Lía

26.07.2011 | 09:17
 

Florentino Portero

Tras los atentados de Noruega, la otra cara de la misma moneda, toca liar con los temas que vienen caracterizando el debate político en los últimos años: identidad, inmigración, estado de bienestar y multiculturalismo. Cuanta más necesidad hay de precisión y claridad más voluntad encontraremos de enredar y confundir. La democracia es un lujo que sólo se puede mantener en pie si de verdad hay ciudadanos capaces de ejercer derechos y deberes. No se trata de una formalidad, sino de una cultura política, de una exigencia cotidiana de respeto a sí mismo y a los demás. Los maestros griegos ya nos advirtieron de que la evolución natural de la democracia era la demagogia, porque, como señaló Lope tiempo después, al vulgo “es justo hablarle en necio para darle gusto”.

La dignidad con la que la sociedad noruega vive estos duros momentos contrasta con los comentarios que oímos o leemos en medios de otros estados europeos, donde el nivel del discurso no ha dejado de bajar, hasta encontrarse con la “telebasura”, el índice por excelencia de la salud mental y moral de un país. A la confusión derivada de hablar de lo que no se sabe, de usar palabras sin tener en cuenta su significado, de despreciar el matiz, de pintar la realidad en blanco y negro se suma ahora el renacido culto a la vulgaridad. El cocktail está listo. Falta por saber si usted tendrá estómago para digerirlo.