No somos iguales ni ante la compañía del gas

06.03.2012 | 11:55
 

‘No sólo no somos iguales ante la ley, sino que no somos iguales ni ante la compañía del gas. Fíjense ustedes en esos millares de ciudadanos que en los días más fríos de este durísimo invierno han estado sin poder calentarse por una avería entre el agua y el gas. Ha sucedido en Pueblonuevo, barriada modesta de Barcelona, y no ha habido información sobre el caso que no procediera de la misma empresa responsable. Gas Natural ha ido informando de cuántos eran los afectados, de lo mucho que trabajaban para repararlo, de la supuesta responsabilidad de otra compañía, en este caso del agua, de cómo ya habían conseguido esto y aquello’ (Gregorio Morán, Todo tiene nombre, aunque huela, en La Vanguardia el 18 de febrero de 2012).

Se denomina infraestructura urbana (etimología: infra = debajo) a aquella realización humana diseñada y dirigida por profesionales de arquitectura, ingeniería civil, urbanistas, etc., que sirven de soporte para el desarrollo de otras actividades y su funcionamiento, necesario en la organización estructural de las ciudades y empresas. […] Comprende infraestructuras de: transporte, energéticas, hidráulicas, telecomunicaciones (televisión, telefonía, etc.) y de usos (hospitales, colegios, etc.) [fuente: Wikipedia].

La Barcelona olímpica, capital del modernismo y de Cataluña, reverso de Madrid, referente turístico y de congresos mundial, resulta que, hace tiempo, se observa presenta unas infraestructuras básicas deficientes, más propias de una ciudad decadente que de una que pretende serlo de las nuevas tecnologías.

En los últimos años hemos asistidos a grandes fallos de sistema que han afectado a grandes capas de ciudadanos, siempre, detrás, con una gran compañía monopolística que no dejan alternativa de elección al consumidor como protagonista: Cercanías (Renfe), luz (Fecsa-Endesa), gas (Gas Natural-Fenosa), agua (Aguas de Barcelona). Como consecuencia de lo anterior, se ha constatado siempre una falta de inversión en la obra pública que utilizan o de las que se abastecen la totalidad de los barceloneses que al final ha derivado en gravísimas averías con perjuicios, incluso, irreparables.

Sin embargo, somos de los ciudadanos españoles que pagamos los recibos más altos por estos conceptos además de que no han parado de subir por encima de la inflación; agua, luz, gas, billetes de transporte, etc., hacen de Barcelona la ciudad más cara de España.

¿No hay nadie en el Ayuntamiento de Barcelona que dé puntual noticia de este crimen ciudadano? ¿No queda ninguna asociación de vecinos? Aquellos chicos tan activos que se montaron sobre ellas para convertirse en urbanistas de futuro, ¿do están? Si el culo del alcalde y de cualquiera de sus concejales estuviera helado y sucio porque no pueden lavarse y sufren un frío siberiano –siberiaaaano, como dicen en los telediarios– eso no hubiera durado una semana. ¿Se imaginan algo semejante en el Ensanche barcelonés? ¡5.000 familias! Se consideraría una emergencia nacional, digo bien, nacional, ya me entienden. En ocasiones llamamos demagogia a la evidencia. Continúa Morán en su artículo referido.

No hay nadie. Para estos temas las administraciones hace tiempo que dejaron de realizar controles preventivos más allá de aquellos que les permiten cubrir el expediente y para la mayoría de ciudadanos, el asociacionismo vecinal no pasa de ser el lugar de reunión de unos cuantos abueletes con ganas de marcha o el lugar instrumental donde los cachorros de los partidos políticos meten sus narices para husmear, como sabuesos, qué es lo que se cuece y qué pueden agenciarse para tributar en las elecciones más próximas.

Para apagar el fuego, como siempre, se envía a un segunda fila. En este caso le ha correspondido lidiar al teniente de alcalde Antoni Vives i Tomàs (CiU), que, como otras veces, ha seguido el guión: “Comparto al cien por cien la preocupación por que una ciudad moderna sufra una avería de esta magnitud, […] es inadmisible tardar cinco días en reparar la avería”. Bla, bla, bla. Dentro de unos días se habrá pasado el efecto mediático y a otra cosa… hasta la próxima.

Ante esto, al parecer, sólo nos cabe la pataleta y la resignación. Constatar que aún somos una democracia limitada, de bajo nivel participativo, donde el ciudadano no ocupa el lugar central que debería; donde algunos aún pueden escapar, por ejemplo a Washington, con la esperanza de que nada ni nadie les alcance. Aún, efectivamente, en este país no somos iguales ante la ley. Ni siquiera ante la compañía del gas.

1 comentario en “No somos iguales ni ante la compañía del gas”

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  1. Alwix - Martes, 6 de marzo de 2012 a las 13:09

    A veure quan surt una noticia de Santos o de la Barcelonita…

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