Con derecho a estar en contra y obligado a respetar

Leo en una página los comentarios de un periodista acerca de la victoria de España en la Eurocopa. El susodicho, del que no voy a citar el nombre para no aumentar ni el número de visitas de su página ni la fama de la que está viviendo, considera que todos aquellos que nos alegramos por la victoria del combinado nacional somos dignos de todo tipo de insultos. Se permite también el lujo de decir que los españoles residentes en Cataluña únicamente se dedican a labores no cualificadas, las que de manera implícita son degradadas y humilladas.

Los cronocrímenes

La esperada primera película de Nacho Vigalondo (nominado al Oscar al mejor corto en 2004 por 7.35 de la mañana) es una historia de ciencia ficción protagonizada por Karra Elejalde (Airbag, Acción mutante).

El guión está repleto de trucos, sorpresas e imperfecciones. Los personajes desesperan en varias ocasiones al realizar acciones de una inverosimilitud extraordinaria (hacen cosas que nadie normal haría y que tampoco parece que su personaje tuviese que hacer nunca). A parte de todo esto, la película es bastante interesante.

España, el país de las palabras malditas

Se nos llena la boca con la palabra democracia. Nadie en la galaxia es tan demócrata como un español. Enfermizo complejo treintañero. Quien no asume como natural que participa con cierto protagonismo en un Estado democrático tiene la necesidad, prácticamente inconsciente, de verbalizar su indiscutible alienación a la democracia y a su léxico. Por el mismo motivo mucho político se afana en crear su propia biografía ultrademocrática, no tanto pensando en lo que hará en el futuro como por lo que no hizo por la democracia en el pasado. Los expertos en canes lo denominan pedigrí.

En mi nicho ecológico, sin olvidar los rugidos del exterior

Marx (el filósofo alemán, no el cómico americano) dejó escrito que a sus seguidores le correspondería no sólo analizar la realidad –que de eso ya se habían encargado los pensadores al uso- sino de transformarla por la vía de la revolución proletaria. ¡Ahí es nada: transformar la realidad!

A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César

A lo largo de los años, la máxima que titula este artículo ha sido citada y recitada en miles de ocasiones. Y es que la brutal sencillez con la que golpea a quien la escucha es simplemente arrolladora. A cada cual lo suyo, que dirían hoy en día. Es clara, tiene fuerza y no da lugar a malentendidos. Aún así, parece que no todos lo tenemos tan claro. Porque, al final, ¿qué es de Dios y qué es del César?.

El Incidente

M. Night Shyamalan (El sexto Sentido, El Protegido, Señales, El Bosque, La Joven del Agua), escribe, produce y dirige este nuevo film de suspense que hará las delicias de sus fans. Sin desvelar nada esencial del argumento diré que de nuevo tenemos una estructura muy similar a Pájaros de Alfred Hitchcock. Parece que tras las críticas recibidas a propósito de La joven del Agua en la que abandonó el género que le ha hecho famoso para contarnos un entretenido cuento infantil, Shyamalan ha vuelto a su terreno rehaciendo uno de sus anteriores films: Señales (2002). Quizás los aciertos no son tantos como en aquel film pero los fallos intentan desde luego ser menos. Eso sí, el argumento ahora es mucho más original y terrestre. Algo extraño ocurre desde el principio (es sorprendente la rapidez con la que el autor nos introduce en la situación anómala) y a partir de aquí nos mantiene en suspenso con más muertes de las habituales y alguna que otra escena magistralmente concebida (ya los créditos iniciales, nuevamente, me parecen de una sencillez y genialidad admirables).

Un poco de agnosticismo político

Si las teorías que se enseñan en la facultad son ciertas, un buen político es aquel que maximiza la probabilidad de ser elegido. Puesto así, sin más, la ideología no tendría cabida salvo en caso que responda al pensar de la mayoría de la población votante y, por tanto, contribuya a maximizar la probabilidad de elección.

Superhéroes en el bus

Los tiempos cambian y las gentes también. El otro día, en el autobús, observé a la gente que me rodeaba…

Había un hombre postrado en una de esas sillas de ruedas con motor, tenía algún tipo de malformación corporal. Me dio por pensar cómo debía ser su vida, su día a día. Para mí, entrar en el autobús fue cosa de subir tres escalones, validar el ticket de transporte y cruzar entre la gente hasta hacerme un hueco en un rincón. Para él, subir al autobús fue el inicio de una pequeña aventura: rampa para subir, esperar que no hubiese muchos cochecitos ocupando su espacio, sentir en su ser la cortesía (o esa sensación de estar molestando) de la gente apartándose para dejarle sitio; a la hora de bajar, solicitar la rampa con antelación mediante el botón correspondiente, esperar a que todo el mundo baje y maniobrar hasta fuera. Y damos gracias a que hoy en día los espacios públicos cada vez están más adaptados para los discapacitados. Ese hombre personificaba la voluntad, el esfuerzo, la humildad, la fuerza de mantenerse entero ante las continuas miradas del resto de la gente, esas miradas desde arriba, miradas que por más tiernas que sean le subrayan su diferencia…

O veo la película o leo los subtítulos

Hace solo un momento releía el artículo en el que un compañero se lamentaba de ciertas traducciones al español. En concreto, hablaba del título de una película: Como la vida misma, lo que me ha hecho recordar lo mucho que se reían mis compañeros ingleses cuando les traducía nombres tan conocidos para nosotros como El coche fantástico, La jungla de cristal, etc. Quitando la anécdota del título, que evidentemente puede sonar mejor o peor en un idioma, lo realmente lamentable es que tengan que doblarse las películas para que podamos verlas en España.

De la miseria y la grandeza de la narración y otras reflexiones

Las palabras, las frases, la narración, cualquier tipo de manifestación artística, son los únicos recipientes donde podemos entrever lo que buscamos.

En el discurso narrativo las ideas quieren salir de las palabras, mientras que las palabras pretenden encarcelar, o al menos contener, a las ideas. Esta es la miseria y la grandeza. ¿Cuántas ideas y conceptos, geniales y grandiosos, siguen vagando en pena buscando una palabra, una forma de expresión, una narración que les dé vida, que les preste un cuerpo para hacerse visibles? Por contra, ¿cuántas palabras y cuánta imagen no quieren decir absolutamente nada? El primer caso, el tesoro en el fondo del mar que jamás nadie llegará a encontrar. El segundo, la miel en la boca del asno que solo puede rebuznar, siempre de la misma manera.

‘Indiana Jones y El reino de la calavera de cristal’

Indiana Jones 4 no defrauda. Tenemos aventuras, gags, la música de John Williams, una cuidadísima ambientación, localizaciones y vestuario que nos trasladan de nuevo al universo particular del profesor arqueólogo. Ahora bien, Steven Spielberg, como viene siendo habitual, alarga el metraje lo máximo posible (aquí se ajusta a las dos horas, aunque después de 20 años esperando que volviese Indiana Jones, no se nos hace pesado) y, al final de la aventura, sorpresa sorpresa. Algunas voces se han alzado en criticar el desenlace de la película, sin embargo, personalmente no creo que traicione en nada el espíritu de la saga ni de las películas de Spielberg.

Así debe ser amar

Llovía. Paseando por las calles más estrechas de la ciudad llegué a un callejón sin salida. A punto estaba de volver sobre mis pasos cuando, de una pequeña puerta, asomó un anciano que me invitaba a entrar. Como a veces la curiosidad se alía con el tiempo libre, dejé a un lado el miedo y los prejuicios y entré por la puerta.

‘Los príncipes valientes’, de Javier Pérez Andújar, o cuando el río baja crecido

El río baja crecido por las últimas lluvias. Desde el colegio vemos como el cielo plomizo que nos ha despertado hoy se confunde con las aguas revueltas del Besós. Las gigantescas torres eléctricas, con afán de molinos de viento, crepitan incesantemente desde su majestuosa posición de guardaespaldas del río. El cañizo y la maleza le acompañan hasta su destino final; y el barro, que todo lo envuelve.

Yo solo hacía ‘zapping’

Un día encendí la televisión y la observé con atención, como si no la conociese. Muchas veces se ha dicho que la televisión es una ventana abierta al mundo. Según la orientación de una ventana veremos una cosa u otra. El paisaje depende de hacia dónde estemos mirando (o hacia dónde quieran que miremos). Yo me limité a ver a qué mundo me abrían una ventana. ¿Y qué vi?: un concurso de preguntas y respuestas que parecía ambientado en un local de estriptis. Entre la pregunta y la respuesta pasa un tiempo indefinido. Los minutos se congelan mostrando el rostro de angustia del concursante.

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