Opinión

PSC y PSOE (II de VI)

‘La mejor expresión para definir este entramado, esta alianza, esta omertá, la acuñó la propia Asamblea de Cataluña al justificar el acceso o no a su seno, según se fuera o no de “obediencia catalana”. Ello dejó meridianamente claro a quién se consideraba de naturaleza digna por el llamado catalanismo. Ni la izquierda comunista o socialista, ni los sindicatos de clase, fueron admitidos, si eran de ámbito estatal. De ahí el lento e inexorable camino de transformación de valores y de mensajes de estos partidos y de estos sindicatos en Cataluña. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?’.

Olegario Ortega
Domingo, 16 de octubre de 2011 | 10:41

Unos inmunes a la realidad, otros pillaos por donde más duele. En aquel tiempo…

En las postrimerías del régimen franquista, hace bastante más de tres décadas, nos encontramos con una España deseosa de cambios hacia la libertad. Se perseguía el fin de la dictadura, el advenimiento de la democracia, el consenso político, la conciliación de las diferencias de intereses, el logro de una Constitución para todos, avanzar hacia Europa como garantía de modernidad y de hacer imposible cualquier involución. No cabe duda del protagonismo cualitativo y cuantitativo del PSOE, entre otras fuerzas políticas, en ese periodo y en ese movimiento.

En Cataluña se participaba de la misma inquietud y de la misma hiperactividad, probablemente con cierta supremacía en el liderazgo de las iniciativas o, al menos, la percepción era que aquí residía una buena parte de la punta de lanza hacia la modernidad. La condición de Barcelona como ciudad de la cultura y la proximidad de Francia añadían un plus envidiado y envidiable.

Al mismo tiempo, también en Cataluña, se había ido conformando y consolidando un entramado de alianzas y de objetivos políticos centrados en la llamada construcción nacional. La institucionalización de buena parte de este quehacer se acabó visualizando a través de L’Assemblea de Catalunya. Es decir, en Cataluña ocurren simultáneamente dos fenómenos de movimiento político: uno mayoritario, democrático y compartido con el resto de España, centrado en recuperar las libertades; y otro, de naturaleza nacionalista, minoritario y simpatizante del nacionalismo vasco.

Estos dos fenómenos, coetáneos pero distintos, se expresaban con cierto mimetismo de lenguaje y de comunicación. El nacionalismo aprovechaba el rebufo modernizador y el afán colectivo por la libertad y por la democracia para expresar sus objetivos mediante la expresión “recuperar las libertades nacionales”, incluso mediante el sofisma de que la consecución de las libertades nacionales era la condición previa de las libertades individuales. El tiempo ha ido mostrando cuan diferentes eran estas aspiraciones y cuan distinta su esencia.

Así pues, hace 3 ó 4 décadas, entre las élites políticas, sindicales, intelectuales y progresistas, además de la sed de democracia, se percibía el nacionalismo como un movimiento merecedor de simpatía, de comprensión y de ayuda. Los paradigmas de aquel presente estaban cargados, tanto de la necesidad de reparaciones históricas, como de la urgencia de dejar atrás el paréntesis oscuro de la guerra y, sobre todo, de la larguísima postguerra, gestionada por una dictadura cruel, inacabable y totalitaria.

De hecho, eslóganes como: “Suarez, cabrón, som una nación”, “Queremos pan, queremos vino, queremos a Fraga colgado de un pino”, “Llibertat, amnistia, Estatut d’Autonomia“, “Gora ETA askatuta” y “Visca Catalunya Lliure“, eran frecuentes e intercambiables, sin ninguna crítica, en las manifestaciones de las izquierdas, tanto del trabajo como de la universidad (muchos participábamos de aquel entusiasmo y las coreábamos; todo valía contra el franquismo).

Sin embargo, las acciones e iniciativas de construcción nacional llevadas a cabo en Cataluña tenían objetivos muy diferentes, que veían en la democracia, no un objetivo en sí mismo, sino una oportunidad de acción más fácil y de mayores alianzas; pero el objetivo real, como todo objetivo de construcción nacional, era conseguir un estado soberano e independiente.

La confesión explícita de este objetivo habría conseguido muy poco respaldo, al ser nimia la base social que la sustentaba, incluso irrelevante en términos electorales, pero se añoraba el retorno a los acuerdos republicanos en los que se había aprobado la autonomía y el Estatuto que la regulaba. Por otra parte, presentar el independentismo como horizonte utópico, en una sociedad que se abría hacia fuera, ávida de europeísmo y de valores universales, habría sido calificado de ruindad y hasta de traición.

Por estas razones, este movimiento se manejó (y lo sigue haciendo) con una dualidad comunicativa permanente, obligada por la disfunción entre lo que se puede decir y lo que se pretende conseguir. Por ello, la movilización de los sentimientos, la creación de mitos, la invención de la historia, la ambigüedad del lenguaje, el proselitismo permanente, el sobreentendido sin palabras, la complicidad, la exaltación de lo propio, el repudio de lo no propio, el culto a la autocomplacencia, el chantaje victimario, la trama de intereses… son las herramientas propias del nacionalismo, que el transcurrir del tiempo ha ido mostrando con toda su impudicia. Esto se comprende con facilidad: al ser su objetivo teleológico, todo elemento de utilidad debe ser usado, con independencia de la catalogación moral que pueda merecer.

La mejor expresión para definir este entramado, esta alianza, esta omertá, la acuñó la propia Asamblea de Cataluña al justificar el acceso o no a su seno, según se fuera o no de “obediencia catalana”. Ello dejó meridianamente claro a quién se consideraba de naturaleza digna por el llamado catalanismo. Ni la izquierda comunista o socialista, ni los sindicatos de clase, fueron admitidos, si eran de ámbito estatal. De ahí el lento e inexorable camino de transformación de valores y de mensajes de estos partidos y de estos sindicatos en Cataluña. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Olegario Ortega es vicepresidente de Ágora Socialista y militante de UPyD

Publicado el 10 de octubre: PSC y PSOE (I de VI). Introducción

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7 Comments en “PSC y PSOE (II de VI)”

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  1. Juan Carlos - Domingo, 16 de octubre de 2011 a las 12:06

    Gran Artículo Olegario… Si hubieran querido concurrir junto a C´s en las generales otro gallo les habría cantado el 20 N, ¿no creen?

  2. Pablito - Domingo, 16 de octubre de 2011 a las 16:31

    Intentar buscar la ideología del PS o PSC es tan inutil como buscar el Arca de Noe. Habla Sr. Ortega de tiempos pasados, pero no cita al PSC y que sus desidencias con los otros partidos fueron el detonante de la derrota del frente del Ebro, con la sangria en Barbastro y el frente de Monzón de cientos de militantes principalmente brigadas internacionales negándoles el armamento que guardaron en Barcelona mientras el frente del Ebro solo tenían cuatro fusiles que no funcionaban y las 45 balas por fusil.
    Con ésta sintesis le quiero decir Sr. Ortega que nunca ha tenido el PSC o el PS ideología, Han sido movimientos estáticos los que les han impulsado hacia donde más ventajas tuvieran y con el menor esfuerzo. Y claro, de todas las formaciones que ha habido en España ésta es la que menos razón tiene de continuar existiendo. Lo demás son cantos de sirenas dichas mejor o peor por cuatro impresentables que más tarde o más pronto también terminas por saber que además de vagos son corruptos.

  3. Antonio - Domingo, 16 de octubre de 2011 a las 18:04

    Al final, ese cuento que nos creímos en la transición de que el nacionalismo es de derechas, en Cataluña la evidencia de los partidos llamados de izquierdas, sea el PSUC, ERC o PSC -por decir los principales- es que son nacionalismo antes que otra cosa. O sea, lo contrario que la teoría ideológica de izquierdas. Pero sirven para que el pueblo pique con la ideología y vote a partidos que acabarán gestionandolos contra ellos. Las trampas del nacionalismo.
    Cuando la clase obrera despierte, ya será demasiado tarde. No tendrá ni organizaciones sindicales. Todo será nacionalismo.

  4. Juan Perdiguer - Domingo, 16 de octubre de 2011 a las 19:36

    Con qué rigor y precisión lo expresa Sr. Olegario. Los que ya somos mayores y lo vivimos (aunqué en mi caso con poco entusiasmo, lo reconozco) recordamos bien aquella fiebre. Todo era válido contra el franquismo y el nacionalismo por el solo hecho de ser antifranquista ya estaba bien visto, sin cuestionar nada más.

    En aquellos momentos creo que nadie llegó a intuir hasta dónde llegaría el nacionalismo. Estas cosas son así, movimientos incipientes que empiezan con poca relevancia pero que como tienen el poder mediático, político y económico, acaban adoctrinando a una buena parte del pueblo. Ahí estamos ahora.

  5. Libre - Lunes, 17 de octubre de 2011 a las 09:49

    My buen artículo.

  6. OJO AL DATO, - Lunes, 17 de octubre de 2011 a las 21:33

    cuestión de mochilas

  7. José Ruiz - Miércoles, 19 de octubre de 2011 a las 19:49

    El artículo de Olegario, ¡extraordinario!¡Felicidades!
    Y los comentarios publicados, muy buenos.
    A “Pablito” le pido que desarrolle el suyo, ya que creo que se equivoca, o no sé ver la relación del PSC de Raventós (por ser el pagano), partido que creó en 1.976, y de Obiols, el ideólogo (cosa que jamás comprendí) y otros “burgueses” de San Gervasio (todos ellos “héroes” antifranquistas, una vez muerto Franco, como la inmensa mayoría), con la batalla del Ebro.

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