Fariseos en Barcelona

18.02.2012 | 16:25
 

Se lamentaba en un valiente artículo, Fariseos en Cataluña, aparecido en La Vanguardia el 2 de febrero de 2006, el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Barcelona Francesc de Carreras, de que ‘la vida política ofical de Cataluña está repleta de fariseísmo e hipocresia y lo políticamente correcto es negar que exista la discriminación por origen’.

‘En la selección de ciertos cargos públicos, las prevenciones sobre la idoneidad de un candidato en el caso de que no sea catalán de nacimiento sigue siendo una de las reglas no escritas de la política catalana. […] Quizás […] habría que mostrar estupor […] por el hecho de que entre los miembros del Gobierno [autonómico] de Cataluña [se refería a los de entonces] no figure ningún apellido terminado en z. Todo ello quizás confirma la probable vigencia de aquella famosa frase de Antonio Santiburcio, dirigente del PSC prematuramente muerto, que al ser preguntado por sus posibilidades de ser candidato a alcalde de Barcelona, dado que era el máximo dirigente de su partido en la ciudad, respondió: “Lamentablemente, un inmigrante en Cataluña todavía no tiene posibilidades de aspirar a ser ni alcalde de Barcelona ni presidente de la Generalidad”. Ante estas palabras, un conocido arquitecto comentó: “¿Pero quién es ese Santiburcio?”. Sólo le faltaba añadir: con ese apellido no puede aspirar a nada’.

Si bien José Montilla (PSC), aunque pagando el precio de la sumisión del inmigrante normalizado (“soy catalán nacido en Andalucía”, ¿recuerdan?), superó esa barrera invisible, para estupor de muchos nacionalistas que no escondieron su contrariedad en público en una actitud claramente xenófoba propia de su ideología –como, por ejemplo, Marta Ferrusola, esposa del ex presidente autonómico Jordi Pujol (CiU)-, no ha sucedido lo mismo, hasta ahora, en el Ayuntamiento de Barcelona.

Hagamos, seis años después, el ejercicio que realizó, en su día, De Carreras y pasemos, primero, revista a los apellidos de los alcaldes de Barcelona con posterioridad al fallecimiento del dictador y la vuelta de la democracia: Socías i Humbert (1976-1979), Font i Altaba (1979), Serra i Serra (1979-1982), Maragall i Mira (1982-1997), Clos i Matheu (1997-2006), Hereu i Boher (2006-2011) y Trias i Vidal de Llobatera (desde 2011). No encontramos ningún apellido terminado en z.

¡A lo mejor tenemos más suerte con los integrantes actuales de la Comisión de Gobierno del Ayuntamiento de Barcelona! Veamos, además del alcalde, la integran: Ardanuy i Mata, Blasi i Navarro, Ciurana i Llevadot, Forn i Chiariello, Fandos i Paya, Freixedes i Plans, Homs i Molist, Martí i Galbis, Puigdollers i Fargas, Recasens i Alsina, Rognoni i Viader, Vila i Valls, Vives i Tomas y Iniesta i Blasco. Tampoco ha habido suerte.

Aunque todo se pueda deber a la casualidad, realmente es algo sorprendente que no aparezca ninguno de los apellidos, García, Martínez y López, más comunes en Barcelona –en idéntico orden que los datos estadísticos globales otorgan para el conjunto de Cataluña-. Es evidente, para un observador objetivo –en esto aconsejo acudir a los ciudadanos extranjeros, pues, aportan una visión abierta y sin prejuicios- que en Barcelona, como en el resto de Cataluña, en la práctica, existe una división basada en criterios etnolingüísticos. Los ciudadanos de lengua materna española -con ascendentes cercanos normalmente nacidos fuera de Cataluña aunque en el resto de España-, que suelen ser los de apellidos, mayoritariamente, terminados en z, resulta que no tienen acceso, en la proporción en la que por simples cálculos estadísticos correspondería, a ciertos cargos públicos. No existe, en definitiva, una igualdad real y efectiva de oportunidades.

El dato de la simple observación anterior es contundente: 0% de alcaldes de Barcelona con alguno de los apellidos terminado en z desde la transición; 0% de miembros de la actual Comisión de Gobierno local con alguno de los apellidos terminado en z. Tanta unanimidad en la discriminación resulta, como mínimo, sospechosa; y confirma lo que insinuaba De Carreras. La sociedad barcelonesa también es, todavía hoy, farisea e hipócrita.

Pareciera que alguna circunstancia ajena al normal devenir, perpetúa una division entre aquellos que mayoritariamente acabaran dirigiendo su vida a los quehaceres más humildes de la sociedad y entre aquellos otros, con la patina patriota o el salvoconducto de un apellido sin mácula, no sospechosos a priori de cuestionar los sentimientos políticamente correctos, que tendrán por ello, ya de entrada, el camino despejado a las más altas cotas de la vida pública.

A modo de anecdota, ¿quién no ha oído a algún conocido o amigo, de ideología nacionalista, decir aquello de “jo voto a algú d’aquí” (voto a alguien de aquí)? Referencia clara para referirse a que lo hacía a quien no fuera sospechoso de ser de allí como premisa fundamental.

No es la anterior discriminación –llamémoslo por su nombre- patrimonio del nacionalismo paralizante y excluyente barcelonés, ni catalán. En EEUU también existe esa sutil segregación que hace que los recien llegados (orientales, negros, hispanos…) ocupen mayoritariamente las capas más humildes de la sociedad y, lo que es peor, lo tengan más difícil para ascender en la escala social que los descendientes de aquellos que arribaron a su costas a bordo del Mayflower (anglosajones), y, en consecuencia, encontramos más que proporcionalmente representados en relación a su población relativa apellidos de estos últimos que de aquellos en las altas instancias, públicas y privadas de la sociedad norteamericana –igual pasa con la preponderancia del idioma inglés sobre el español, por ejemplo-.

Cuando los hechos son contumaces en presentarnos la realidad como es y no como debería ser, en condiciones normales, a partir del respeto a unos simples principios básicos de ciudadanía –que se pueden resumir en el clásico: libertad, igualdad y fraternidad- que deberían darse por supuestos en las sociedades democráticas regidas por el imperio de la ley, los excluidos tienen la legítima posibilidad de cuestionarse si no estan abocados irremediablemente a intentar cambiar las reglas del juego que perpetúan su discriminación, romper la baraja si no lo consiguen y plantearse, en consecuencia, establecer, como forma de supervivencia cívica, una estructura paralela a la oficialmente establecida, a todos los niveles –política, sindical, comunicativa, educativa, cultural, sanitaria, profesional, deportiva…- que ayude a reestablecer el equilibrio, sin discriminaciones, que los nacionalistas les han hurtado vistiéndolo, como sucedía con el traje nuevo del emperador, de una normalidad que no es la suya. Tampoco la mía.

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