Civismo

03.04.2012 | 10:41
 

Cartel de la ciudad de Barcelona (foto: Federico Llosa Marsé).

‘El civismo (del latín civis, ciudadano y ciudad) se refiere a las pautas mínimas de comportamiento social que nos permiten convivir en colectividad. Se basa en el respeto hacia el prójimo, el entorno natural y los objetos públicos; buena educación, urbanidad y cortesía. Se puede entender como la capacidad de saber vivir en sociedad respetando y teniendo consideración al resto de individuos que componen la sociedad siguiendo unas normas conductuales y de educación que varían según la cultura del colectivo en cuestión’ (fuente: Wikipedia).

Lo anterior puede resumirse en un sencillo no molestar; porque la convivencia es vivir en relación con los demás y unas pautas mínimas de comportamiento son necesarias para que sea posible. Estas pautas mínimas que en otras latitudes son ampliamente respetadas con escasa o ninguna regulación, al parecer, en Barcelona han necesitado de una regulación expresa: la Ordenanza de Civismo (su nombre oficial es el de Ordenanza de medidas para fomentar y garantizar la convivencia ciudadana en el espacio público de Barcelona).

En su exposición de motivos, la citada Ordenanza señala que su objetivo principal ‘es el de preservar el espacio público como lugar de convivencia y civismo, donde todas las personas puedan desarrollar en libertad sus actividades de libre circulación, ocio, encuentro, y recreo, con pleno respeto a la dignidad y a los derechos de los otros y a la pluralidad de expresiones y de formas de vida diversas existentes en Barcelona’.

Los resultados, al juzgar por la satisfacción de los barceloneses distan mucho que desear. El catálogo de infracciones cotidianas de la misma es innumerable y la llegada masiva del turismo, sobre todo, a partir de la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992 no ha ayudado precisamente. En este aspecto creo se ha de ser especialmente crítico, pues, campañas de ciertos turoperadores -con el silencio cómplice de nuestra autoridades- que venden la ciudad y su entorno como lugar de fiesta y desenfreno, donde casi todo está permitido no ayudan, precisamente, en la buena dirección.

Por otro lado, las infracciones a la Ordenanza y sus correspondientes sanciones caen en la mayoría de los casos en saco roto. Sólo acaban cobrándose el 20% de las multas a los incívicos con lo que se lanza el mensaje que serlo no está sujeto a responsabilidad pudiendo salirte gratis.

Frente a ello, sólo cabe que las autoridades hagan cumplir la normativa que han creado hasta sus últimas consecuencias y los ciudadanos barceloneses nos impliquemos más en el cuidado y vigilancia del espacio público cuya conservación acabamos pagando todos con los impuestos. Debemos dejar a un lado nuestra tradicional permisividad en estos temas y empezar a llamar la atención a los que se exceden en el uso y abuso del mismo, e, incluso, si es necesario con la denuncia.

Empecemos por exigir que se respeten conductas como las que refleja la fotografía que recoge un panel del Ayuntamiento de Barcelona situado en uno de nuestros parques (por cierto, ¿para cuándo la introducción de vigilantes en los mismos? -crearíamos puestos de trabajo y sería rentable-). A algunos quizás no les importe vivir en una pocilga, pero, a la mayoría sí. Impliquémonos y hagamos, entre todos, que la ciudad se convierta en un referente mundial cívico.

‘En Barcelona todo cabe, pero no todo vale’ rezaba, muy gráficamente, la última y enésima campaña contra las conductas incívicas sufragada por la administración municipal, reconociendo, implícitamente, una cierta impotencia.

Cambiemos. El ciudadano educado ha de poder, por fin, tener premio.

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