¿Trabajo decente o trabajo digno?

09.05.2012 | 11:43
 

Bicitaxi en Barcelona (foto: Federico Llosa Marsé).

Cuando era pequeño y veía por televisión a los esforzados conductores de carretas, bicicletas y otros artilugios semejantes arrastrándolos con la finalidad de transportar a otras personas, por ejemplo, en Calcuta, me parecía algo durísimo y, sobre todo, injusto. ¿Por qué una persona tenía que dedicar su esfuerzo físico a transportar a otra? ¿No se suponía que todos nacíamos y permanecíamos iguales?

La Declaración Universal de Derechos Humanos así lo proclama en su artículo 1: ‘Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros’. Ha pasado el tiempo y, desde hace años, lo que antes me parecía inaceptable se ha extendido por la ciudad. Ahora se nos presenta por la publicidad como ‘un sistema alternativo y ecológico’, puesto para convertirse en un fenómeno europeo y norteamericano.

Las altas tasas de paro contribuyen, decisivamente, a la aparición de trabajos que, en condiciones normales, nadie osaría ofertar. ¿Debemos mirar, en tiempos de profunda crisis como los actuales, para otro lado sin resquicio para la menor crítica? Eso, al parecer, esperan nuestras autoridades -embarcadas en proyectos como Eurovegas que ahondarían en el problema-, pero, me resisto a creer que los ciudadanos barceloneses lo acepten sin rechistar.

El Tesauro de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) define al trabajo como el conjunto de actividades humanas, remuneradas o no, que producen bienes o servicios en una economía, o que satisfacen las necesidades de una comunidad o proveen los medios de sustento necesarios para los individuos. El empleo es definido como ‘trabajo efectuado a cambio de pago (salario, sueldo, comisiones, propinas, pagos a destajo o pagos en especie)’ sin importar la relación de dependencia (si es empleo dependiente-asalariado, o independiente-autoempleo).

Trabajo decente es un concepto que busca expresar lo que debería ser, en el mundo globalizado, un buen trabajo o un empleo digno. El trabajo que dignifica y permite el desarrollo de las propias capacidades no es cualquier trabajo; no es decente el trabajo que se realiza sin respeto a los principios y derechos laborales fundamentales, ni el que no permite un ingreso justo y proporcional al esfuerzo realizado, sin discriminación de género o de cualquier otro tipo, ni el que se lleva a cabo sin protección social, ni aquel que excluye el diálogo social y el tripartismo.

En 1999, Juan Somavia -primer director general de la OIT (fundada en 1919)- presentó su memoria ‘Trabajo decente’. En ella introduce el mencionado concepto, caracterizado por cuatro objetivos estratégicos: los derechos en el trabajo, las oportunidades de empleo, la protección social y el diálogo social. Cada uno de ellos cumple, además, una función en el logro de metas más amplias como la inclusión social, la erradicación de la pobreza, el fortalecimiento de la democracia, el desarrollo integral y la realización personal.

Por otra parte, desde otras latitudes pero también en los años noventa (del siglo pasado), surgió otra noción de trabajo: el trabajo digno. Impulsado desde algunos movimientos sociales latinoamericanos, este concepto se centra en una comprensión de la actividad laboral humana como no-mercantil y no-individual, sino basada en el bienestar de la comunidad. La noción de dignidad aparece aquí como disruptiva y anticapitalista. El empleo (igual a salario) no es lo relevante, sino la forma de organización que se da el colectivo, orientada hacia el interés general.

La diferencia entre trabajo decente y trabajo digno es un problema eminentemente político, pero político entendido dialécticamente. Es decir que no es una cuestión económica, del mercado laboral, sino que involucra la totalidad de las relaciones sociales. Ambas nociones surgen de una misma sociedad, la sociedad que produce valor, pero mientras el trabajo decente implica la identidad, la universalidad abstracta, el cierre, el trabajo digno plantea la esperanza.

El trabajo digno hace estallar la búsqueda por imponer el orden sobre la insubordinación. Mientras que la idea de decencia se mantiene dentro de la forma-valor, la dignidad expresa la rebeldía, la humanidad. Sin embargo, hay que aclarar que la noción de trabajo decente expresa también una utopía de reconciliación social, expresándose a través de nociones como justicia social y equidad.

La política de la dignidad, al decir de John Holloway, es mucho más que la felicidad como logro del placer material. Parafraseando a Max Horkheimer, sólo una psicología ingenua y economicista podría entender la aspiración de felicidad como la mera satisfacción de las necesidades materiales. Los ideales de la historia (y del presente) no son independientes de los hombres y de sus realidades. Por ello, la noción de trabajo digno se basa en una ética del colectivo social, es la moral del grupo. Una sociedad que lograra la reconciliación sujeto-objeto no necesitaría contar con el estudio separado de la ética, porque allí la moral estaría inmersa en las propias relaciones sociales (de producción), es decir, emanaría de esas relaciones. Sería la reconciliación de interés y deber. En definitiva, en una sociedad reconciliada no se habla de trabajo decente, sino de un hacer social libre; no se reivindica un bajo nivel de explotación, sino un hacer apropiado para la autodeterminación colectiva.

En nuestra sociedad, la independencia económica es un factor determinante, decisivo, para poder poner en pie y desarrollar la autonomía personal. Sin empleo o con un trabajo temporal, de baja calidad, etc., no hay autonomía personal ni posibilidad de proyectarse en el futuro. Y no hablemos ya de las repercusiones que el desempleo tiene para la familia, los hijos, la sociedad, etc. El derecho a un trabajo digno, estable y de calidad, debería ser una aspiración que sobrepase en mucho la justa e imprescindible reivindicación sindical: un objetivo de toda la sociedad.

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