El bueno, el feo y el malo

03.08.2012 | 12:26
 

‘Según cuentan, el nacionalismo catalán ha desplazado el centro de gravitación de su discurso. La economía sustituiría a la identidad. En realidad, sería más justo decir que a la identidad se añade la economía. Porque la batalla identitaria no admite holganza. Basta con acordarse de la última campaña electoral autonómica, cuando, en mitad de un debate, Mas, entonces un candidato entre otros, con ese sentido patrimonial del país tan característico de la burguesía nacionalista, le dijo a otro candidato que intervenía en la lengua mayoritaria y común de los catalanes: “Fíjese si somos tolerantes que usted habla en castellano en la televisión nacional de Cataluña y no pasa nada”.  La frase, de las que arruinan carreras en las sociedades que penalizan el desprecio a los ciudadanos, hay que masticarla un rato para paladear sus sabores’ (Félix Ovejero Lucas, El nacionalismo: de la identidad a la economía, Abc, 1 de agosto de 2011).

Recordando la celebrada y ya clásica película de Sergio Leone, estrenada en 1966, ambientada en el viejo oeste y cuya trama gira en torno a tres pistoleros que luchan por encontrar un tesoro durante la Guerra de Secesión (Guerra Civil estadounidense), uno tiene la tentación veraniega de trasladar la acción a la Barcelona de 2012, tomando como protagonistas a los líderes políticos que nos gobiernan en estos tiempos de crisis cuyas consecuencias se han hecho recaer sobre las sufridas espaldas de los más débiles.

Primero, claro está, el presidente de la Generalidad, Artur Mas, que no podría presentarse ante la ciudadanía con esa imagen de salvapatrias sin la ayuda de sus colaboradores más cercanos que le evitan el trabajo desagradable y le hacen aparecer siempre ante la opinión pública inmaculado, ajeno a todo desastre conocido producido por la política nacionalista y por los miembros de un partido -el suyo- lleno de oportunistas de aquí -ahí radica la diferencia-:  Oriol Pujol Ferrusola -vinculado a la trama corrupta de las ITV-, Joana Ortega -que falseó su currículo ante la opinión pública y permitimos que se quedase tan ancha (eso en otras latitudes supone la dimisión inmediata)- y Francesc Homs -ese clónico de l’avi Pujol al que copia hasta los gestos y aunque carece de su convicción y autoridad, sí comparte su odio a España-. En fin, si tuviéramos que juzgar al personaje por sus colaboradores, concluiríamos que no son las mejores manos para llevar el timón de una crisis profunda como la que padecemos. Antes fue útil la reforma del Estatuto, ahora el pacto fiscal -como bien apuntó Félix Ovejero en el artículo referenciado-, mañana lo que más convenga sacar de la chistera nacionalista.

Para guardar el orden políticamente correcto, encontramos al consejero de Interior, Felip Puig, ese forzado cocinero de la política que pese a su fina inteligencia debió asumir que no servía para vendedor de helados y así se le recolocó como sheriff del Principado. Estudiantes, antisistema y miembros de sindicatos no dóciles con el Gobierno autonómico son su objetivo inmediato. Pretendió vigilarlos a lo gran hermano, pero, tuvo que recular ante las críticas de la oposición y de la sociedad civil barcelonesa.

Por último, el poder local lo ocupa el inefable alcalde Xavier Trias. Con él los niveles de intolerancia –lingüística e identitaria– y de entrega a los poderosos han alcanzado cotas insospechadas. Debe pensar que la inhabilitación a sus años, incluso, le sería rentable políticamente. Siempre ha antepuesto los intereses de los comerciantes a los de los vecinos (el último episodio lo están viviendo los de Santa Caterina, San Pere y la Ribera) y los de la burguesía catalana a los de todos. En fin, un totalitario.

Como en la trama del filme al que hacía referencia, los tres sólo buscan una cosa: el oro. La construcción nacional es la excusa; engordar a la burguesía catalana manteniendo sus privilegios es en realidad el fondo que subyace en la historia. Como buenos actores de la política, de lo que se trata es de hacer creíble a la gente sus mentiras. ¡Cuánto daría por tener a alguno de los tres en la posición que queda el malo al final de aquella película!

Quizás así nos contasen todo lo que saben sobre el alcance último de sus fines y sobre la oscuras tramas de corrupción que siempre acaban con ramificaciones que llegan a los cargos más altos de su partido, al que algunos ya han rebautizado jocosamente como Corrupció Democràtica de Catalunya.

1 comentario en “El bueno, el feo y el malo”

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  1. Rodrigo Martínez - Domingo, 12 de agosto de 2012 a las 07:55

    Es obvio que aquí brilla por su ausencia el bueno. Aunque se gasten grandes sumas de dinero para blanquear la imagen de Artur Mas, sea en la prensa escrita, en la tv o en las radios. ¿O, acaso, alguien será tan “surrealista” para negar que todas estas instancias mediáticas han sido compradas con generosas subvenciones por parte del nacionalismo de escritorio que reina en Catalunya.

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