España

El Gobierno de Rajoy tiene 578 asesores eventuales de confianza

La cifra es un 8,1% menor al total del personal eventual que dejó Zapatero al salir del Gobierno. Para ocupar un cargo de confianza no es necesario ningún título académico y tanto su nombramiento como su cese son libres a decisión de la autoridad política correspondiente.

Redacción
Domingo, 27 de enero de 2013 | 12:50

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en los pasillos del Congreso (foto: la Moncloa).

El Gobierno tiene 578 asesores eventuales que trabajan para Mariano Rajoy, los ministros y los secretarios de Estado. Esta es la cifra que ha facilitado el propio Gobierno -a una pregunta de UPyD- y su número es algo menor (51 menos, un 8,1%) del total de asesores eventuales que tenía el anterior presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, a finales de su mandato en 2011.

El Ejecutivo ha destacado que el número de personas que ostentan la condición de eventual ‘ha experimentado una reducción significativa en los últimos meses’. En concreto, ha señalado que, de acuerdo con los datos del Registro Central de Personal, el 1 de diciembre de 2011, había un total de 629 efectivos en la Administración General del Estado con la condición de asesor eventual, mientras que a 1 de noviembre de 2012, este número ha descendido a 578.

El Gobierno ha recordado que ‘lo que comúnmente se identifica como asesor y personal de confianza’ es técnicamente ‘personal eventual’, y que son las leyes de la función pública las que determinan los órganos de gobierno de las Administraciones públicas que pueden contratar a personal de esta categoría.

Para la Administración General del Estado, ha explicado el Gobierno, el personal eventual, con carácter general, ‘solo’ presta funciones en el gabinete del presidente del Gobierno, de la vicepresidenta, de los ministros y secretarios de Estado, así como ‘algunos puestos’ correspondientes a oficinas de prensa o relaciones sociales.

No se requiere título académico

Respecto a los criterios utilizados para la selección del personal eventual, el Gobierno ha detallado que, tanto su nombramiento como su cese ‘son libres’, y que, en todo caso este último coincide con el cese de la autoridad a la que presta la función de confianza o asesoramiento.

‘Por eso, la condición de personal eventual no podrá constituir mérito para el acceso a la función pública o a la promoción interna’, ha puntualizado el Ejecutivo en su respuesta a UPyD, a la que ha tenido acceso Europa Press. En esta línea, para ser asesor del Gobierno no se requiere ningún título universitario, aunque la mayoría son funcionarios de carrera.

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3 Comments en “El Gobierno de Rajoy tiene 578 asesores eventuales de confianza”

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  1. Augusto - Domingo, 27 de enero de 2013 a las 22:29

    LENGUAJE DE MASAS

    Los lenguajes de la propaganda y de la publicidad son lenguajes de masas, constituyen el medio de una socialización masiva de los mensajes que nace como acontecimiento simultáneo, en torno al siglo XIX, de una práctica política de masas (bajo el signo de la Revolución francesa y del sufragio universal) y de una producción masiva (bajo el signo de la revolución industrial). Sin embargo, una y otra, propaganda y publicidad, han alcanzado respectivamente toda su envergadura a partir de la revolución de Octubre y de la crisis mundial de 1929. Y, de golpe, sus campos respectivos (y su lenguaje), se han acercado hasta confundirse. Está claro que la publicidad ha nacido como factor de relanzamiento y de consolidación del neo-capitalismo, pues aparece como práctica política.

    Respecto a la propaganda, se define desde el principio como un auténtico marketing y merchandizing de ideas-fuerzas, de hombres políticos y de partidos con su “imagen de marca”. Cada vez más, propaganda y publicidad convergen hoy en una estrategia global de las relaciones humanas, en un estilo de comunicación y de lenguaje. Y es en esta convergencia actual que definen un tipo de sociedad, la nuestra, donde ya no hay diferencia entre lo económico y lo político, porque el mismo lenguaje reina ahí de un extremo a otro, en una sociedad pues donde la “economía política”, literalmente hablando, está plenamente realizada. Siempre ha habido técnicas de difusión comercial o de sugestión política, pero la publicidad y la propaganda no aparecen verdaderamente más que en el momento en que el lenguaje aspira a un público total y se convierte ella misma en totalitaria. Es la era de los medios de comunicación.

    La estructura de la modernidad

    Basada en una primera fase sobre una psicología del reflejo condicionado, del martilleo y del electro-shoc, es decir sobre una técnica mecanicista y metalúrgica de las relaciones humanas, este lenguaje de masas se orienta actualmente hacia una psicología del contacto, del diálogo y del feed-back, es decir hacia una técnica cibernética de la información como sistema de relaciones integradas. Sin embargo, de todas formas, se define por un corte decisivo entre una categoría de emisores y una masa de receptores (ciudadanos o consumidores), corte que lo distingue del tránsito directo de la palabra entre los miembros del grupo tradicional.

    Con este tipo de lenguaje mediático aparece así una estructura característica de la modernidad: la división técnica en materia de comunicación y de mensajes, que vienen a sancionar y redoblar la división técnica y social en materia de producción de bienes materiales. Con la publicidad y la propaganda, ligadas a la emergencia de los medios de comunicación y de los soportes modernos (prensa, cine, radio, televisión …), se instala una regulación colectiva de los signos en un sentido único, sin verdadera respuesta posible (¿quien responde a los mensajes en la publicidad y en la propaganda?, es en ese sentido que su lenguaje es totalitario), y esta regulación unilateral coincide con aquella de la producción y de la distribución de los bienes materiales.

    Una lengua operacional

    En el orden funcional, lo que caracteriza este tipo de lenguaje es el predominio de lo que Jakobson denomina la ”función conativa”: la intención del destinatario. Son lenguajes “operacionales” que buscan influir en el comportamiento del receptor. Tiene también una función referencial: una se refiere a los bienes de consumo, la otra a la gestión de la cosa pública. Pretenden instruir, exponer, decir la verdad –se atrincheran siempre, a menudo patéticamente y con buena fe, tras ese valor de la información y de la objetividad-, pero la referencia objetiva de este discurso, de lo que habla, desaparece ampliamente tras el modo sobre el cual habla: modo imperativo, modo seductivo. Es necesario provocar la adhesión, forzar el consenso y, en el límite –eso es cada vez más claro con la intensificación actual de los medias-, el contenido no es más que una coartada de esta función de seducción. El término alemán, que designa el conjunto de esas prácticas, lo dice muy bien: werben significa originalmente la solicitud erótica y amorosa.

    La manipulación comercial o política, pretendiendo hacer pasar tal producto o tal ideología, no es sin duda más que el discurso manifiesto de la publicidad y de la propaganda. Por otra parte a este nivel, su eficacia es totalmente relativa: la propaganda convence cada vez menos, sus contenidos se anulan en cierto modo unos con otros, y la publicidad, se comienza a percibir, no para vender (es el menor de sus defectos), pero poco importa, su estrategia está en otro lugar, es de integración social generalizada, de puesta en escena de toda relación humana según el código que ellas imponen, de control social generalizado sobre el modo seductivo, de abstracción y de espectáculo (tras la ideología del contacto, del diálogo y de la solicitud). Es esta forma, es decir en modo alguno tal o cual contenido, sino una cierta forma, totalitaria, de relación social lo que este lenguaje impone.

    Más allá de la verdad y de lo falso

    De este modo, publicidad y propaganda marcan una fase decisiva (tal vez definitiva) en la historia de la comunicación. La racionalidad occidental ha estado basada, en materia de discurso, sobre el criterio de lo verdadero y de lo falso. Ahora bien, este neo-lenguaje, que se ha convertido en lengua social dominante (se ha instalado no sólo los campos tradicionales del comercio o de la política), está más allá, o más acá, de lo verdadero y de lo falso. Cambia totalmente los fundamentos tradicionales de verdad y de falso, puesto que no vive de realidad objetiva, vive del código y de los modelos; no vive de la referencia o de la verdad, vive de la seducción actual, del deseo, efímero y total, del código. En modo alguno nos engaña: esta objeción de mentirosa, de fantasmada y de mistificación que se hace a la propaganda y a la publicidad es la más débil y la más ingenua. Tanto como la interrogación complementaria, verdadera serpiente de mar de las ciencias humanas: ¿qué es lo que la gente se cree o no se cree?.

    Los publicitarios, los propagandistas ¿creen lo que dicen? (estarían medio perdonados).

    Los consumidores, los electores ¿no creen más que lo que les dicen? (estarían medio salvados).

    Pero la cuestión no es esa. Se ha podido decir (D.J. Boorstin, La imagen) que el genio de Barnum, o de Hitler, fue descubrir no lo fácil que es abusar del público, sino que el público quiere ser engañado. De este modo los problemas más serios que plantea la publicidad no vienen tanto de la falta de escrúpulos de quienes nos engañan como de nuestro placer de ser engañados: no proceden tanto del deseo de seducir como del deseo de ser seducidos. Hipótesis seductora, pero que no va al fondo: no hay, a este nivel de lengua, manipulación de lo verdadero y de lo falso, por la razón de que borra, o desplaza radicalmente, las condiciones mismas de lo verdadero y de lo falso.

    La publicidad, por ejemplo, hace de los objetos acontecimientos excepcionales y únicos, pero ella los construye como tales sobre la base de la eliminación de sus características objetivas. Ella los construye como hecho diverso espectacular, como mito, como modelo. Los medios de comunicación hacen lo mismo con los acontecimientos “históricos”: construyéndolos como modelos. Eventualmente, los construyen por piezas como modelos de simulación, y la publicidad hace lo mismo con las ideas y los conceptos de la práctica social y política. “La publicidad moderna vive su esplendor cuando un reclamo no era más que un anuncio espontáneo, pero se convirtió en noticias fabricadas” (Boorstin). Estos modelos no son falsos: tienen su lógica y su coherencia, pero ya no producen ninguna realidad –sino de su propio código, convertido en principio de realidad- y la seducción profunda de estas lenguas procede sin duda de esta hipercoherencia de un código, de un tratamiento mítico y estructural donde la seducción puede al fin ejercerse libremente, donde el deseo puede cumplirse sin contradecir a la realidad. (La simulación se encuentra también en la base de toda cibernética y de la investigación operacional, y sabemos cuán poderoso control social constituyen en la actualidad.)

    Publicistas y propagandistas son también unos operadores míticos, pero no son mentirosos. Lo más grave, de alguna forma, por tanto, no es que nos hayan mentido, sería fácil de desenmascarar. Todo su arte consiste en la invención de exposiciones persuasivas que no sean ni verdaderas ni falsas.

    Por eso, su lengua revela una completa mutación histórica y social que se realiza bajo la lógica del signo. La comunicación de masas está más allá de la verdad o de lo falso, como la moda está más allá de lo bello y de lo feo, como la “razón” política está más allá del bien o del mal, como los objetos actuales están más allá de lo útil y de lo inútil. Todos los grandes criterios humanistas del valor, ese de toda una civilización del juego, moral, estético, práctico, se decoloran en nuestro sistema de imágenes y de signos.

    Si esa lengua de la seducción operacional es un discurso mítico, puede preguntarse dónde está el principio de su eficacia real: es esa de la palabra poética, de la selffulfilling prophecy. “La publicidad es la maestra de un arte nuevo: el arte de las cosas verdaderas afirmando lo que ellas son. Es una adepto de la técnica de las profecías que se cumplen ellas mismas.” Si por tanto este leguaje tiene su “verdad”, es completamente distinta a la de propia verificación.

    La publicidad no supone realidad previa, puesto que ella no es un objeto, sino una confirmación posterior, por la realidad del signo que ella emite. Ella hace del objeto un pseudo-acontecimiento que se convierte en acontecimiento real de la vida cotidiana a través de la adhesión del consumidor a su discurso. La verificación de su discurso es aquél del consenso que provoca y su intercambio es ese incluso de su desciframiento: definición perfecta del signo mágico, todo-poderoso del artefacto del signo en el intercambio del mundo. Así tenemos, de este modo, los sondeos donde se lee el rostro más moderno de la propaganda: imposible saber si ellos reflejan una opinión pública o si el voto real no es más que el último de los sondeos –pero entonces ya no es un acontecimiento real, no es más que una imagen del modelo de simulación anticipado.

    Lógica interna de esta neo-lengua

    A este desplazamiento de lo verdadero y de lo falso, a esta inversión del referente y del código corresponde otro esquema del discurso totalmente distinto al de la lógica tradicional.

    La articulación lógica es reemplazada por la tautología. “Omo, es el detergente”, “La mayoría, es Ud.”, etc. Esa escena general culmina en la pura y simple encantación de la marca publicitaria o del slogan político. Todos los signos se reducen a un solo signo que se iguala a sí mismo: la marca o el eslogan. Es sobre este signo impuesto, incansablemente redoblado sobre sí mismo, que gira este discurso, lo contrario del discurso lógico abierto. Y es esta tautología secreta, incluso si se envuelve en significados y en figuras retóricas muy ricas, la que hace su causalidad eficaz y su verosimilitud. Es la repetición interna la que induce la repetición “mágica” del discurso en el acontecimiento.

    La paralogía del detalle

    La publicidad es un discurso total sobre los detalles, las diferencias marginales, las verdades parciales convertidas en totalidad. Es la letanía, por ejemplo, del cigarro encendido, la retórica de lo accesorio. En propaganda también, la técnica consiste en orquestar tal detalle, tal aspecto selectivo de la realidad, hasta la saturación del campo ideológico. (La propaganda racista es la exaltación dirigida de un único, y sólo uno, carácter diferencial, la raza o la sangre, o la lengua para los nacionalistas en Cataluña, para hacerla una ideología total). Ahí también, la lógica de todo y de la parte se sustituye por la de la verdad y lo falso. La lógica del desplazamiento y de la sustitución toma el lugar de la articulación dialéctica.

    “¿Le gusta conducir? BMW”. “Tres cuchillas de afeitar en una: cuando Philips supera a Philps”. “Compre ahora, pague mañana”. “Invisiblemente vestida”.

    Este principio de síntesis mágica, corolario de aquel de la tautología, se revela en política como la lengua misma del terrorismo y de la disuasión: es la famosa Paz es guerra, guerra es paz de George Orwell (1984), también “bomba limpia”, las caídas “inofensivas” y, de otro modo, “la mayoría, eres tú”. Lenguaje hipnótico que no conoce ninguna contradicción ni la negatividad y reúne así lo que Freud describe como proceso primario: “Los pensamientos contradictorios no se distinguen, sino que se yuxtaponen, se condensan y forman un compromiso que no admitimos nunca en el pensamiento normal “(La interpretación de los sueños).

    Nos encontramos con la paradoja en el retorno mágico de la «antipublicidad», para la que no es preciso imitar la distancia crítica frente a sí misma para alcanzar mejor a su objetivo – un poco como el artífice de la censura que nos dice que ha soñado dentro del sueño. Es por este mismo principio de contabilidad total sobre la base de la pura y simple manipulación de los signos que los discursos pueden cortocircuitar y anexionar todos las demás clases de discursos: científico (la biología de las enzimas, la tecnología, la historia), el discurso poético y cultural, el discurso de la revolución, discurso del inconsciente, discurso objetivo, discurso crítico; todo puede ser reintegrado como simulacro y como función coartada por el discurso mítico.

    La abolición de la sintaxis

    Esta es tal vez la tendencia más característica. “Persil lavado más blanco” no es estrictamente hablando una frase, un enunciado articulado. Es un sintagma petrificado, un signo pleno, un indicativo sin frase que se imponga como imperativo. Lo mismo vemos para el “cambio en la continuidad “, el “gran partido de los trabajadores” o “la voluntad de un pueblo”. Al nivel de estos elementos de lenguaje, todo discursividad se pierde. Signos plenos, cerrados, indisociables, sustitutivos unos de otros en el paradigma indefinido que abole toda sintaxis, cuya función es la de abolir la sintaxis como dimensión moviente donde el sentido se hace y deshace. También sabemos que la proliferación en esta neo-lengua de los prefijos, sufijos, superlativos (anti-, neo-, super-, etc.), generadores de significaciones reflejas, de una lengua desimbolizada propia de la tarjeta perforada.

  2. Mariacruz - Lunes, 28 de enero de 2013 a las 00:09

    Mi sentido Pésame a las Familias de las víctimas del incendio en el Sur de Brasil.
    Y a todo el querido pueblo brasileño.

  3. Volem la independència i rodes noves pel tractor - Lunes, 28 de enero de 2013 a las 07:56

    Si un tío necesita ¡578 asesores!, ¡578!, será que no tiene ni idea sobre cómo gobernar un país. Que se quite y deje el cargo de presidente a otro. ¿Cómo? ¿Qué? No oigo. ¿Que es que ésa es una vía “dedocrática” para enchufar a una legión de amiguetes? Ah, hombre, pues haber empezado por ahí.

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