Mueran los hombres; vivan los simios

01.03.2013 | 12:58
 

‘Eugenio, filósofo, fallecía en Barcelona. Era considerado un gran humanista y uno de los pensadores españoles más destacados de la segunda mitad del siglo XX. Recibió el premio Friedrich Nietzsche, una especie de Nobel en filosofía, el único hasta ahora entre quienes exponen su pensamiento en lengua castellana. De la capilla ardiente y funeral destaca la escasa presencia de la Cataluña oficial. El establishment lo olvidó, lo marginó. El alcalde Xavier Trias, uno de los pocos cargos institucionales que aparecieron por el tanatorio, dijo que era un referente cultural, pero para los demás no contó. Eugenio Trías era un pensador relevante, pero no era nacionalista y escribió en castellano. Incluso fue firmante del Foro Babel. Aquí no se valora la calidad de la obra, sólo en qué idioma se escribe’ (Daniel Arasa, Prim y los Trías, artículo publicado en La Vanguardia el 27 de febrero de 2013).

Sólo una minoría de barceloneses y catalanes cometen la imprudente osadía de proclamar públicamente su opinión sobre que estamos “en guerra” con el resto de españoles. Han llegado a esa errónea conclusión después de décadas incubando un malsano rencor cuyas causas últimas, si existieron, se pierden en la noche de los tiempos y así, en los últimos años esa triste visión ha degenerado en odio abierto a los que consideran diferentes.

Es en el Parlamento autonómico, en la gran mayoría de los medios de comunicación catalanes, en la escuela pública, en los sindicatos, en las asociaciones, y, en fin, en las sacristías -lugares estratégicos todos ellos- donde se han hecho mayoritarios a fuerza de un entrismo sin escrúpulos, aunque globalmente continúen siendo eso, una minoría.

Viven los últimos meses intentando arrastrar en su delirio a los menos inteligentes y a los más desesperados, convenciéndoles –o al menos, intentándolo- de que todos sus males, pese a que han sido ellos pieza fundamental en la causa de su creación, se solucionarán cuando se desgarre la piel de toro.

En esta carrera sin vuelta atrás no caben dudas, no se admiten disidentes; ni siquiera se escuchan las voces más autorizadas aunque éstas se hagan visibles persistentemente como un chirimiri que viniera del norte. No importa que la Humanidad les haya distinguido por sus méritos con las más altas condecoraciones. Si no estás con nosotros, estás contra la causa y ello basta para su exilio, marginación, e, incluso, eliminación; la denominada muerte civil que muchos hombres y mujeres sensatos han sufrido en sus carnes en la Cataluña nacionalista tan sólo por advertir del desastre y mostrar el camino que evita despeñarse por el abismo: Eugenio Trías (recientemente fallecido), Jordi Solé Tura (fallecido y sólo agasajado oficialmente a título póstumo), Mario Vargas Llosa (evitado), Albert Boadella (auto exiliado en Madrid), Félix de Azúa (auto exiliado en Madrid), Juan Marsé (evitado), etc. La lista parece ya hoy interminable y es prueba, inequívoca, del desmantelamiento ético que hemos sufrido, sistemática y programadamente, en la Cataluña nacionalista y que llevará generaciones recuperar… si es que aún estamos a tiempo en la postnacionalista.

Como en el final de aquella premonitoria película protagonizada por Charlton Heston, El planeta de los simios, donde el protagonista alcanzaba a encontrar su destino gritando ante la prueba del final de su civilización caída, ahora alzo la voz desgarradoramente repitiendo lo mismo: ¡Yo os maldigo!

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