Opinión

El modelo catalán

‘No sé hasta qué punto sería un error plantear que las legislaturas fueran más largas. Muchas veces, estas se ven condicionadas por los ciclos electorales y eso pervierte el normal funcionamiento de las instituciones. Otros países lo hacen y funciona bien. Es más, se podría implementar algún mecanismo de control a los 30 meses de inicio de legislatura’.

Nacho Corredor
Martes, 28 de junio de 2011 | 07:37

De repente casi todos los partidos están dispuestos a llegar en los próximos dos años a algún acuerdo en relación a la ley electoral catalana. Tanto CiU como PSC, y probablemente el PPC -no sé si tienen posición oficial, pero conozco la de algunos de sus diputados autonómicos-, proponen una adaptación del modelo electoral alemán. Sin embargo, no estaría de más recordar que lo que le hace falta a Cataluña, por sus especificidades y el momento histórico en el que estamos, no es la transposición de un modelo extranjero, sino la creación de uno propio, pese a sus influencias externas. Mientras en Islandia la elaboración de la mismísima Constitución es objeto de debate en las redes sociales, en nuestro país, al referirnos a este tema, solo tenemos en cuenta algunos parámetros.

Sirvan las siguientes consideraciones más como una provocación que como una proposición:

1) Doble voto. Sobre la mesa está la posibilidad de establecer mecanismos de doble voto: uno para el diputado autonómico de la comarca (garantizando así la presencia territorial) y otro para una lista (preferiblemente desbloqueada) de varios nombres, en la que no está claro -es uno de los ejes de la discusión- el alcance de la circunscripción (¿por veguerías, provincial o única?). Así, se garantiza la proximidad del elector con su representante en el primer caso; y la posibilidad del ciudadano a escoger de entre una lista a aquellos diputados autonómicos que quiera premiar dentro de un determinado proyecto político. No está claro que todos estén dispuestos al desbloqueo de listas, hay argumentos para ello, pero es una opción atractiva.

2) ¿A los 16 años? Recuerdo la provocación de un profesor que nos preguntaba qué diferencia había entre la señora que “votaba a Felipe” por guapo y un niño de 10 años que votaría a cualquier otro por simpático. ¿Cómo determinar, en una democracia, qué criterio es válido para votar? La discusión, supongo, acababa al recordar que algún límite se debía establecer. Pues bien, si a los 16 años una persona tiene la posibilidad de trabajar y, por tanto, paga impuestos al Estado, ¿por qué no va a poder decidir quién los gestiona? Si a los 16 años una persona acaba la Educación Secundaria Obligatoria que, en principio, está diseñada para formar ciudadanos, ¿por qué no va a poder ejercer ese derecho? Si a los 16 años se puede abortar y determinados supuestos del Código Penal dejan de tratarte como si tuvieras 15, ¿por qué no se puede empezar a votar a partir de entonces? Sólo pregunto.

3) Incentivar el voto. Plantear que el voto sea obligatorio (un debate muy vivo en América Latina) no está en las previsiones de casi nadie. Pese a ello, hay una relación directa en la redistribución de la riqueza y la obligatoriedad del voto: allí donde el voto es obligatorio, la riqueza está mejor distribuida. Algo lógico si se tiene en cuenta que desde una perspectiva politológica se pueden analizar qué características comparten aquellas personas que en una situación como la actual tienen más incentivos para votar. Entre otros lugares, es el caso de Colombia, donde prefieren incentivar el voto vinculándolo a la gratuidad de algunos trámites administrativos, como la renovación del DNI. Sea como fuese, deberíamos encontrar determinados mecanismos que invitaran a la participación en las elecciones. ¿Deben los votos en blanco estar ocupados por escaños vacíos y hacer, así, más difíciles las mayorías?

4) ¿Legislaturas de 5 años? No sé hasta qué punto sería un error plantear que las legislaturas fueran más largas. Muchas veces, estas se ven condicionadas por los ciclos electorales y eso pervierte el normal funcionamiento de las instituciones. Otros países lo hacen y funciona bien. Es más, se podría implementar algún mecanismo de control a los 30 meses de inicio de legislatura (por ejemplo), obligando a presentar una moción de confianza ante un parlamento donde -¡atención!- habría representantes que se deberían, especialmente, a los electores de su comarca.

5) Limitación de mandatos. ¿Se plantean quiénes negocian la ley establecer una limitación de mandatos? Tres legislaturas por diputado autonómico y dos para miembros del Gobierno autonómico, por ejemplo. Si no lo han hecho todavía, estaría bien que entre las condiciones de apoyo de algunos de los partidos que todavía no se han reunido con los grandes para hablar del tema esta fuera una de ellas. ¿O no?

6) Consideraciones generales. Alguna cosa se está moviendo. Por ello, es ahora un buen momento para recordar a actores como Ciutadans pel Canvi (que tanto lucharon con la ILP para la ley electoral) o Acció per la Democracia (insistente a la hora de generar debates entorno a nuestro modelo de ley electoral). Que no desistan en su vocación ciudadana y generen un entorno de debate que fuerce a todos a llegar a acuerdos en relación a nuestro sistema electoral. Y, sobre todo, que no se queden sólo en el sistema de repartición de escaños, sino que aborden también otros elementos clave para reforzar el funcionamiento democrático de nuestras instituciones y adaptarlo a nuestros tiempos. Parece mentira que no se hable, ni por asomo, del uso de las nuevas tecnologías -como hacen en Islandia- como mecanismo de participación habitual.

Nacho Corredor es presidente del centro de reflexión DEBA-T

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6 Comments en “El modelo catalán”

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  1. Alwix - Martes, 28 de junio de 2011 a las 13:43

    Sens dubte el millor del “diari”. I ni un trist missatge amb un tractament ben professional d’un dels temes més rellevants de la política catalana.

    Com era allò de les margarides i els porcs?

  2. Jorge Luis Molist - Martes, 28 de junio de 2011 a las 13:57

    Me ha gustado este pensamiento. Pienso que el voto obligatorio reflejaría claramente la posición de la sociedad; si estamos obligados a pagar impuestos y a respetar una buena lista de demandas, no veo por qué a la hora de elegir a nuestros representantes nadie nos obliga a ejercer el derecho fundamental de la democracia, ¿será que no conviene al bipartidismo establecido?
    Es evidente que el actual sistema cojea por todas partes y urge una reforma y actualización de la ley electoral. La fórmula del señor d’Hondt estuvo bien en su momento pero requiere un cambio acorde con los nuevos tiempos.

  3. kunk - Martes, 28 de junio de 2011 a las 18:51

    És veritat que un dels problemes que pateix la nostra democràcia és la degeneració del sistema. Crec que sembla clar a tothom que és necessari millorar els sistemes d’elecció. Ja vaig dir un cop que m’agrada la teva actitud de marxar dels nacionalimes d’un i altre bàndol i tractar els temes d’una forma transversal.

  4. Pau - Martes, 28 de junio de 2011 a las 20:57

    El problema son tant els ciutadans,que passan de la política,com els polítics que acaben passant dels ciutadans.
    Les llistes obertes son,en teoría,un bon sistema,però el senat es elegit amb llistes obertes i el 90% dels votants vota als candidats del “seu” partit sense saber qui vota ni barrejar candidats.
    L,elecció dels diputats en col.legis uninominals teoricament també es bo,però suprimeix el sufragi proporcional i elimina els partits minoritaris,de manera que quedem pitjor que no pas ara.
    La reforma de la llei electoral hauria de ser una millora del sistema actual.

  5. Cohen el bárbaro - Miércoles, 29 de junio de 2011 a las 03:28

    En una democracia liberal el voto nunca puede ser obligatorio. Por ejemplo los Estados Unidos o el Reino Unido. Tiene que existir libertad para votar a quién tú quieras y también para no votar.

  6. Jose Orgulloso - Miércoles, 29 de junio de 2011 a las 10:46

    Este artículo, como resumen de la Wikipedia, está muy bien.

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