Ponga un gerente en su vida

24.05.2012 | 11:56
 

‘Frente a una indignación que no se concreta y frente al silencio ensordecedor de la indiferencia, la política institucional cada vez está más desconectada de la sociedad y más conectada con unas élites cerradas que solo se escuchan a sí mismas. Y así se va avanzando por la senda que marca la economía, que es la palabra mítica que sirve de eufemismo de las relaciones de fuerza reales. ¿Quién es esta economía que todos tenemos que obedecer? Un ente compuesto, formado por los que tienen poder económico y lo usan para influir en beneficio de sus intereses; un sinfín de expertos rendidos al dinero, que en esta crisis han puesto en evidencia a los más famosos departamentos universitarios y escuelas de negocios; unos tecnócratas con viaje de ida y vuelta entre el capital y la política, y unos conversos que creen que solo de pan vive el hombre. En este contexto, ¿dónde está la discusión sobre la sociedad que queremos?’, Josep Ramoneda, en un artículo publicado en El País el 27 de febrero de 2012.

El término gerente denomina a quién está a cargo de la dirección de alguna organización, institución o empresa o parte de ella. El papel del gerente es utilizar tan eficientemente como sea posible todos los recursos a su disposición a fin de obtener el máximo posible beneficio de los mismos. En otras palabras, maximizar la utilidad productiva de la organización, sección, etc. (fuente: Wikipedia).

Esta figura pensada, fundamentalmente, para el sector privado con el objetivo maximizador de beneficios que le caracteriza, fue introducida, en el sector público a partir de la división en este de tres ámbitos de actuación: el político, el político-profesional y el profesional. Los gerentes se incardinaban en el segundo ámbito y, a diferencia de los del nivel político, teóricamente, no tenían porqué cesar de forma automática cuando cesaban sus superiores o se producía un cambio de gobierno.

Así, en el Ayuntamiento de Barcelona la estructura gerencial -siguiendo las peticiones de las poderosas escuelas de negocios de la ciudad, que insaciables reclamaban como necesario profesionalizar a los directivos públicos- ya fue introducida a principios de los años 90 del pasado siglo por el entonces alcalde Pasqual Maragall (PSC), olvidándose, progresivamente, de que los objetivos de una administración pública son bien distintos a los de una empresa, pudiéndose resumir en dar servicio al interés general exigiéndose que ‘en sus relaciones con los ciudadanos las Administraciones públicas actúen de conformidad con los principios de transparencia y de participación’ (artículo 3 de la Ley que regula el régimen jurídico de las mismas).

El esperado Estatuto Básico del Empleado Público aprobado en el año 2007 introdujo, en su artículo 13, una ancha regulación del ‘personal directivo profesional’, es decir, fundamentalmente de los gerentes, a los que, desgraciadamente, no se les exigía siquiera una mínima titulación; sólo un difuso ‘mérito y capacidad’ y ‘criterios de idoneidad’ parecía querer acallar conciencias. Lo anterior supuso un sistema de reclutamiento ad hoc artesanal y personalista puesto a puesto, que ha degenerado en los últimos años, especialmente en las administraciones locales, en un enorme clientelismo y que tiene como resultado una mediocridad de una parte importante de estos empleados públicos.

Sea como fuere, en la actualidad en el Consistorio barcelonés encontramos gerentes, extraordinariamente bien pagados –entre 75.000 y 147.700 euros anuales (datos oficiales de 2011), si bien desconocemos su número, nombres y cualificación profesional. ¿Dónde queda la transparencia que le exige la legislación, señor Trias, alcalde de Barcelona? ¿Puede usted llenarse la boca con esos conceptos, cuando ni tan siquiera sabemos sus retribuciones completas con cargo a fondos públicos? Una vez más, le animo a que recupere la vergüenza y comparta esa información con los contribuyentes que, además, somos ciudadanos y vecinos de esta ciudad.

También la legislación exige que la designación de los gerentes se lleve a cabo mediante procedimientos que garanticen la publicidad y la concurrencia. Vista la realidad del día a día de nuestro Consistorio, resulta, como mínimo, burlada esa exigencia en la mayoría de ocasiones. Nadie, con un mínimo de visión y criterio, se cree que en el Ayuntamiento de Barcelona exista concurrencia para esos puestos… y, últimamente –muy especialmente desde la llegada al poder de nuevo equipo de gobierno-, ni publicidad. ¿Lamentable, no creen?

Así, investigando en la vida de algunos gerentes que han hecho vida laboral en el Consistorio barcelonés, en sus institutos, empresas, consorcios o fundaciones relacionadas, encontramos integrantes de profesiones tan horradas como camilleros, administrativos u otras varias de escasa cualificación, y, en ocasiones, con el mérito tan discutible de ser las parejas, coyunturales o no, de los anteriores, familiares, amigos, etc. Todo ello sin el menor sonrojo ni la más mínima intención de explicarse.

Ponga un lacayo, perdón un gerente, en su vida y verá como esta mejora, puesto que este, por un precio razonable, le hará el trabajo sucio de servirle de barrera respecto al resto de empleados públicos y, en general, respecto a la ciudadanía. El no sabe no contesta elevado al grado de norma general y cotidiana en nuestras administraciones; también, en la que rige Barcelona.

Para acabar, una anécdota divertida e ilustrativa que me contó un gran amigo hace años y que sirve para resumir la situación y reflexionar sobre el tema:

Un hombre camina por la calle de un pequeño pueblo, cuando de pronto se da cuenta que encima de él hay un globo aerostático flotando. De ese globo cuelga una canasta, y en esa canasta hay un señor, que le hace señas desesperado. Con curiosidad, se aproxima lo más que puede y escucha con atención. Al fin, el piloto del globo logra que el aparato descienda un poco y le grita:

– Disculpe. ¿Podría ayudarme? Prometí a un amigo que me encontraría con el a las dos de la tarde, pero ya son las dos y treinta, y no se dónde estoy.

El transeúnte, con mucha cortesía le respondió:

– ¡Claro que puedo ayudarle! Usted se encuentra en un globo de aire caliente, flotando a unos veinte metros encima de esta calle. Está a cuarenta grados de Latitud Norte y a cincuenta y ocho grados de Longitud Oeste.

El aeronauta escucha con atención, y después le pregunta con una sonrisa:

– Amigo, ¿es usted ingeniero?

– Sí, señor, para servirle, pero ¿cómo lo supo?

– Porque todo lo que usted me ha dicho es técnicamente correcto, pero esa información no me sirve de nada, y sigo perdido.

El ingeniero se queda callado a su vez, y al final le pregunta al del globo:

– Usted, ¿no será por casualidad, gerente?

– Sí, soy gerente de una empresa. ¿Cómo lo ha averiguado?

– ¡Ah! Muy fácil: Mire, usted no sabe ni dónde esta, ni para dónde va. Hizo una promesa que no tiene ni idea de cómo cumplir, y espera que otro le resuelva el problema. Está exactamente tan perdido como antes de preguntarme.

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