España campeona, Trias dimisión

06.07.2012 | 09:25
 

“La única patria verdadera es la patria del amor y de la igualdad” (Federico García Lorca)

Cuando Xavier Trias (CDC) fue investido alcalde de Barcelona el 1 de julio de 2011 -ha hecho ahora, justamente, un año- todos sabíamos que accedía a la más alta autoridad municipal un político de una formación nacionalista catalana, cuya ideología, por definición, es contraria a la permanencia de España como nación, tal y como la conocemos desde hace siglos.

Sabíamos que con el nuevo alcalde se ahondaría en la discriminación lingüística del español y de lo español a la que ya nos tenían acostumbrados sus antecesores; se privilegiaría al sector privado -especialmente afín- con corruptelas más o menos generalizadas y se perjudicarían los derechos de los trabajadores públicos a su cargo.

Una de las muchas banderas que estos días han colgado de los balcones de los edificios de Barcelona (foto: Federico Llosa Marsé).

No cabía esperar menos de un alcalde del que ni siquiera sabemos cuánto cobra por todos los conceptos pese a que se le ha reclamado, insistentemente, esta información por los ciudadanos, incluido el que suscribe desde estas mismas páginas; o al que el subconsciente juega malas pasadas como cuando manifestó que “sería una desgracia tener un yerno del Espanyol”.

Lo que no sabíamos es que con su llegada, el alcalde de la ciudad, se limitaría a serlo de sólo parte de los vecinos de la misma: de aquellos que piensan y se sienten como él -sólo y excluyentemente catalanes-, despreciando al de opinión diferente. Olvida el señor alcalde de Barcelona que, aproximadamente, tres cuartas partes de la población catalana se siente a la vez, en proporciones variables, catalán y español.

Negar, pese a la insistencia de algunos partidos políticos y miles de ciudadanos, la posibilidad de instalar una pantalla gigante en Barcelona para poder seguir -de forma cívica, lúdica y festiva- un acontecimiento deportivo de alcance internacional, simplemente, porque no casa bien con sus postulados dogmáticos ideológicos, pudiera ser admisible para el líder del partido, pero, de ninguna forma y bajo ningún concepto para el alcalde que debe serlo de todos los ciudadanos barceloneses, apuntandose, encima, a excusas de mal pagador que demuestran su falta de respeto al ciudadano.

Con su actuación, ha intentado limitar a muchos vecinos su legítimo derecho a la libertad de expresión y de reunión; pero, lo que es peor, ha discriminado a aquellos que no sienten como se debe sentir, en su opinión, en Barcelona y el resto de Cataluña. Ha olvidado que tal y como proclama la Constitución, en su artículo 14, ‘los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social’.

No obstante, miles de ciudadanos de toda Cataluña salieron a la calle para celebrar la victoria de la selección nacional española -en la que se incluyen muchos jugadores que viven y trabajan en Barcelona- y es que no se le pueden poner vallas al mar de la libertad. Incluso sociólogos e historiadores nacionalistas analizan aún la inoportuna para sus intereses audiencia récord de la final de la Eurocopa en Cataluña como ha reconocido La Vanguardia en un curioso por esperpéntico artículo firmado por Javier Ricou, que, desde un punto de vista decididamente afín al poder establecido en esta Comunidad Autónoma, da razones tan imaginativas como que ‘el juego en clave Barça y el mal tiempo ayudaron a sumar audiencia’ en Cataluña, concluyendo con un patético deseo de que ‘el bálsamo del fútbol es pasajero y, pasada la euforia de la victoria, las cosas vuelven a su sitio’. Vergüenza ajena es lo que dan; pero, en fin, ya se sabe que no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor prensa que la subvencionada.

A menudo, en esta Comunidad Autónoma, en las administraciones que controlan los nacionalistas -actualmente, prácticamente, todas- se sigue la consigna de imponer una forma de ser, una única visión de las cosas, una lengua, etc. dándoles exactamente igual lo que elijan los ciudadanos. El problema es que ello es contrario a derecho.

En este sentido, y siguiendo una reciente sentencia de un juzgado catalán ante un evidente desacato nacionalista, ‘si la Administración decide situarse fuera de la legalidad, debe ser plenamente consciente de las consecuencias que ello puede tener, y pechar y asumir cuantas derivaciones jurídicas se produzcan [incluso penales] de una ilegalidad cometida por quien está obligada a la aplicación de la legalidad’.

Sería como admitirle a la Administración (en expresión utilizada por el propio Tribunal Constitucional, en la sentencia 137/2007, de 18 de junio) la utilización ‘por decirlo llanamente en expresión usual, de una doble vara de medir‘, que es sencillamente la que ha venido aplicando la Administración municipal barcelonesa, respecto a los ciudadanos que se sienten españoles y quieren expresarse así, desde que su nuevo alcalde alcanzó tan alta dignidad pública.

Un alcalde de Barcelona debe serlo siempre de todos sus ciudadanos, y, si no se puede o no se quiere, entonces, es mejor dejarlo, entre otras cosas porque es contrario al juramento o promesa de acatar y hacer cumplir la Constitución que se realiza para acceder al cargo. Es por todo lo anterior, con la evidencia que muestran los hechos contrastados, que en mi opinión ha quedado inhabilitado para el cargo que ocupa, y que con toda humildad, pero con la solemnidad que merece el momento y la legitimidad que se ofrece al que está cargado de razones, le pido su dimisión.

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