Sábado en Londres. Como siempre, me acerco al quiosco a por mi dosis de prensa española. De momento no llueve, aunque la mañana está tan fría y gris como cabría esperar. Pago la libra con ochenta peniques que cuesta ponerse al día en español y me meto en un café para leer el parte.
O yo estoy muy afectado por la primavera, que todo podría ser, o Como la vida misma es una buena y recomendable película. El título del film nos remite a una práctica clásica de las distribuidoras de este país, cambiar sin traducir, el título original (Dan in the real life). Como si uno se llama Dan, y al llegar a este país, le llaman Onofrio. ¿Por qué? Porque sí. Porque así nos entendemos mejor.
Títulos aparte, Como la vida misma me parece recomendable para quien quiera ver una película buena (no solo bien hecha, sino bondadosa con los personajes y situaciones que trata), con un guión correctamente trenzado, con situaciones que más que resultar previsibles estamos esperando a que sucedan y no nos defraudan, ni nos estafan, ni nos insultan. La película, además, desprende dosis de un humor sano y vitalista aderezado con pequeñas perlas de sabiduría cotidiana. Una película que no se empeña en decirnos que la vida es una mierda ni que las desgracias son eternas. Personajes con problemas pero con ganas de superarlos, con ganas de vivir y encontrar el amor. Es una comedia romántica, si. Pero no una más.
Las jóvenes madres garrulas se enseñan orgullosas el último politono ALTA vamosalbar. Dejan a los niños en ese servicio público al que nunca van cuando se les cita -colegio o escuela-, y se arremolinan alrededor del café con leche mañanero. Estos individuos nacen y básicamente se reproducen en el área metropolitana, y se distinguen, básicamente, por sus gritos.
Levanto el teléfono por quinta vez. Por suerte, el teléfono memoriza el último número marcado, así que me ahorro el tedio de marcar los once números de nuevo. Intento llamar a mi banco para cancelar un pago. Nada complejo… o eso creía.
Primera llamada. Una voz masculina comprueba que soy quien digo ser y me pregunta que cómo puede ayudarme esta noche. Empezamos bien. Le cuento mi problema; quiero cancelar un pago realizado por duplicado y recuperar mi dinero lo antes posible. La respuesta me llena de satisfacción: ya está hecho, caballero, ¿puedo hacer algo más por usted?. ¡Bien! No fue para tanto. Cuatro minutos y treinta y cinco segundos.
Segunda llamada, esta vez me atiende una chica. De nuevo comprobaciones y la misma oferta de ayuda. Explico de nuevo el anterior párrafo y le informo de que mi cuenta sigue echando de menos el dinero. Tras varias comprobaciones, me informa que la vez anterior cancelaron mi domiciliación bancaria, pero que ningún pago ha sido reclamado. ¡Maldita sea, ésa no era la idea! Le comento que debe tratarse de un error y me indica que si lo que quiero es recuperar mi dinero tengo que hablar con quien lo ha cobrado, es decir, con otro centro de atención al cliente. Siete minutos y medio.
Tercera llamada y segundo centro de atención al cliente. Parece que esto se complica. Tras comprobar mi identidad, parece que aquí también me quieren ayudar, estupendo. Les cuento los dos párrafos anteriores y una señorita muy amable me indica que el pago tiene que ser reclamado por parte de mi banco y que únicamente se hará efectivo si dicha reclamación llega en menos de 24 horas después del mismo. Diez minutos y cuarenta segundos.
Cuarta llamada, de nuevo a mi banco. Comprobamos de nuevo quién soy y le explico a un desconocido los tres párrafos de arriba. El teléfono se corta. Minuto escaso.
Quinta llamada, cómo no, incluye comprobaciones de identidad. El caballero que trabaja para mi banco me explica amablemente toda la regulación que rige las domiciliaciones bancarias en el Reino Unido, lo que agradecería enormemente si ésta no fuera la quinta llamada en relación al mismo tema. Lamentablemente, aprendo que dicha regulación impide que recupere mi dinero hasta diez días más tarde, por lo que me sugiere la idea de contratar un préstamo en caso que necesite el dinero urgentemente. Quince minutos y diez segundos.
Sexta llamada. Vuelvo al otro centro de atención al cliente. Comprobamos mi identidad y pido hablar con un supervisor, quien asombrosamente se presta a hacer algo de utilidad: montar una llamada a tres con mi banco. Así lo hacemos y en medio de la conversación descubro que ni el uno ni el otro tiene ni idea de donde está mi dinero. Esto pinta fatal, pienso. Comienzo a levantar la voz y les pido a los dos que cancelen mis cuentas en sus respectivos registros. No quiero seguir siendo cliente de ninguno de ellos. Dieciocho minutos y cuarenta segundos.
Mi cuenta ha recibido un ingreso de cada una de las entidades. Mi contestador se llena de mensajes que amenazan con emprender acciones legales si no devuelvo el dinero. Ya nadie comprueba mi identidad y ya todos saben de lo que hablan. ¡Esto sí es atención al cliente!
Hace unos días un compañero nuestro hacía referencia a hechos desconocidos por muchos y de importancia proporcional comparable sin desmerecer en nada al holocausto judío perpetrado por los nazis. A estos hechos menores presta también atención un libro de Rudolph Rummel, politólogo de la Universidad de Hawaii, titulado Death by Government. ¿No lo conocen ni les suena? No es extraño, no existe traducción al castellano y no es por falta de tiempo puesto que se editó en 1994. Mi nulo dominio del inglés es una de las causas de que solo lo haya conocido a través de un libro de Vladimir Lamsdorff, Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad Autónoma de Barcelona, Historia sencilla de las ideas jurídicas. Menciona el estudio de Rummel en un apartado titulado explícitamente Las ideas asesinas.
Rummel nos dice que el total de muertos durante el siglo XX por causa de las guerras mundiales, civiles y locales sería en torno a los 34 millones de muertos. Escalofriante, ¿no? Pues agárrense. A su juicio, el total de muertos, matados sin culpa alguna por su propio Gobierno alcanza la cifra de 149 millones de muertos. De ahí el titulo de su libro, de ahí el uso de la palabra democide diferenciándola del genocidio. A fin de cuentas esta palabra refiere el exterminio de un pueblo distinto al que lo extermina mientras la otra sería el exterminio de una parte del propio pueblo considerado como enemigo.
La URSS encabeza la lista de demoicidios con cerca de 62 millones entre 1917 y 1987, seguida de la China comunista (1923-1987) y la Alemania nazi con 38 y 20 millones respectivamente. La China nacionalista se queda a las puertas de los 11 millones. Los países que no llegan a las decenas de millón son: Japón (1936-1945), con casi 6 millones; Turquía (1909-1923), con casi 3; Camboya (1975-1979), con 2 millones; Vietnam (1945-1987), Polonia (1945-1948) y Pakistán (1958-19879) en torno al millón y medio. Por último, la Yugoslavia de Tito (1944-1987) superaría ‘escasamente’ el millón de democidios.
En cuanto a la intensidad del democidio la palma se la lleva Pol Pot, matando cada año a un 8% aproximadamente de camboyanos cada año. Le siguen con un 2 a 3%, Turquía (1919-1923), Croacia (1941-1945) y Polonia (1945-1948). A continuación, con un 0,5% vendría Checoslovaquia. En cuanto a los mayores criminales, Stalin (comunista), ocupa el pimer puesto con más de de 42 millones de muertos entre 1929 y 1953. Le sigue Mao Tse-Tung (comunista) cerca de los 38 millones entre 1923 y 1976. Hitler (nacionalista-socialista), rozando los 21 millones en un período que, este sí, todos sabemos. Le siguen Chiang Kai-Shek (nacionalista) con 10 millones y, a mayor distancia, Lenin (comunista), Tojo (nacionalista), Pol Pot (comunista), Yahya Khan (militarista) y Tito (comunista).
Lamsdorff atenúa la responsabilidad de dichos autores, atribuyendo su efectividad a la colaboración de sus ejecutores que actuaron de forma totalmente voluntaria. Los chequistas en unos casos, los jemeres rojos en otros, los ustashi de Pavelic, las SS…
Vistas estas cifras, cabe preguntarse. ¿Por qué este desconocimiento? De Hitler sabemos sí, que mató a 6 millones de judíos. Pero, ¿sabíamos que mató a más de 10 millones de eslavos? Libros sobre el antisemitismo nazi hay muchos, y a través de grandes escritores (Si esto es un hombre, de Primo Levi; El hombre en busca de sentido, de Víctor Frankl; Eichmann en Jerusalén, de Hanna Arendt; o el Diario de Anna Frank, entre muchos otros) y el cine por supuesto (Vencedores o Vencidos, La lista de Schindler, El hundimiento, etc) se ha logrado gran difusión.
Desgraciadamente, los crímenes soviéticos son menos conocidos a pesar de obras como El cero y el infinito, de Arthur Koestler; Rebelión en la granja y 1984, de Orwell. Como obra recientemente reeditada está Archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitsyn, título que hace referencia al sistema de represión estalinista disperso por la URSS, sufrido en las propias carnes del autor en una extensa obra que solo la fina ironía del autor nos evita la náusea ante hechos tan abyectos y despreciables. En comparación las Memorias de la casa muerta, de Dostoievski, es la descripción del Paraíso.
Y si los hechos en la URSS nos son desconocidos, lo demás nos suena a chino. Los jemeres rojos de Pol Pot, los ustashi de Pavelic, la guardia roja de Mao. Curiosamente, nos atrevemos a opinar de Pinochet, y creemos que Allende era un demócrata a pesar de cargarse la libertad de prensa por el hecho de salir elegido en unas elecciones (como Hitler). Claro, ahí tenemos al cine (Missing, de Costa-Gravas) e Isabel Allende habla bien de su padre, para qué nos vamos a preguntar más.
Quizá no sea cuestión, ya de que los nombres chinos, rusos, o eslavos en general son demasiado largos para nosotros y nos dé pereza documentarnos sobre ciertos hechos, sino de que solo pongamos atención a aquello que queremos oír y a lo que nos han predispuesto medios de comunicación, pensadores, televisión…
Decía Luis Racionero, hace poco, que este país es el de yalosé, y como ya lo sé no he de investigar nada de nada. No me hace falta saber que tal es fascista de derechas y el otro un progresista de izquierdas. Claro que, no esperemos una definición de derechas y de izquierdas. Me basta que me lo diga el Sartre, Maritain, Brecht o Chomsky de turno. El intelectual que opina de todo como si en todo fuera competente. Si la realidad no coincide con su pensamiento tanto peor para la realidad (Chomsky dijo que las noticias acerca del régimen de Pol Pot eran un invento del gobierno estadounidense). Quizá la figura del intelectual comprometido ha desaparecido como tal, pero lo que es cierto también es que el mensaje ha calado y en el imaginario colectivo hay nociones asimiladas que no se sabe ni de dónde vienen ni a dónde van, y no provienen del Espíritu Santo precisamente.
Lo cierto es que las ideas influyen en el mundo queramos o no. El nacionalismo, fruto del idealismo y el romanticismo alemán con las primacías de la Idea y la Naturaleza tienen una fecha de nacimiento muy concreta y mucho más el socialismo. Fichte, Herder, Hegel, Marx. No despreciemos las ideas sino razonémoslas y combatamos con espíritu crítico aquello que hay de pernicioso en ellas. Es lo más humano que podemos hacer. Puede ser el primer paso para que aumente la demanda de obras de historias menos conocidas y consecuentemente la oferta. El aforismo de George Santayana “aquellos que no conocen su historia están condenados a repetirla” sirva de acicate.
De nuevo en una habitación de hotel. Mi portátil americano escupe el sonido de una emisora española y la habitación 123 del Solent se llena de sonidos latinos. Sobre la mesa, un plato de quesos ingleses. Una copa de vino neozelandés y un poco de agua francesa. Mi reloj suizo apunta cerca de las diez y veinte, mientras mi móvil sueco se escapa un par de minutos por delante. Estos escandinavos, siempre tan adelantados.
Me calzo unas deportivas alemanas y recojo mi dosis de humo americano. Hace frío, así que me enfundo en mi abrigo venezolano y me armo de valor para matarme un poco más. En la puerta del hotel me encuentro con un italiano que también está trabajando por estos lares. Hablamos inglés, aunque ya se sabe que Italia y España no están ni estarán nunca tan lejos.
Regreso a mi habitación y enciendo el televisor holandés. Un canal japonés me regala un documental sobre el Monte Fuji. Cuando termina me digo a mí mismo que ojalá pudiera estar allí. Qué preciosidad. El periódico se llena de noticias del mundo; Iraq, Afganistán, China… todos parecen tener su hueco. Suiza continúa en mis correos electrónicos, maldito trabajo. Sobrecillos de Colombia, Kenia y Costa Rica reposan en la mesilla junto a la cafetera. A su lado, chocolate belga y azúcar de Dios sabe dónde.
Suena el teléfono. Mis compañeros se juntan para tomar una copa. Francia, Malasia, Bangladesh, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Antigua. Junto con Inglaterra y España, todos alrededor de una buena copa de Porto. Hablamos, reímos y apuramos un momento de descanso tras catorce horas trabajando. Como todo el mundo.
Curioso concepto el de este mundo. Países divididos a base de guerras, presiones y dominios varios. Idiomas, costumbres y hechos diferenciales que se empeñan en marcar diferencias que de ser tan evidentes no necesitarían ser marcadas. Luchas, desprecios, sentimientos y presentimientos. Política, charlas, debates… Y aburrimiento, mucho aburrimiento.
En rueda de prensa, el Sr. Director de RTVE, Javier Pons, afirma que: “Este festival, siempre en el centro del huracán, criticado por muchos y seguido en realidad por millones de fans, ha dado siempre GRANDES MOMENTOS A LA TELEVISIÓN. Y siempre EL PROCESO DE SELECCIÓN DE NUESTRO REPRESENTANTE HA SIGNIFICADO ALGO MUY DELICADO Y POLÉMICO PARA ESTA CASA”.
¿Artistas sin respaldo oficial? ¿Y la megacampaña de La Sexta? ¿Chiquilicuatre un nuevo talento? ¿De qué? ¿De la música o del Circo?
La verdad es que todo ha sido amañado y utilizado para ganar dinero entre el Sr. Pons y Buenafuente a base de vender politonos.
¿Por qué nos quieren vender la imagen de una Eurovisión que se reinventa así misma dentro del frikismo más absoluto? Y no como en otros países, véase los nórdicos o los de la Europa del Este que sí se ajustan a la realidad, porque Eurovisión es el certamen musical más importante del mundo que ven cerca de 300 millones de personas y que utiliza la más alta tecnología visual, musical y televisiva.
¿Por qué TVE insiste en el talento musical de los artistas y luego apoyan a Chikilicuatre? Que nadie dude de que el Chiki Chiki y el Festival de Belgrado será un gran momento televisivo, pero que no nos engañen, no apoyan al talento musical, solo les importa los índices de audiencia.
¿Por qué los países que sí se toman en serio el festival están haciendo giras europeas en otros países (como Gisela en Grecia, o Rusia apostando por el mismo productor de Madonna) y España solo promociona su canción dentro del país? Sabiendo que España no puede votarse a ella misma.
Y concluyo diciendo que Eurovisión desde España ha sido instrumentalizada en favor de determinados intereses económicos de cadenas privadas, menospreciando a la música, dejando de lado a otros participantes, que sí tienen talento, que han trabajado duro y sueñan con triunfar. El Chiki Chiki conseguirá su objetivo, llenar los bosillos de El Terrat y de TVE, y dejar a España en el subsuelo de la música.
Una lágrima por la recién iniciada fase de poda masiva de los árboles de Barcelona. De acuerdo que es más practico para la limpieza de las hojas que han de caer más tarde. De acuerdo que disminuye (aunque en ningún caso se evita) el problema de las alergias que sufren bastantes ciudadanos y turistas de esta ciudad. De acuerdo.
Pero me parece excesivamente salvaje el estado en el que se deja a los árboles, más pelados que en invierno, doloridos y tristes, a la par que se nos priva de la belleza del verde primaveral de los pocos reductos de naturaleza de que disponemos. Y aún suerte que la poda es escalonada (por motivos logísticos y prácticos, que no poéticos o estéticos, claro está) y podemos disfrutar de los árboles en su esplendor antes de ser mutilados e incluso que, con sus amplias copas, nos protejan un poquito de las lluvias venideras.

Un suspiro, que es un deseo de mi alma, porque todos nosotros iniciemos esta nueva primavera con una poda simbólica. Que nos deshagamos de aquellas ramas, acciones que llevamos a cabo en el pasado, que nos sirvieron para crecer y convertirnos en quienes somos hoy, pero que no precisamos cargar porque ya somos más altos y más fuertes. Que nos liberemos de nuestras hojas, los pensamientos que ya no necesitamos, que ya compartimos con los que nos rodean y que dejamos caer, para que nos estanquen y para que sirvan de abono a nuestras raíces. Que nos preparemos a crear nuevas hojas, nuevas ramas, con más colorido, más fuerza y pasión para afrontar el día a día.
Pensamientos y acciones que nos embellezcan, dignifiquen y mejoren nuestro ser, nuestro entorno y a los que amamos. Esparzamos semillas de alegría y ligereza, mostremos y compartamos los frutos de nuestro trabajo interior y exterior, los frutos de la evolución que vivimos a diario. Florezcamos y seamos felices, que ese es el motivo de estar vivos. Seamos vivos. Simplemente seamos. No deseemos ser otra cosa que lo que somos y seamos conscientes (un poco más cada día) de que nosotros creamos nuestra vida y nuestro mundo.
Y una sonrisa para que, con el cambio de las estaciones, estemos preparados para abandonar nuevamente lo que ya no necesitemos y seguirnos creando, una y otra vez, fluyendo con los ciclos de la vida.
No hay duda que el tema estrella de esta semana tanto en ámbito político como en charlas de café ha sido el de la sequía en Cataluña. Creo que no me equivoco al pensar que más que el tema de la semana, tiene pinta que va a ser uno de los temas de los que más se va a hablar en los próximos años en todo el mundo.
Es una buena manera de que la gente se conciencie del grave problema que sufrimos a fecha de hoy por nuestra región. Lo que no me ha gustado es el doble rasero de los políticos catalanes. Hasta hace poco, cuando se oía la palabra trasvase parecía como si el mismo demonio la hubiera pronunciado. Ahora parece la única solución para el Gobierno de Montilla y compañía.
Lo que queremos los ciudadanos que vivimos en Cataluña son soluciones buenas y duraderas, y no chapuzas que es lo que parece que se está barajando, ya que el ínclito Artur Mas ya se ha apuntado al carro de decir barbaridades y proponer majaderías… ¿no sería mejor un plan hidrológico nacional? ¿Acaso ve alguien normal que en un mismo país, se esté a punto de desbordar un río como el Ebro, mientras otros ciudadanos sufren restricciones? Cosas de Cataluña.
“El asesinato de 6 millones de judíos, en nombre de Alemania, trajo un sufrimiento indescriptible”, Angela Merkel, canciller alemana. Parlamento de Israel.
Antes de comenzar mi trocito de esta semana, debo admitir que nunca me apasionó la historia. Para qué mentir; se me hacía tremendamente pesado tener que estudiar ingentes cantidades de información sobre personas, hechos y países que no me interesaban lo más mínimo. Sin embargo, de manera inesperada e inexplicable he ido aprendiendo a disfrutar de otro tipo de historia, la que nos quieren contar, la que las películas, libros y documentales quieren que veamos.
La canciller alemana se lamenta del asesinato de 6 millones de judíos, así como del terrible sufrimiento que ello trajo. Como he dicho, nunca me apasionó la historia, así que me refugio en Google para refrescar lo mucho que he oído acerca del tema. Tecleo la palabra holocausto y me aparecen algo así como 22 millones de entradas. Muchas hablan de un tal Hitler, del que hay más de 32 millones de entradas y que, al parecer, fue el líder de unos brutos llamados nazis, de los que –bendito Google- tenemos más de 13 millones de entradas. En fin, más información de la que a uno le gustaría que existiera acerca de semejante barbarie. En cualquier caso, parece que estos nazis son los que mataron a los 6 millones de personas a los que se refiere Merkel. Misión cumplida. Todo encaja.
Hace unos años disfruté de unas vacaciones en Vietnam y Camboya. Cualquiera que haya tenido la ocasión de visitar y disfrutar de dichos países estará de acuerdo conmigo en que ambos son países que han sufrido. Y mucho. A pesar de que la guerra de Vietnam está probablemente más documentada en Hollywood que en los libros, no deja de ser cierto que el país, y con él toda su gente, sufrió enormemente. De hecho, no hace falta más que dejarse caer por el vacío de las rutas menos turísticas para adivinar lo mucho que la contienda dañó al país, aunque afortunadamente su recuperación es más que notable.
Por desgracia, Camboya es otra historia. Hollywood –o tal vez su público- nunca ha estado tan interesado en ello como en el tema vietnamita, aunque sí es cierto que las visitas de ciertos actores han atraído cierta atención sobre el país. Me voy de nuevo a Google, no sin imaginarme de nuevo lo difícil que sería todo sin el milagro de internet. Como estuve en el país, sé que hubo un señor cuyo nombre se recuerda por aquellas tierras de manera similar al de Hitler. Tecleo Pol Pot y algo más de 1 millón de entradas se ofrecen para ser leídas. Sigo buscando y me entero de que en este caso el grupo de brutos se hacían llamar los jemeres rojos, sobre los que encuentro menos de 1 millón de entradas. Entre algunas de ellas aprendo que estos señores asesinaron a 1.5 millones de personas sobre una población de 7,5 millones. ¿Por qué? Porque no pensaban como ellos, o mejor dicho, porque pensaban más y mejor que ellos. Fácil, ¿verdad?.
Me pregunto por qué mi libro de historia no incluía nada (o siendo generosos, más bien poco) acerca de esto. También me pregunto por qué nunca he visto una película sobre el tema, ni siquiera una miniserie. Libros, noticias, documentales… nada. Es evidente que no es lo mismo 6 millones que 1,5, ¡pero es que son 1,5 sobre un total de 7! También parece evidente que las cifras que mi querido Google escupe deben sentar como puyazos a los pobres camboyanos. En cualquier caso, mi preocupación no es Camboya. Me preocupa que no todo el mundo pueda viajar y recordar el nombre de Pol Pot. Me preocupa que haya cientos de países que aún no he visitado y por tanto cientos de nombres similares que recordar. Me preocupa que haya más Camboyas fuera de los libros que dentro de ellos.
Viajo en el tren camino de un último día de trabajo. Es viernes y apenas me he dado cuenta de lo rápido que ha pasado la semana. Aunque no tengo la sensación de que el tren vaya tan rápido como el tiempo, los árboles escapan a mi mirada antes de que pueda enfocarlos. La gente, las casas y cualquier otra silueta que rebasa el tren en su camino se van del mismo modo que llegan, como una pincelada que apenas impacta en mi cabeza. En realidad, son solo sombras que, más que ver claramente, imagino mientras vuelan de lado a lado del tren.
Pensándolo un poco me doy cuenta que no todo vuela frente a mi vista. En realidad, sigo viendo el interior del tren. Los amplios asientos, las mesillas. La gente y sus cruces de aburridas miradas. Las maletas arrinconadas que, repletas de cortas vidas, viajan sin saber hacia donde van. Nunca había pensado en ello, pero la vida de las maletas es algo muy triste… no importan cuando se está en casa y tampoco cuando se está de vacaciones… solo tienen sentido en el trayecto de un sitio a otro. Es la perfecta representacion de un sin vivir. De aquí para allá llenándose a cada momento de cosas nuevas, experiencias, recuerdos. Y todo para vaciarse de nuevo cuando se supone que más llenas estaban. En cualquier caso, tambien ellas viajan en el tren.
Aquí dentro todo se aprecia nítida y claramente. Por mucho que el exterior vuele sin apenas dejarse ver, nada cambia en el tren. Pequeños movimientos, cruces de piernas, de brazos, de manos… pero poco más. Todo permanece como si el único cambio posible fuera a mejor, hacia una mayor comodidad. Vuelvo a mirar por la ventana y me doy cuenta que algo más permanece. El sol no se ha movido desde que hemos iniciado el camino. Tranquilo, inalterable ante la velocidad del tren, parece no importarle lo rápido que gire el mundo. En un alarde de poder, sus rayos cubren el paisaje, intentando dejar claro que, por mucho que corra el tren, por muy rápido que intente escapar de su calor, él siempre estará esperando al final del camino.
Interiores pausados en trenes agitados. Un único sol viendo esos trenes volar con su interior ajeno a todo movimiento. Que cercano es todo. Mi interior sin más cambios que aquéllos que refuerzan mi ser. Mi exterior, volando loco preguntándose por qué, hasta cuándo o hacia dónde. Un sol como destino final a este camino. No lo niego. Disfruto lo poco que veo del paisaje igual que lo hago de esos pequeños cambios en mi interior. Viajo a gusto, sonrío y siento. Sin embargo, muero por llegar al final. Quiero caminar y, de hecho, quiero terminar la vía sin dejar ni un solo metro por ver. Traicionaría una parte de mi interior si no lo hiciera. Aun así, deseo el final del viaje. Poder sentarme al sol y disfrutar de su companía, de su calor y del tiempo juntos. Añoro las mañanas como ésta en las que lo único que hacer sea mirarte, sentir como tus rayos acarician mi piel y confiar mi suerte a tu voluntad. Espero pronto ese día. No solo por terminar mi camino, sino también por borrar de una vez ese final de palabra que convierte el sol en soledad.
Todos debemos de respetar y cumplir las normas de circulación. O al menos eso pensaba yo. Se ve que a la bicicleta no le afectan estas normas ya que campan a sus anchas por toda la ciudad de Barcelona, ocupando todo lo imaginable; calzada, acera de peatones y de vez en cuando usan el carril-bici cada vez más extendido en Barcelona. Lo más gracioso es que la mayoría tampoco respetan los semáforos.
Y eso que ahora el Ayuntamiento de Barcelona está de celebración por el primer año de funcionamiento del bicing. No sé de qué se felicitan. El aumento de las bicicletas en el tráfico de Barcelona está ralentizando de mala manera el tráfico en nuestra ciudad, ya que por desgracia no son Miguel Induráin los miles de nuevos ciclistas que pueblan nuestras calles, y su velocidad es escasa, además del riesgo creciente de accidentes, y la falta alarmante de aparcamiento ya denunciado en un artículo de hace dos semanas que está agravando los nuevos sitios acomodados para dejar las bicicletas del bicing. ¿Y qué me dicen del seguro? ¿Qué pasa si me atropella una bici? ¿están aseguradas?
Únicamente lo que le pido a los ciclistas es que cumplan la ley, circulen preferentemente por el carril bici, respeten los semáforos y sobre todo que no se crean mejores personas que los demás, ya que últimamente se piensan que gracias a ellos se va a salvar el mundo del famoso cambio climático. Por favor, señor alcalde… normas para todos.
Pululan por la extravagancia sine qua non de cualquier nacionalismo que se precie, de aquí y de allá, una retahíla de símbolos, mitos, héroes, antihéroes, colores y leyendas.
Entre los supporters nacionalistas catalanes -nacionalistas catalanes pancatalanistas, que nacionalistas catalanes españolistas también los hay y los hubo, mal que pese a la gloria oficialista del país-, se vanagloria, digo, a un héroe venido a mártir, más por las circunstancias de su ejecución que por sus hechos heroicos en vida, escasos. Cada héroe necesita su antihéroe, y cada mártir su martirizador. Frente a Lluís Companys, en las más profundas simas del averno pancatalanista paranoide, arden sécula seculórum dos antihéroes con delito de consanguinidad: Felipe V y Juan Carlos I.
Pocos meses atrás se quemaban con algarabía retratos del rey mientras Felipe V seguía boca abajo en el ayuntamiento de Játiva. Alentados por una lectura miope de la Ley de Memoria Histórica no sería de extrañar que alguna institución pública nos sorprenda, algún día, nombrando persona non grata a Felipe V, el muy franquista.
Si el combustible de los nacionalismos paranoides no fuese sus propias vísceras, podrían odiar, como es natural, pero siguiendo unos criterios racionales. ¿Por qué Felipe V y Juan Carlos I? La respuesta puede ser: “¡A mí déjeme odiar en paz y no me venga con criterios y cosas de esas…!” Pero, se puede aducir…
Legitimidad. Fallecido Carlos II de Habsburgo sin descendencia en 1700 -como no podía ser de otra manera debido a su naturaleza enfermiza-, las principales potencias europeas se pusieron manos a la obra para imponer su candidato en el trono español. Comenzaba así la Guerra de Sucesión en Europa y en las colonias. Mientras que Felipe de Anjou, ya Felipe V, contaba con el patrocinio francés de Luis XIV, Gran Bretaña, Holanda, Portugal y el Imperio Austríaco, principalmente, apostaron por promocionar al archiduque Carlos de Austria.
La opción austracista se impuso entre la oligarquía catalana, a pesar de que años más tarde el archiduque Carlos sería nombrado Carlos VI de Austria, abandonaría sus aspiraciones peninsulares y dejaría, como quien dice, con el culo al aire a sus seguidores catalanes. La guerra había terminado.
Aquí nace uno de los principales factores de desprestigio de Felipe V: es un rey usurpador de tronos, que basa su legitimidad en una victora militar. Se trata, por tanto, de un monarca y de una dinastía ilegítima.
Pero, ¿sabrán o querrán saber los cachorros del mechero qué paso desde la muerte de Carlos II hasta el estallido de la Guerra de Sucesión? Para empezar, Carlos II el Hechizado, el último Austria, dejó escrito en su testamento que su sucesor fuera Felipe de Anjou, de la Casa Borbón, nieto de Luis XIV de Francia. Felipe V era, por tanto, y siguiendo la legitimidad que las leyes de sucesión pudieron otorgar, el sucesor legítimo de Carlos II. Así lo entendieron los aristócratas catalanes cuando, en cortes celebradas en Barcelona entre octubre de 1701 y enero de 1702, juraron fidelidad al nuevo soberano, no a cambio de poco. Los molas, sanjurjos y francos estaban, en 1701, en el bando austracista.
A su vez, Juan Carlos I sigue arrastrando el estigma de haber sigo nombrado a dedo por el dictador Franco. Restablecido el régimen democrático, el patear el trasero del Rey sería tan fácil como el hecho de que el grueso de las fuerzas políticas con representación parlamentaria se posicionen claramente en contra del monarca y/o de la monarquía. Tan fácil como eso.
Genealogía. Es decir, el odio al primero -Felipe V-, significa el odio al segundo -Juan Carlos I-, por causas genealógicas. De aquellos polvos, estos lodos. Y viceversa.
Ha llovido bastante desde 1700. Además de tres cientos años, han caído dos repúblicas, la fallida dinastía Saboya, la dictadura de Franco, etcétera. Y sigue la familia Borbón…
Republicanismo. Un motivo coherente para despreciar la figura de dos reyes es precisamente el repudio a la institución monárquica. A pesar de tan lícita ideología, jamás un rey expansionista como Jaime I el Conquistador fue tan amado por los súbditos republicanos más de siete siglos después. Misterios de la vida.
Españolidad. A pesar de que Felipe V era francés y Juan Carlos I es italiano, a las glándulas olfativas pancatalanistas les da el tufillo de españolidad, al igual que les pasa con los toros, tan catalana tradición.
Mas al ser reyes del territorio español, ¿no son tan reyes de los catalanes como de los zamoranos?, ¿no apestaría a español tanto un rey de España como un presidente de la República española?, ¿a qué país representa una bandera republicana española sino a España?
Centralismo. Con Felipe V se produjo la transición de una política pactista, antes de la guerra, a un estado centralista, después de la victoria militar.
Tras las cortes celebradas en Barcelona se publicaron las Constitucions i altres drets de Catalunya. El Rey y sus súbditos habían formalizado ya el pacto entre señor y vasallo, protección por fidelidad. Al acabar la Guerra de Sucesión, el Rey abolió leyes, instituciones y fueros catalanes, e impuso un estado centralista de corte ilustrado a raíz del Decreto de Nueva Planta.
Aunque de manera desproporcionada, lo único que hizo el monarca fue imponer un castigo a los súbditos que, tras haberle jurado fidelidad, habían roto el pacto y habían apostado a caballo ganador durante la guerra. Además, no podemos aislar la política de Felipe V de su contexto europeo.
En sentido contrario, Juan Carlos I protagonizó el paso de una dictadura a un régimen democrático, de las leyes franquistas a la constitución de 1978, de un estado centralista a un estado de las autonomías; y permitió que muchos pancatalanistas paranoides saliesen del limbo apolítico, y puediesen explicar con orgullo los combates antifranquistas que sólo habían protagonizado en su imaginación.
Si es que, hasta para odiar, no todo el mundo vale…
Hace unos fines de semana ocurrieron 2 hechos muy relevantes para la sociedad española. Uno, la reelección del presidente Zapatero. La otra, la elección de Rodolfo Chikilicuatre como representante de Televisión Española en Eurovisión.
¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Seguramente se lo estarán preguntando la mayoría de los lectores. La respuesta es sencilla y clara, que no siempre el que está mejor preparado es el elegido por el pueblo. Sólo había que ver la cara de la finalista que se quedó a las puertas de la victoria después de ver que un fantoche que no sabe ni cantar ni bailar, le quitaba la gloria a ella, que cantaba infinitamente mejor y estaba mucho mejor preparada.
Algo parecido le habrá pasado a otros candidatos a la presidencia del gobierno cuando han visto que un presidente que lo único que ha hecho en 4 años es retirar las tropas de Irak para llevarlas a Kosovo y Afganistán, permitir que los inmigrantes (incluso ilegales) tengan en algunos casos más derechos sociales que los españoles, conversar con los asesinos de ETA y permitir con los estatutos nuevos desmembrar más a España haya sido de nuevo el ganador de las elecciones.
Está claro, que en el entorno en que vivimos, la democracia es el mejor de los sistemas que se conoce, pero está claro que también tiene sus riesgos… sino que se lo digan a Chikilicuatre, a Zapatero o a Montilla, tres personajes que por méritos seguramente no gobernarían ni en su casa, los cuales están representando a TVE, España y Cataluña.
Lunes por la mañana. El tiempo en Londres, el habitual. Llueve, sopla un viento que hace que cualquier intento de cubrirse del agua sea inútil y el día se ha levantado tan oscuro como se fue a dormir. Vamos, que pintan bastos.
Como cada mañana, he comprado el periódico. Comienzo a leer y me sorprende ver que Marion Jones acaba de entrar en la cárcel. Busco las fotos para reafirmar mi memoria y sí, resulta que es aquella atleta americana, no me equivoco. Al parecer, algún perjurio sobre el uso y comercio de “sustancias no permitidas” la ha llevado hasta allí. Todos sabemos lo serios que se ponen algunos con el tema del perjurio y, por si acaso, juro no perjurar demasiado en este artículo. En cuanto a dichas sustancias, me ha llamado la atención la dureza con la que la prensa trataba a la “tramposa”. Lo terriblemente implacables que se dejaban leer los comentarios, no solo acerca de la mentira sino más sobre el uso de sustancias para mejorar su rendimiento.
Hace un par de semanas se celebró en Londres la gala de los Brit Awards. Para los que como yo no estén muy al día de premios (nunca tuve el placer), los Brit son algo así como los MTV ingleses. Vamos, montones de músicos metidos en un local para disfrutar de una noche de diversión y egolatría. Mientras la pantalla de mi microtelevisión mostraba varias caras conocidas, desde la ventana de casa podía ver el lugar donde todo se celebraba. Y por cierto, también la ristra de coches en doble fila que esperaban que dichas caras abandonaran el lugar.
En el mismo periódico en que tan solo unos días después leería la notica de Marion Jones, se narraba la noche que siguió a los premios. Fotos de los que horas antes aparecían en la gala llenaban de mandíbulas desencajadas, ojos encendidos, insultos y gestos obscenos las páginas centrales del diario. Drogas, alcohol y mala educación, sobre todo mala educación. Los comentarios no era para menos. Los mismos lectores y periodistas que ayer hacían sangre de Marion Jones alababan sin pudor lo irreverente del mercado musical, lo independientes y rebeldes que sus chicos se mostraron al exterior. Sobre decir que algunos comentarios, aunque sin duda los menos, se mostraban cansados de un grupo de niñatos con ganas de ser la reencarnación de Hendrix, Morrison, Joplin y demás.
No lo entiendo, sinceramente. El deporte ha llegado a un punto en el que, para mantener el espectáculo, ciertas sustancias tienen cabida o para algunos incluso son imprescindibles. Lo lamento. Tanto como que algunos deportistas, antaño ejemplos de vidas sanas, terminen en la cárcel o, los menos afortunados, en sitios peores. Sin que el fin justifique los medios, es claro que el intento de ser más rápido, más fuerte o más hábil ha sido parte del ser humano desde que el mundo es mundo. Por supuesto, habrá quien diga que, de un tiempo a esta parte, el divertirse a costa de lo que haga falta también lo ha sido. Y no seré yo quien lo niegue. Tan solo cuestiono que mientras un ojo mira a Glasgow el otro parece perderse por Marrakech. Que vengan y me lo cuenten, pero me suena raro.
“¡Menuda pregunta!”, dirán algunos. Probablemente, una buena respuesta sea “Depende”. Seguro que casi todos daríamos algo -o tal vez mucho- por regresar durante un tiempo al mejor momento de nuestras vidas. Volver a ese instante en el que tanto disfrutamos y poder disfrutar de un rato allí. Un minuto, una hora, qué importa. Lo suficiente para hacer o no hacer lo que ahora sabemos que deberíamos haber hecho o dejado de hacer. Tener claro qué decir o, quién sabe, qué callar. Tal vez haya quien daría aún más por algo de ese tiempo en el peor momento de sus vidas. Poder cambiarlo, mejorarlo… quizá hasta evitarlo. Disfrutar de esa segunda oportunidad que nunca llegó, decir esas palabras que se perdieron en el vacío y hacer de algún mal recuerdo algo con lo que poder vivir.
En cualquier caso, todavía hay quien piensa que el tiempo no vale nada. Perdón, me desdigo. Todavía hay quien piensa que nuestro tiempo no vale nada. A veces me pregunto qué mueve a alguien a retrasarse de manera invariable en cualquier compromiso. Qué les hará pensar que su tiempo es más valioso que el nuestro, que preferimos esperar por ellos a dedicar los minutos a cualquier otro menester, tal vez incluso a no hacer nada. Quizá simplemente asumen que se merecen nuestra espera, que somos unos privilegiados por disfrutar de ellos y en ocasiones incluso perder dinero por el tiempo en su compañía. Sin duda alguna, ellos no pueden esperar. O en el mejor de los casos, tienden a molestarse enormemente o incluso a marcharse sin ti hartos de tu tardanza.

Hace algo más de un año que llegué a Londres. Con la única compañía de dos maletas y esa mezcla de ilusión y miedo que a menudo traen los cambios en la vida. Al mes de estar aquí conocí a Juan, un compañero de trabajo cuya situación era exacta a la mía. Juntos hemos vivido esta maravillosa y a la vez dura ciudad. No me cuesta escribir que hubo ratos con él que ayudaron a resolver muchos de mis problemas. De hecho, me encantaría que él pudiera decir lo mismo. Ayer era el último día de Juan en Londres. Y ayer mi vuelo desde España se retrasó por quinta vez consecutiva, todas ellas entre una y tres horas. Tanto como para pasar en el aeropuerto el tiempo que me hubiera encantado pasar con Juan y nuestras parejas. Por suerte, pudimos vernos un momento. Suficiente para unas palabras, un abrazo y un hasta pronto. Sin duda, insuficiente para decirle lo mucho que le voy a echar de menos y lo muy agradecido que le estoy por todo.
Me he quejado formalmente a las aerolíneas con las que sufrí los retrasos. No reclamo más que unas buenas palabras y, francamente, sólo pretendo desahogarme por el enfado. Igual que en otras ocasiones, ni se molestarán en dedicarme un segundo. ¿Cuánto vale el tiempo? Es difícil contestar, pero supongo que mi respuesta es que ayer valía mucho. La de la compañías aérea es que sólo vale una rabieta, un sandwich y una botella de agua. Buena suerte, amigo Juan, y confío en que lleves un buen libro para tu vuelo.
CASTING [’ka:stiŋ] n TECH (pieza de) fundición.
THEAT reparto de papeles.
~ vote, voto de calidad.
Los castins son otra cosa.
El niño flamenquito, que apenas sabe la tabla del siete a sus nueve años, intenta demostrar las otras, las tablas que se les supone a los artistas verdaderos en los escenarios. En bambalinas, el artista tirapedosasuvoluntad ultima su número antes de deleitar a los espectadores con su natural condición.
Y es que ya se veía venir: a rey muerto, rey puesto. Resultaba harto aburrido seguir con devoción las operacionestriunfo uno, dos, siete -ese gran experimento sociológico-, y los grandeshermanos en sus múltiples variantes; la gallina que ponía huevos de oro ya no sirve ni para hacer caldo, y los huevos que pone no son de oro sino de lata, de mucha lata.
Pero los castins son otra cosa. Esa gallina sí que tiene buenas pechugas.
Andan a tortas Cuatro y Telecinco por la gallina, aunque buen provecho le sacan ambos al producto. Siguen pasando por los escenarios cantantes, malabaristas, adiestradores de cerdos, bailarinas y bailaores, percusionistas, humoristas, magos. Todos por amor al arte, con coste cero y derechos de imagen a precio de bocadillomortadela. Con gesto torcido, en el mejor de los casos y si no es Sardà, el miembro del jurado reprime el instinto natural del humano a la humillación ajena.
El pobre niño virtuoso del violín, becado en una universidad alemana, comparte nervios con el entrañable tontodelpueblo, que antes del numerazo expresa orgulloso que sus vecinos le envidian por su estilo al bailar y su originalidad al vestir.
Desde luego los castins son otra cosa.
Mención aparte merecen esos padres que llevan a sus pobres hijos a hacer monerías ante los ojos acostumbrados a todo de España. ¡Qué poca vergüenza! ¡qué degradación! ¡qué garrulismo! Ésos sí que ansían la gallina de los huevos de oro. Debiera ser publicado en el BOE el nombre de este atajo de aprovechados que pretenden salir de su anonimato economicosocial utilizando el atajo hacia la popularidad de barrio que les abre su hijito y su talento.
Los castins, no hay sarcasmo que valga, son otra cosa.
El Secreto. Esta producción americana llena de acción y topicazos me ha sorprendido para bien y animo a todos a que la veáis. Este film habla del secreto de la vida, de la prosperidad, de la fortuna, de la felicidad que ya conocían muchos grandes maestros de la historia como: Platón, Shakespeare, Beethoven o Einstein. Se trata de la ley de la atracción.
Esta ley universal se basa en el positivismo del pensamiento para atraer y alcanzar nuestras metas. Cualquiera que sea tu sentimiento es un reflejo de lo que está por venir. Creando pensamientos o deseando fuertemente algo, logramos proyectar hacia nosotros lo que queremos atraer.
No hay límite para los deseos. Esta es la idea central del film, ¡qué buena! ¿verdad? Parece fácil pero más fácil es dejarse llevar por el ¿y qué pasa si sale mal? Cuando llegamos a ese punto ya estamos atrayendo lo que no queremos.
Será cuestión de al menos probar esta teoría, tiene su lógica; cósmica (pero eso que os lo explique Jiménez del Oso) y cotidiana por ejemplo, ¿nunca os pasó que te levantas por la mañana ya de mal humor, tropiezas al levantarte, se te queman las tostadas, el café está frío… y verás al salir a la calle o cuando llegues al trabajo… esos días en los que piensas… por qué a mi? Y te hundes en un aciago día lleno de sucesiones nefastas. Todo eso según este gran secreto es fruto de la ley de la atracción que no distingue entre buenos y malos acontecimientos.
Al arrepentirnos y pensar en lo mal que nos va la vida por esto o por aquello estamos enviando al Universo una frecuencia negativa la cual es el resultado de más de lo mismo. La solución está en transformar nuestros pensamientos en frecuencias o vibraciones positivas. ¿Cómo? Principalmente siendo agradecidos por lo que ya tenemos o escuchando una canción bonita… y así, desarrollando una bondad interior, el engranaje del Cosmos empieza a girar, la ley de la atracción positiva empieza a imantar a atraer las circunstancias propicias para conseguir lo que merecemos, comienza el camino de Fantasía a Realidad, porque somos creadores de nuestra Realidad.
Si os fijáis, los que han conseguido algo en la vida no sabían como llegar al objetivo pero tenían la certeza de que iban a conseguirlo, aquí se refleja de nuevo la ley. Nuestro poder es infinito, qué buen rollo me da, aunque sea placebo.
Juno es una película simpática, entretenida y emotiva. Nos muestra una posible realidad adolescente en una sociedad estadounidense totalmente estereotipada. Una banda sonora más que interesante, una realización formal con un par de detalles destacables, correctas interpretaciones que en ningún caso suponen un reto para los actores y a otra cosa mariposa.
Lo que más sorprende es que Juno sea ganadora de un Óscar al mejor guión. Y no lo digo porque Diablo Cody, la carismática guionista del film, haya escrito una mala película. De hecho parece haber encontrado un equilibrio a la hora de mostrar el mundo de los teens, un camino nuevo alejado de lo absurdo e inverosímil de films estilo Cólega dónde está mi coche y los terribles chavales de las películas de Larry Clark (Kids, Teenage Caveman, Ken Park). Diálogos rápidos, posmodernos, hipertextuales y en bastantes momentos ingeniosos. Poco o nada nuevo aporta la estructura de la narración y dificilmente encontraremos escenas que pasen a la historia del cine por cualquier motivo. Por no entrar al trapo de algún que otro claro fleco en el guión (espasmosas la rapidez y la facilidad con que la chica pasa de tener clara la opción del aborto a rechazarla por completo). En fin, que entre tanta huelga de guionistas y tan poca historia, simplemente no ha sido un buen año para los guiones de Hollywood y de ello se ha beneficiado la nueva diablesa de las películas comerciales con piel de independiente.
En comparación con esta edición de los premios, las anteriores ceremonias mostraban un alto nivel entre los guiones nominados. En los últimos años basta ver los títulos, en mi opinión más interesantes que Juno, que se quedaron a las puertas de conseguir la estatuilla que tanto honor y algún que otro dólar extra proporciona: Memento, Amélie y The Royal Tenenbaums fueron derrotadas en 2001 por Gosford Park, seguramente un año en que el consumo de crack hizo estragos entre los académicos que votaban. Cualquiera de los tres guiones merecería ganar el Óscar por encima de Juno e incluso por encima del cadáver de un Robert Altman que en paz descanse. Nada diremos del Óscar de 2002, ya que cómo no va a conseguir el Óscar alguien que además de escribir un gran guión y realizar una gran película se encomienda a múltiples vírgenes y santos: Hable con ella. Hasta día de hoy, aparte de la nueva oleada de alucinógenos que llevaron a premiar Lost in translation como mejor guión de 2003, merecidos trofeos se llevaron Olvídate de mí! (penosa traducción de The Eternal Sunshine of the Spotless Mind) haciendo justicia por fin a un Charlie Kaufman que no pudo hacerse con el premio por las magníficas Adaptation o Cómo ser John Malkovich (Being John Malkovich); también vencieron y convencieron Crash y la reciente Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine). Y es que aunque no siempre gana el mejor, a veces se hace justicia. Por suerte los hermanos Coen, además del gran regalo que ha sido Anton Chigurn para Bardem, son más autores que guionistas y no estuvieron de huelga a la hora de adaptar, con gran fortuna y estilo, la novela de Cormac McCarthy. Merecido Oscar al guión adaptado y buen nivel.
Quiero pedir perdón. Tengo coche y resido en la ciudad de Barcelona. Ese es mi delito. ¿Por qué digo esto? Porque en la mayoría de barrios de mi ciudad, por no decir casi todos, la libertad que se tenía antaño para poder estacionar el coche en lugares que realmente no molestan a nadie ha terminado. Y no me olvido de la ley de los 80 por hora… pero eso será otra semana.
Volviendo al tema y para poner un ejemplo, en el barrio donde resido, en el que ya era difícil aparcar hace 5 años, se ha vuelto ahora misión imposible. De las 4 aceras y chaflanes que se podía aparcar antes, de golpe y porrazo se ha transformado en carril bici, carril bus, zona de carga y descarga, aparcamiento para minusvalidos, estacionamiento de motos, y un sinfín de señalizaciones que ya ni entiendo porque no se puede. Por no hablar ya de la dudosa constitucionalidad de las zonas azules y verdes (artículo 19 de la constitución española), que en principio me da derecho a circular libremente por todo el territorio nacional… será circular en bici, porque en coche difícil está.
La gente que tiene coche como yo, sólo nos queda la vana esperanza, de que en la escasa zona verde de tu barrio, el Renault 12 aparcado allí desde la época de Cuéntame dé la casualidad que en ese momento abandone ese lugar tan preciado. Eso sí, maravilloso parking de pago de propiedad municipal el que han construido en la zona… ¿tendrá algo que ver?














