Opinión

Democracia nacionalista

‘El líder de ICV-EUiA ha invitado a Mas a saltarse la ley para incumplir el objetivo de déficit impuesto en los presupuestos de 2013: “Es ahora cuando nos hemos de saltar la legalidad, que puede ser legal pero es inmoral e inaceptable”, ha dicho. De salida, su objetivo parece altruista con los más necesitados. Nada que objetar. Si él considera tales políticas mejores y más humanitarias, no seré yo quién se lo cuestione. Como no cuestiono el derecho que tiene el señor Mas a pedir la independencia. Lo que le cuestiono es que conviertan su ideología en los criterios democráticos para cumplir o no la ley. Si es así, la guerra está servida’.

Antonio Robles
Lunes, 6 de mayo de 2013 | 09:49

“Hemos de saltarnos la legalidad”, ha incitado Joan Herrera a Artur Mas. La generalización del incumplimiento de la ley estaba servida desde que el propio Gobierno de la Generalidad y el líder de la oposición estuvieron dispuestos a declararse sujetos jurídicos de soberanía, pasar por encima de sentencias judiciales y declarar desafiantes: “No nos pararán ni tribunales ni constituciones” (Artur Mas). Un día de estos cualquiera se sentirá legitimado para pasar de la ley que le incomode. ¿Acaso nuestros políticos, encabezados por nuestro honorable presidente autonómico, se privan de ello cuando les conviene?

No es relevante por qué quieren saltarse las leyes cuando está en juego la democracia, sino el hecho mismo de hacerlo. De ahí que retrase para el final del artículo la causa del desacato que les ha llevado a desafiar la ley. Porque lo obsceno es saltársela, ya que las causas siempre son subjetivas y particulares.

Las convicciones morales de los que incumplen una regla democrática sin intención de matar a nadie y de golpistas capaces de hacerlo, son las mismas. También las consecuencias, porque las dos atentan contra la democracia. Lo único que cambia, y no es cuestión menor, es la obscenidad del crimen que provocan. No es lo mismo el golpe de Estado de Franco, que la amenaza de proclamar la independencia unilateral de Cataluña, pero uno y otra son actitudes contra la democracia.

En eso consiste el fascismo, en incumplir la legalidad cuando esta no conviene, e imponer por la fuerza las convicciones propias. ¿Qué diferencia hay entre las convicciones de alguien que está contra el aborto, del que está a favor? Ninguna, las dos son subjetivas y ambas se consideran a sí mismas moralmente superiores. De esas desavenencias nace la necesidad de consensuar un terreno de juego democrático donde dirimir diferencias a través del respeto a la ley y las convocatorias electorales.

El líder de ICV-EUiA ha invitado a Mas a saltarse la ley para incumplir el objetivo de déficit impuesto en los presupuestos de 2013: “Es ahora cuando nos hemos de saltar la legalidad, que puede ser legal pero es inmoral e inaceptable”, ha dicho. De salida, su objetivo parece altruista con los más necesitados. Nada que objetar. Si él considera tales políticas mejores y más humanitarias, no seré yo quién se lo cuestione. Como no cuestiono el derecho que tiene el señor Mas a pedir la independencia. Lo que le cuestiono es que conviertan su ideología en los criterios democráticos para cumplir o no la ley. Si es así, la guerra está servida.

Herrera, como el resto de nacionalistas, no ha entendido nada. Sus convicciones no son mejores y dignas de ser defendidas porque a ellos les parezcan moralmente superiores, solo son tan legítimas como las de los demás. Por una regla muy simple de entender: la democracia le permite a él -no por ser ecosocialista o nacionalista, sino por ser ciudadano con los mismos derechos y deberes que todos los demás-, defenderlas bajo reglas inviolables. ¿Sabe Herrera por qué la ley impide que los antiabortistas le partan la cara por defender el aborto? No porque los antiabortistas sean indeseables, antidemocráticos, ni nazis, sino porque las reglas democráticas se lo impiden. ¿Puede entender ecuación tan sencilla? ¿Puede entender él, y todos los secesionistas iluminados, por qué hay gente que les llame nazis? No porque persigan, encarcelen o incineren a ciudadanos, sino porque actúan con la misma insolencia ante las leyes democráticas que los nazis. No catalogan el contenido de sus actos -sería una obscenidad desmesurada e incalificable-, sino sus actitudes totalitarias, sectarias e ilegales.

Unos y otros incumplen las leyes, por eso son antidemocráticos, tan golpistas en las formas como Franco. ¿Qué similitud hay entre las convicciones del joven general Franco que se rebela contra el Gobierno democrático de la república y las convicciones de Herrera, Oriol Junquera, Mas o el resto de nacionalistas que lo hacen contra la Constitución española o el Gobierno democrático de Mariano Rajoy? Que unos y otros rompen las reglas de juego que la democracia impone. Y todos quienes las incumplen, simplemente, se comportan como Franco. Aunque no les guste estar emparentados con él. Las razones subjetivas de cada cual son válidas para cada cuál, nunca, ninguna, para subvertir la democracia.

El señor Herrera no se da cuenta que las ideas no son buenas porque las sostengan personas piadosas como él o nos las recuerden forjadores de patrias y de tumbas, como los nacionalistas, sino porque respetan las reglas que todos nos hemos dado en democracia. Si la frase del presidente de la Generalidad: “No nos pararán tribunales ni constituciones”, la hubiera pronunciado un representante de la ultraderecha española envuelto en la bandera del pollo, nos sonaría a facha, pero pronunciada por uno de los nuestros en defensa de lo nuestro, envueltos en la bandera estrellada nos parece loable. Esta cultura de la impunidad nacionalista se está convirtiendo en un salvoconducto para justificar el abuso y la ventaja de los buenos catalanes sobre los malos españoles. Cataluña ya no es un simple territorio donde poder vivir, se ha convertido en terreno sagrado que lo justifica todo. Por eso hasta los detractores del nacionalismo acaban asegurando que ellos aman a Cataluña como el que más. El salvoconducto ha suplantado a Dios.

P.D.: En ningún caso estoy defendiendo el relativismo absoluto, ni arrancándole el alma a las decisiones políticas; muy al contrario, es preciso esforzarse por pulir los valores más dignos de las decisiones humanas, pelear con decisión por lo que se cree más justo. No es lo mismo pagar un sueldo digno que un sueldo de hambre, no es lo mismo tener sanidad pública que dejar sin sanidad a quienes no se la puedan pagar. Precisamente, porque no nos ponemos de acuerdo en tantos conflictos, es preciso el respeto a las reglas democráticas. Fuera de ellas sólo existe la arbitrariedad, a veces la violencia, y siempre el abuso. Esta es la sombra inquietante que proyecta el afán del independentismo por agitar las emociones en lugar de moderarlas con la razón.

Antonio Robles es profesor y ex diputado autonómico

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53 Comments en “Democracia nacionalista”

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  1. Romualdo - Jueves, 9 de mayo de 2013 a las 18:51

    Miguel:

    Ten cuidado porque del concepto que tienes de democracia puede que algún día te avergüences. Que democracia no es votar lo que a mí me de la gana. Hay que respetar a las minorías y el marco que nos hemos dado para convivir. Y hay que seguir los cauces establecidos si se quiere modificar las leyes.

    Una democracia no es la dictadura de la mayoría como pretende el nacionalismo para Cataluña. Si consigo que la mayoría de los catalanes apoyo lo que pienso, sea lo que sea ello, eso es bueno y está por encima de leyes y Constituciones. Porque es la voz del Pueblo.

    Cuidado con ese discurso perverso porque puede que algún día, como te he dicho, te avergüences de haberlo defendido.

  2. Miguel - Viernes, 10 de mayo de 2013 a las 12:15

    Romualdo:

    No soy tan joven como quizá crees; nací en 1965 y por tanto tengo una vivencia directa de nuestra historia casi desde la primera transición. Y debo decir que no me parece justo que me consideres adoctrinado por el nacionalismo catalán sin conocerme de nada. Otros lo estarán quizá; yo no. De hecho, no comparto casi nada con el nacionalismo catalán (ni con el español ni con ningún otro). Creo en los individuos, no en los colectivos. Simplemente me limité a decir que me parecía una barbaridad malintencionada el comparar catalanismo con nazismo a ningún nivel. Igual de malintencionado y disparatado que calificar de “fachas” o similar a los catalanes que se sienten y quieren ser españoles.

    Mi postura, como he apuntado, es que la constitución de 1978 es la mejor que podíamos tener entonces, dadas las circunstancias, pero que hoy ha quedado muy superada, y tiene a amplios sectores sociales en contra (y no solo a nivel territorial). En democracia, no solo no hay nada malo en consultar a la ciudadanía cuando hay dudas razonables del sentir popular en cuanto a cualquier tema importante, sino que a mi juicio es un aspecto fundamental de la calidad democrática de un país. Ciertamente, no podemos estar sometiendo todo a referéndum a cada momento, pero sí parece razonable hacerlo en los temas fundamentales que conforman la convivencia colectiva.

    Por tanto, obviamente como demócrata que me considero, estoy dispuesto a aceptar cualquier disminución de autogobierno de las CC.AA. si el pueblo español así lo decide, pero por otra parte, justo sería que si el pueblo catalán opina lo contrario, los poderes del Estado español no ningunearan el hecho sin más y se sentaran a negociar en serio para encontrar una salida al conflicto (en Canadá así se hizo con la llamada Ley de Claridad y el posterior referéndum de Quebec, y no pasó absolutamente nada). Porque seamos razonables: si una parte del pueblo, por la razón que sea, no se considera ya como tal parte, tenemos un conflicto importante y no podemos hacer como si nada pasara. Tú opinarás que a ese conflicto se ha llegado por culpa de “las fuerzas adoctrinadoras catalanistas que se hicieron el el poder” etc. Los contrarios pensarán que se ha llegado por “el maltrato a Cataluña, el expolio fiscal” etc. etc. Como suele ocurrir en este tipo de situaciones, lo más probable es que la verdad quede a medio camino. Pero sea como sea, el conflicto está ahí y no se puede ignorar sin más o conceptuarlo en términos de buenos y malos.

  3. Una ciudadana - Viernes, 10 de mayo de 2013 a las 15:12

    Llamar “pollo” al Äguila de San Juan es bastante despectivo. Llamar fascista al dictador Franco es justo por la imposición por la fuerza. Por lo demás muy de acuerdo en que toda imposición por la fuerza, aunque no sea fuerza de armas es fascismo. Y la democracia es precisamente el acatamiento a las leyes. Instar a saltárselas cuando estas son ajustadas no solo a ley , sino a los principios que rigen nuestra Constitución y al sentido común indica la catadura moral de los interfectos. Enhorabuena, Antonio

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