto antes que las francesas. Gracias a Bourguiba y a ministros de Educación como Mohamed Charfi, Túnez puede enorgullecerse de contar con una clase media femenina educada.

Era la única ventaja del autoritarismo llamado laico, a pesar de que la separación entre lo político y lo religioso no ha existido nunca. Era tiempo de deshacerse del autoritarismo, pero, ¿hace falta renunciar al avance hacia una verdadera laicidad? Por miedo de aparecer como neobenalistas o de abrir una brecha, ningún partido tunecino de envergadura parece atreverse a reivindicar el fin del islam como religión de Estado.

La evolución de los acontecimientos plantea una pregunta: ¿la democracia va a permitir el avance hacia la igualdad entre hombres y mujeres o, al contrario, va a autorizar ciertos retrocesos?

Los progresistas de Túnez han apostado por la paridad para preservar las conquistas de la modernidad tunecina contra una eventual reacción oscurantista. El problema es que la paridad -no así la igualdad- no inquieta en absoluto a los integristas, porque encaja en su concepción diferencialista de los hombres y las mujeres. Y no tendrán ningún problema para presentar candidatas integristas que defiendan sus ideas.

Así, ya hace tiempo que han diseñado e imaginado un “feminismo islámico”, capaz de defender la paridad y combatir la igualdad con la excusa de oponerse al feminismo considerado “occidental”. Oficialmente, se trata de dar apoyo a un feminismo del interior, basado en referencias musulmanas. En realidad, se trata de descalificar cualquier reivindicación realmente moderna como “exterior” y “occidental”, para así dar lugar a un feminismo pudoroso y reaccionario, en el que la mujer lleva el velo, acepta ser golpeada simbólicamente si desobedece y “no debe liberarse en detrimento de la familia”, familia tradicional por supuesto. Un condensado de sexismo disfrazado, aplaudido por ciertos intelectuales franceses -cristianos progresistas o tercermundistas- como el colmo de la vanguardia.

En Francia como en Túnez, el camino que lleva de la democracia a la emancipación es largo a recorrer. La democracia, tan complicada como hermosa.

Caroline Fourest es profesora en el Instituto de Ciencias Políticas de París, Sciences-Po París, y redactora jefe de la revista feminista Pro-Choix

[Artículo publicado en Le Monde el pasado 24 de abril. Reproducido en español con autorización de la autora. Traducción de Juan Antonio Cordero Fuertes]

* El 8 de julio de 1999, el Congreso de la República (reunión de la Asamblea Nacional y el Senado) aprobó la ley constituyente relativa a la igualdad entre mujeres y hombres, que elevaba la paridad a rango constitucional. (N. del T.)

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1 comentario en “Paridad tunecina”

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  1. beni - Viernes, 29 de abril de 2011 a las 15:45

    La “Paridad” obligada es una discriminación, añádasele el adjetivo que se quiera (positiva). Lo importante en una definición es el sustantivo; excepto para los-las políticamente correctas. uf.

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