La Sagrada Familia y Orwell, en respuesta a Daniel Arasa

06.11.2012 | 16:50
 

‘Por primera vez desde mi llegada a Barcelona, fui a ver la catedral [la Sagrada Familia], una catedral moderna, y uno de los edificios más horribles del mundo… A diferencia de la mayoría de las iglesias de Barcelona, no había sido dañada durante la revolución –se había salvado gracias a su valor artístico, decía el pueblo-. Pienso que los anarquistas demostraron mal gusto no destruyéndola cuando tuvieron oportunidad’ (George Orwell).

La experiencia de Orwell en la Barcelona de 1936-1937 le motivó para escribir Homenaje a Cataluña, donde se inserta ese párrafo y donde describe su admiración por lo que es identificado como ausencia de estructuras de clase en algunas áreas dominadas por revolucionarios de orientación anarquista.

Daniel Arasa, en un artículo recogido en La Vanguardia (30 de octubre de 2012), señala que ‘tal afirmación daña el mito de Orwell. No es sólo cuestión de gustos estéticos. […] El hecho mismo de que justificara la destrucción y aún pidiera más, su admiración por una revolución que derramó mucha sangre en aras de un supuesto igualitarismo social, su fascinación por aquella Barcelona que en 1936 crearon los anarquistas hasta que la pulverizaron los del PSUC en mayo de 1937, rebajan el peso de sus argumentos de denuncia de los totalitarismos’.

No puedo compartir su opinión. Arasa parece querer olvidar las imbricaciones profundas entre la jerarquía de la Iglesia católica y las oligarquías terratenientes que controlaban España a principios del siglo pasado y que culminarían en el mayor desastre de su historia, la Guerra Civil. Unamuno, en su retiro forzado que acabó con su vida, lo resumió certeramente: “Sí, son horribles las cosas que cuentan de las hordas llamadas rojas, pero no hay nada peor que el maridaje de la mentalidad de cuartel con la de la sacristía, porque el grosero catolicismo tradicionalista español apenas tiene nada de cristiano”.

Aquella Sagrada Familia, un edificio que como San Pedro en Roma por sus dimensiones siempre me han parecido obscenos por inútiles al servicio de la interiorización trascendente de los hombres, comportaba dar pábulo a la injusticia social que representaba una determinada concepción de la Iglesia que poco o nada tenía que ver con sus raíces cristianas.

Y es que si, como sabemos, en un sentido estricto, la condición de Estado laico supone la nula injerencia de cualquier organización o confesión religiosa en el gobierno del mismo, ya sea, en el poder legislativo, el ejecutivo o el judicial, la España de entonces, como la de ahora, debieran recorrer un largo trecho para alcanzar aquel deseable objetivo que, incluso los feligreses auténticos hoy, reclaman.

Critico ahora esa visión subjetiva de aquel momento histórico único e irrepetido, como critiqué en otro post anterior las implicaciones actuales, nunca auditadas, de la burguesía barcelonesa y el nacionalismo catalán en la fundación que controla ‘la catedral de los pobres’.

Refiriéndose a Barcelona, Orwell continúa diciendo en el mismo libro referenciado:

‘Por primera vez en mi vida me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas… en cada tienda y café, se veían inscripciones que proclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los limpiabotas se habían colectivizado, y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro. Mozos y vendedores miraban al cliente cara a cara y lo trataban como igual. Las formas serviles y ceremoniosas del lenguaje habían desaparecido. La ley prohibía dar propinas… El aspecto de la multitud era lo que más extrañeza causaba. Parecía una ciudad en las que las clases adineradas hubieran dejado de existir… ello resultaba extraño y conmovedor… reconocí inmediatamente un estado de cosas por el que valía la pena luchar’.

Luego ya saben lo que pasó, Franco llegó para imponer su orden y restaurar las jerarquías; también la católica. Salud y anarquía.

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